La segunda razón se funda en el cosmopolitismo de este pueblo, formado de una masa que ha olvidado la noción de patria, y que sufre aquí los horrores de un clima ingrato, con la idea de formar un capital que, en poco tiempo, le consienta vivir con holgura en el país de adopción ó en la tierruca cuyo recuerdo calienta siempre el corazón humano.
Chicago tiene cerca de dos millones de habitantes, en su mayoría irlandeses, alemanes, franceses é italianos; la gran masa obrera, aluvión que el hambre ha lanzado sobre las costas americanas, no se ocupa, ni preocupa de la idea pura y patriótica encaminada á conmemorar el hecho más glorioso de la especie humana; la Exposición no ha sido para ella más que un medio de conseguir en pocos meses, de acumular en algunas semanas, la suma de dollars codiciada y que los usos corrientes de la vida no pueden proporcionarla; y las sociedades obreras, forzando cada vez más sus aspiraciones, se han declarado en huelga repetidas veces, poniendo á los contratistas en apuros tales, que bien podría ser que las sumas colosales empleadas en construir una ciudad de palacios, en área inmensa, esfuerzo colosal de un pueblo enamorado de todo lo que se pinta en la retina con dimensiones extraordinarias, se convirtiera en un fracaso espantoso que arruinará á muchas gentes y postrará, por mucho tiempo, las energías de esta raza. Como ejemplo diré que un simple peón gana aquí, por hora, treinta y cinco centavos, equivalentes á catorce pesetas por día de trabajo de ocho horas. Los carpinteros ganan cincuenta centavos por hora, ó sean cuatro duros por las ocho horas, pagándose doble las extraordinarias, y aun me han asegurado que los contratistas, agobiados por los delegados y comisarios de las naciones expositoras, que van á exigirles las multas consignadas en los contratos si no entregan los edificios dentro de los plazos estipulados, han llegado á subastar los jornales á cinco y seis duros por cada ocho horas.
A pesar de esto, las huelgas se repiten, las ambiciones aumentan, y á lo mejor, cuando parece que el trabajo cunde, estalla una nueva discordia que pone en tela de juicio la posible solución de este problema económico llamado Exposición de Chicago.
Decíame un amigo que ha vivido muchos años en este país, ocupando un alto puesto en el mundo diplomático: esta Exposición no es obra de una aspiración de la gran nacionalidad americana, ni de los estados de la federación, ni es empresa comunal, ni negocio particular, y sin embargo, todos estos organismos se han fundido en un pensamiento para cooperar en tan grande obra por más que no ha habido en la labor común igual lealtad, ni se han empleado análogos esfuerzos para conseguir la realización de la empresa.
En Barcelona hubo lucha de personalidades, aquí lucha de intereses, del Este contra el Oeste, de New-York contra Chicago; mostrándose las Cámaras vacilantes é indecisas al votar una subvención deficiente; los Estados de la Unión, al acudir al certamen lo han hecho á remolque, y sólo el municipio y la suscripción pública han rivalizado aquí para sostener el pabellón local. Aun hay quien asegura que por falta de recursos dejan pasar los días sin mostrar la vitalidad económica que parece ser el nervio de este pueblo y el espíritu de sus empresas y negocios; y en verdad, que si esta suposición es falsa, no se compadece la arrogancia de otros días con la falta de entusiasmo y de trabajo que se nota en todos los centros de la Exposición, observándose además una especie de desencanto y de fatiga que parece precursora de éxitos dudosos ó de convencimientos fatalistas, desencanto contagioso que crece en mi pensamiento cuantas veces recorro salas que no se llenan, pabellones que no se acaban, y observo tramitaciones que no se simplifican, negociados que no se compenetran; como si los diferentes centros administrativos fueran organismos independientes, sin engranaje ni enlaces, cabos sueltos de una cadena sacudida con escasa voluntad y más escaso entendimiento.
Que aquí pasa algo anómalo y raro, no me cabe duda; que quizá no sé interpretarlo, tampoco me cuesta trabajo creerlo; pero, aun teniendo tan legítimo temor, no he de negar que sería necesario cerrar los ojos á la luz y quitar atributos á la razón para aceptar, sin reparos, suposiciones optimistas que no hallo medio, hoy por hoy, de justificar con fundamentos sólidos y vigorosos.
No piensa, sin embargo, así la gente del país, que trata de sacar provechos tangibles del certamen colombino. Figuran, en primer término, los fondistas que, sin encomendarse á Dios ni á los santos, van á doblar desde 1.º de mayo los precios de las habitaciones y de la manutención. Esto significa, pura y simplemente, pagar ocho dollars diarios por un cuarto de 5.º, 6.º ó 7.º piso, con las comidas correspondientes, sin vino, por supuesto, que aquí se paga á precios fabulosos.
Las casas de huéspedes exigen dos ó tres dollars diarios por un cuarto regularmente alhajado, sin manutención; los cafés, licores, gastos de peluquería, limpiabotas, etc., distan mucho de parecerse á los precios europeos, y por tanto, el que se decida á visitar la Exposición de Chicago es necesario que haga buena provisión de dollars, si no quiere concretarse á vivir muy modestamente, y á sufrir toda clase de impertinencias y desazones.
Además, el europeo que está acostumbrado á reglamentaciones provechosas ha de cuidar aquí de estudiar los organismos del país para evitar gastos y disgustos; el que espera en un ferrocarril la señal de marcha, toque de campanas y silbatos, corre el riesgo de quedarse en tierra; llegada la hora de marchar, el jefe de tren levanta el brazo y el maquinista actúa sobre los émbolos, sin señal previa, ni preocuparse de si los viajeros están ó no en los vagones.
Para ir á la Exposición, la compañía Illinois Central ha construído seis líneas paralelas que recogen los pasajeros de las estaciones de la ciudad; pero, como pasan por las mismas líneas un gran número de expresos que van á diferentes puntos de la república, si no se tiene mucho cuidado en reconocer los trenes-tranvías, se corre el riesgo de salir de Chicago para ir á la Exposición y encontrarse, bien á pesar suyo, á cincuenta millas de donde quería ir, sin que nadie se haya preocupado de asesorar al extranjero, ni de ejercitar las más elementales reglas de hospitalidad.