Mi primera impresión chicagoana no fué, pues, de las más halagüeñas; una estación con montantes y cubierta de madera, pésimamente alumbrada; un solado que se cimbreaba bajo mis pies, un portal con unos cuantos policemen de factura inglesa, club en mano y casco esferoidal en la cabeza, vigilando la concurrencia, tres ó cuatro carruajes de alquiler con sus ruedas metidas en el barro negruzco de una calle abandonada, tres cocheros que se quieren amparar de mi equipaje de mano y vacilan ante mi deseo de ir al Metropole Hotel, no son notas dignas de una gran ciudad. Al fin escojo á mi automedonte que gruñe entre dientes: ¿Metropole Hotel?... ¿Metropole Hotel?... como si estuviera buscando una seña ingrata escondida en el fondo de su memoria velada quizás por los vapores del whiskey ó del brandy. Y como no acierta á resolver, me decido á intervenir entre tantas gentes que preguntan y nadie responde.—Twenty third street, corner Michigan Avenue... ¡Aoh! ¡yes! ¡Aoh! ¡yes!... Monto en el carruaje, y fiado en mi cochero empiezo á escudriñar el terreno y á orientarme. Pasa un cuarto de hora y apenas consigo formar concepto del terreno que piso; en el fondo me parece percibir aguas en que riela la luz de las estrellas; de cuando en cuando una luz eléctrica de arco, montada sobre alto pie derecho, me deslumbra para entrar rápidamente en la sombra pavorosa de lo desconocido; el tiempo pasa, y con él va desvaneciéndose la tranquilidad de mi espíritu hasta que vislumbro ya calles alumbradas, anchas, en que transita poca gente; atravieso una gran avenida y doy por fin con un edificio que tiene apariencias de castillo medioeval que se llama el Metropole Hotel. Dobles puertas vidrieras montadas sobre ancha escalera, dan paso á un vestíbulo de bóveda rebajada, estucado con colores vivos y brillantes, espléndidamente iluminado y calentado al rojo. Es uno de tantos hoteles montados teniendo á la vista los dorados espejismos con que se han embriagado los burgueses yankees, ante los esperados prodigios de la Exposición universal. Me acerco á las oficinas del manager que toma nota de mi nombre y apellido, me da una llave con una placa de latón de grandes dimensiones, y me meto en el ascensor, que pára en el quinto piso al pie de un cuarto interior, lleno de luz y escesivamente calentado, con el mueble cama plegado, dando á la habitación aire de salita de recibo de pocas pretensiones, pero aceptable, por su limpieza, sus muebles, que parecen recién salidos del taller, su piano de factura americana, y sus luces de incandescencia, que en forma de araña y palmatorias de paramento se han prodigado en la habitación. Me entretengo en cerrar los circuítos de las luces eléctricas, y con tanta luz, los reflejos sobre muebles barnizados dan aire de fiesta á lo que, visto más detenidamente, resulta modestísimo ajuar de un hotel de segundo orden. El calorífero, que parece la tubería de un órgano, presenta una superficie de calefacción tan extensa, y de radiación tan fuerte que, en noches de hielo, se duerme sin abrigo y aun con la ventana abierta; así la tuve por descuido durante la primera noche que pasé en Chicago.

Al día siguiente, contento de haber llegado al término de mi viaje oficial, faltóme tiempo para echar una rápida ojeada al centro de negocios de la ciudad, y al recinto inmenso de su Exposición universal.

Acompañado del Sr. Dupuy de Lome, delegado general de España en la Exposición, y de D. Juan Cologan, capitán de Ingenieros militares, emprendí temprano mi excursión al centro de negocios, al celebrado Downtown de Chicago. El ferrocarril elevado que sigue la dirección norte-sur de la ciudad, tomado en la estación de la calle 22, twenty second street, nos condujo en menos de un cuarto de hora al pie de Van Buren, en el gran centro comprendido entre el lago Michigan y el río Chicago, con dos ramas; una al Norte y otra al Oeste, y la calle 12 que forman la zona de tráfico más típica, más americana y característica de la gran ciudad del Michigan.

