Me lancé a la calle. Iba yo perdido en las tinieblas, tropezando a cada paso. Camino de la casa de mi maestro, pasé por la plaza, delante de la morada de Gabriela. La hermosa señorita estaba en el piano. La pobrecilla, para entretener sus fastidios villaverdinos, repasaba el repertorio en boga. No me detuve a escucharla. Me pareció que cometía yo una infidelidad.

La plaza estaba casi a obscuras. Ardían los cinco faroles, pero con luz tan débil y escatimada, que apenas dejaban ver los árboles, la fuente y el barandal. Salían del templo algunos hermanos de la Vela Perpétua; los vicarios departían en el cuadrante con los campaneros, y en la esquina opuesta una vendedora de frutas secas dormitaba en espera de marchantes, a la luz de un farolillo de papel. En un ángulo del cementerio una «garnachera» condimentaba sus fritadas. El airecillo nocturno llevaba calle abajo el picante olor de la cebolla y el hedor de la manteca requemada.

Salí de la botica contagiado de tristeza pedagógica. Pensé en mi situación; me puse a cavilar en mi suerte; en que era yo pesada carga para mis tías, las cuales me habían sostenido por tantos años a costa de extremos sacrificios. Aquello no podía seguir así. Y bien, ¿por qué sólo de tarde en tarde me detenía yo a considerar mi penosa situación? Esto fué el tema constante de mis meditaciones en los primeros días, pero luego puse toda mi atención en la belleza de los campos de Villaverde, en las puestas de sol, en la galanura de mis poetas favoritos, en las visitas de mi maltrecha musa, en el amor de Angelina. ¡Mente maldita la mía, tan divagada e inestable, inquieta como una giraldilla, encariñada con todas las cosas inútiles y frívolas!

Habían pasado los ocho días de plazo señalados por Castro Pérez, y mi hombre no daba señales de vida. Se me cerró el mundo, y me ví solo en él, sin dinero, sin esperanza. Me dieron ganas de morir, un deseo vago y dulce de morir, que entonces, como ahora, surge en mi corazón, no solamente en momentos de angustia, sino también cuando me considero feliz: grata inclinación al suicidio, en la cual no he parado mientes hasta después de cumplir los treinta años, y, que,—como digo para mí, riendo tristemente,—es la nota trágica de mi carácter, de este carácter mío, llevadero, resignado, benévolo y complaciente.

Acaso bebí el germen pesimista en las fuentes románticas: en algunas páginas de Chateaubriand, en el Werther, en las cartas de Fósculo, que repasé mil y mil veces; en los melancólicos versos de mis poetas favoritos. Después he leído las obras de Leopardi, de Schopenháuer y de Hártman, y confieso que me son simpáticos, aunque no acepto sus ideas. Este mundo es un valle de lágrimas, pero la vida del hombre es pasajera, y «algo divino llevamos aquí dentro». No hay grandes caracteres, ni almas grandes, sino a condición de ser templadas en el fuego del dolor. Sin él, ¿qué seria el hombre? Algo así como la planta que vive y muere sin darse cuenta de su existencia; algo como la piedra que reposa en la cantera o rueda en el camino. Conservo íntegras las creencias en que fuí criado; guardo incólume la fe de mis padres, y ella ha sido para mí, en mis horas negras, en mis días tristes, fuente de consuelo, faro salvador; ella alivió mis dolores y restañó siempre las heridas más hondas de mi corazón con el bálsamo de las eternas esperanzas.

—Tenga usted paciencia, Rorró,—me decía Angelina,—vaya usted a la iglesia y pídale a la Virgen amparo y protección.

Entonces recordé estas palabras de la doncella, palabras que resonaron detrás de mí como si ella me hablase al oído.

Enfrente estaba el templo. Desde la calle veía yo la humilde lamparita del Sagrario. Me encaminé hacia la iglesia. Entré en ella. Estaba obscura. Cuatro individuos, de rodillas, con sendos cirios delante, rezaban el rosario. Busqué el rincón más retirado, y allí oré, oré con fervor de mujer, con sencillez de niño. Pero a poco me di a considerar lo augusto del templo, la majestad del edificio, lo suntuoso del altar; el efecto que producían en muros y columnas las luces de los hachones; las sombras que al titilar de las flamas bailaban en las pilastras una danza de endriagos espantables y trémulos, y hasta me reí de la grotesca figura de los devotos, del sonsonete de sus rezos, de un estornudo inoportuno que vino a interrumpir una oración solemnemente principiada.

Y después, por una de esas volubilidades de la fantasía, me imaginé que era el amanecer; que el altar estaba adornado con rosas blancas; que resplandecía iluminado con centenares de luces; y que una joven, en traje de boda, oraba en un reclinatorio; una joven elegantísima, no sé si Angelina o Gabriela, cubierta graciosamente con el velo nupcial. Cerca de ella estaba el caballero que iba a ser su esposo.

Entregado a tales fantasías, no advertí que los devotos se habían ido, hasta que el sacristán pasó cerca de mí, sacudiendo un manojo de llaves.