Salí, y a poco estaba yo en la casa de don Román. El anciano se disponía a cenar.
—¿Quieres chocolate? No es de lo mejor; pero te le ofrezco de buena voluntad. ¿Recibiste mi esquelita?
—No.
—Pues todo queda arreglado. Lee.
Sacó del bolsillo una carta y me la dio. Principié a leerla. A cada palabra, una falta de ortografía. No dejé de sonreirme.
—¿De qué te ríes muchacho? ¡Ah! Ya me lo imagino.... De los disparates de Castro. Pues no te rías. Castro Pérez es un hombre muy instruido.
—Lo será; pero no sabe una palabra de....
—¡Hijo! ¡Defectos de la educación antigua! Pero, mira: prefiero mil veces estos abogados que no saben escribir con propiedad y corrección a esos sabios de nuevo cuño, como Venegas y Ocaña.
Don Román engullía sopas y sopas.
—Bueno: ¿estás contento?