Estoy, pues, ya, en el primer centro comercial del mundo; su fisonomía especial, su tráfico babilónico, sus edificios colosales, su atmósfera arrebolada de tintas negras que manchan un cielo gris, triste y descolorido, los rayos del sol que no logran dar á aquellas masas tonos de color acentuados, dominando siempre los colores sucios de areniscas rojas, de hierros pardos, de granitos en que domina la mica negra; de coches de tranvía deslustrados por el uso, de grandes carros y coches que siguen su camino agobiados ya por la pesadumbre de los años; el arroyo ennegrecido por el detritus del humo que vomitan millares de chimeneas, las aceras sucias, desiguales y descuidadas de una administración comunal poco celosa; la indumentaria de las gentes, extraña, ridícula, pretenciosa á veces... cosas son todas que constituyen un portento de rarezas, la gran mancha abigarrada del Far-West americano, con todos sus alientos, sus grandezas, sus opulencias, sus miserias, sus ambiciones locas y sus osadías sin cuento y sin medida.

El que visita por primera vez el Downtown de Chicago, lo primero que se le ocurre preguntar es si aquella ciudad se ha construído para gigantes y por una raza superior que sólo concibe lo monumental y grandioso, cuya fórmula se sintetiza en su famosa osadía. «Todo lo americano es lo más grande del mundo.» «The greatest of the World.» El centro tiene realmente una fisonomía especial digna de un mundo nuevo, calcado en moldes distintos de los usados en el continente europeo. Aquellos macizos de edificación aplastan al viandante, la enorme desproporción que existe entre las dimensiones de las casas y la mísera gente que hormiguea al pie de obras monumentales levantadas por la soberbia americana, produce el efecto extraño de un estrabismo intelectual que no caben juntos en el cerebro, sin tormento del espíritu, tan discordes elementos.

Cada paso en Wabash street y en State street es una sorpresa; aquellos edificios inmensos, The Auditorium, el Masonic Temple, los Bancos, las Sociedades de Seguros, el palacio de la Administración de correos, los hoteles Victoria, Palmer house, etc., con sus grandes macizos de sillería, me parecían canteras desbastadas en cuyos estratos se habían entretenido razas gigantes en labrar con enormes martillos y cinceles, puertas y ventanas, columnas estrambóticas, frisos desproporcionados, paramentos lisos, desnudos, fríos, sostenidos por arcos de no sé cuantos centros, casi siempre rebajados, haciendo oficio de espaldas colosales que sostienen la pesadumbre inmensa de una cantera de piedra de sillería. La arquitectura en Chicago exagera la nota yankee que florece raquítica en New-York. Los aires del desierto americano azotando las frentes de los hijos del Far-West producen obras más informes, de perfiles menos atildados, de líneas menos suaves, de ornamentación más sobria, más árida y ¿por qué no decirlo? menos culta que en la ciudad del Este; manifestación de razas enamoradas de las inmensas estepas, de las grandes altitudes, de los ciclones asoladores, de los blizzards que ciegan, hielan y matan; de todo lo grandioso aprendido en la escuela realista de una naturaleza que ostenta en las llanuras americanas bríos y fuerzas de una grandeza sublime.

El arte en Chicago no tiene grandes admiradores; lo que allí cuenta es, en todo orden de ideas y manifestaciones, lo grandioso, lo que puede apellidarse gráficamente un mammoth, el gigante de los animales, más pequeño sin duda que las osadías inagotables del genio yankee.

La descripción de los edificios del Downtown resultaría deslabazada y monótona: edificios de veinte y treinta pisos, en cuyos paramentos caben todos los estilos y adornos, rasgos geniales de trazo limpio y seguro con detalles nimios, pobres, llenos de incorrecciones, desdibujados y sin sentido; colores chillones, alternando con masas negruzcas, rojizas, de tonos sucios, concreciones de los vahos inmundos de la población más sucia de la tierra, que manchan las fachadas de las casas; talleres, bazares, librerías, pocas, muy pocas en número, restaurants, bars, tiendas inmensas, imitaciones del Grand Marché, Le Printemps etc., de París; grandes depósitos de muebles, edificios destinados exclusivamente á escritorios y oficinas, manifestaciones todas de un centro donde el agio disputa palmo á palmo el terreno para montar y encasillar, en el mejor sitio del mercado sus ideas, sus invenciones, su tráfico, sus monopolios y cuanto constituye la vida comercial é industrial de Chicago.

La extensión inmensa de una ciudad que no llega á tener dos millones de habitantes, las soluciones de continuidad que existen aún entre barrios poco alejados del centro, los parques inmensos enclavados en puntos distintos de la ciudad, la longitud y anchura de las calles recorridas constantemente por los tranvías de cable, la escasa densidad de una población en que cada familia ocupa una casa entera, siendo una excepción el caserío alquilado por pisos, causas son que contribuyen á dar á Chicago un aspecto melancólico, pues sólo en Downtown y en centros especiales, alcanza tráfico suficiente para dar animación á la ciudad, cuyo perímetro inmenso puede contener cuatro veces, por lo menos, la población actual.