No terminan aquí las siluetas y las perspectivas que ofrece pródiga la naturaleza al viajero, en Niágara Falls; falta ver la cueva de los vientos—The Cave of the Winds—que exige la serenidad de una cabeza segura y una pierna sólida, donde halló trágica muerte, en 1892, un inexperto viajero; el parque Prospect, desde donde se ve toda la catarata de la orilla norte-americana, dominándola á vista de pájaro y pudiendo contemplar la línea ondulada y sinuosa, intersección del plano inclinado con el plano de caída que forman las aguas en aquella catarata; nos falta recorrer el Goat Island, el islote que parece una barca holandesa anclada en medio del río, y cuyos flancos dividen la corriente principal del Niágara; hemos de cruzar aún una serie de puentes y pasarelas, por cuya luz divagan corrientes de aguas bullidoras, para ver las islas llamadas tres hermanas, grupito de rocas, en cuyas grietas crece una vegetación vigorosa, acariciada constantemente por las brisas y rompientes de un cauce abrupto, y cuajado de piedras, y al llegar á la hermana más pequeña, gozar otra vez, y desde punto muy cercano, la perspectiva de toda la extensión mojada del río, la parte alta de la herradura del caballo, y el hermoso contraste que ofrece la tranquila acción de las aguas deslizándose sobre el cauce alto, con el impetuoso movimiento y choque en las caídas al desplomarse por los acantilados del abismo.

Todo este conjunto de cosas resulta pura y simplemente sublime; y por tanto, sería atrevimiento imperdonable pretender siquiera que pluma tan inexperta como la mía, pudiera dar idea aproximada de un espectáculo que la naturaleza, tan pródiga en América, ha adornado con todos los encantos y colores de su espléndida paleta.

No insisto, pues, ¡oh lector! en traducir lo que ha quedado grabado en mi imaginación con caracteres imborrables, porque cuanto mayor fuera el esfuerzo producido, resultaría mayor el contraste entre lo vivo y lo pintado; seguir, pues, camino del Far West, ha de parecer de buen sentido, y ya que tan suntuosos vehículos me ofrecen las compañías carrileras americanas, mientras sueño bajo dorados artesonados de maderas preciosas, iluminados con luz eléctrica, el espectáculo que acabo de apuntar, se aproxima la hora de llegar á Chicago á las diez de la noche del 29 de marzo de 1893; mientras cruzan por cuatro líneas paralelas que siguen las playas del Michigan, trenes que pasan con velocidades espantosas, brillantemente iluminados, yendo para mí hacia ignotas tierras y produciéndome calofríos la idea de que el descuido más insignificante puede terminar mi viaje de manera trágica, y á las puertas ya de Chicago, y de su celebérrima Exposición universal.


Vista de la Exposición

Chicago

El tren del Illinois Central que sale de New-York á las seis de la tarde, llega á Chicago á las nueve de la noche del día siguiente. Sin embargo, muchos opinan, en los Estados Unidos, que los trenes no llegan casi nunca á la hora de itinerario; pero como yo llegué á las diez al punto de mi destino, no salí mal librado del viaje ya que la experiencia me demostró más tarde, que los itinerarios se dictan en Norte América por el gusto de no tenerlos nunca en cuenta para nada.

La idea que tengo de mi llegada á Chicago no puede ser más confusa; mareado y rendido, no he conseguido averiguar jamás á que depôt ó estación me apeé; lo que supe más tarde, fué que debí bajar en la estación de la calle 22, seguir esta vía hasta dar con su intersección en ángulo recto con el Michigan Avenue, retroceder á la calle 23, recorriendo un block ó una manzana de casas para dar con mi cuerpo en el Metropole hotel, y evitarme tres cosas desagradables: un verdadero viaje en coche, el susto de atravesar sitios oscuros junto al lago, que me daban la idea de estar en pleno campo á las diez de la noche, y una agarrada con el cochero que me pedía dollar y medio por una carrera que en Barcelona ó en Madrid no habría costado más allá de dos pesetas.