La cubierta alta destinada á los pasajeros de primera, es un paseo de más de cien metros de longitud y cuatro de anchura que circuye los camarotes de lujo y los saloncitos de escribir; la inmediata inferior, en que pasean los viajeros de segunda y tercera, tiene iguales dimensiones y rodea la sala de conversación y los camarotes de primera; y en el tercer puente, el más retirado y menos sometido á la acción de los balanceos, está el comedor cruzado por tres mesas paralelas rodeadas por otras más pequeñas que le dan el aspecto de un gran salón de restaurant de las mejores fondas de París.
A las 6 y media de la tarde, cuando el camarero toca la campana, anunciando á los pasajeros que el servicio de mesa está dispuesto, el aspecto del comedor, iluminado con luz eléctrica, es severo, de gusto exquisito é irreprochable. La escalera monumental, de caoba barnizada, que le da acceso, con grandes espejos adornados de cornisas y cariátides del mejor gusto, tapizados los entrepaños con cueros repujados, llena de luz deslumbradora; el patio central, que remata una linterna de traza elíptica y cristales deslustrados, sostenidos los entrepuentes por vistosas columnas, de cuyos capiteles arrancan artísticos candelabros de luces eléctricas, dan al conjunto un aspecto tan hermoso que se llega á olvidar el mareo y el peligro del viaje, creyendo haberse realizado el cuento de hadas que levantó palacios del fondo del Atlántico.
En el centro del barco van las máquinas que mueven dos hélices poderosas, máquinas tan discretas que apenas dejan oir al viajero enfermo la vibración de sus palancas y articulaciones; y en el centro van también, y repartidos en sus puentes, los camarotes de lujo, que valen 3,000 francos por viajero; los destinados á dos pasajeros, que reciben luz directa por los costados, que cuestan 600 francos por persona, y los de tres literas, situados en el centro, que reciben luz indirecta ó zenital eléctrica, que se pagan á razón de 500 francos por litera. Estos camarotes son llamados «primeras clases» y gozan sus privilegiados poseedores del confort de los elegantes salones ya descritos, de una mesa pantagruélica, de un servicio perfectamente organizado, y de cuanto puede exigir un potentado, en sus travesías por los mares.
Y si alguien duda de la necesidad de poseer un estómago de múltiples resortes para digerir los suculentos y copiosos manjares servidos á bordo del Touraine, si esta prosa no le parece indigesta, cuide de seguirme al través de un comedor que está constantemente en funciones, desde las ocho de la mañana, en donde sirven café completo, con pan, leche y manteca, té ó chocolate; almuerzo á las diez, compuesto de cinco hors-d’œuvres, y tres platos fuertes, tres postres y café; un tente en pie, ó lunch, á la una, que adornan suculentas tazas de té, frutas verdes y secas, compotas variadas, sandwichs, etc, y una comida fuerte á las 6 y media, espléndida, variada y ricamente preparada, regado todo con graves y médoc en el almuerzo y la comida, hasta las nueve de la noche, en que se sirve un té como fin de fiesta á tan aprovechados comensales. Y luego habrá quien dude de que el tipo del caballero particular pueda ser de carne y hueso como los demás mortales, cuando veo con mis propios ojos tantas personas que hacen sus quatre repas y un té con una tranquilidad verdaderamente olímpica, á pesar del mareo y contra el mareo, según el parecer del buen doctor, que pasea el uniforme y su simpática persona por los salones del Touraine.
Después de esta reseña, muchos preguntarán, si son muchos los lectores de este libro: ¿Y la travesía? ¡Ah! la gente del buque y los que están acostumbrados á largas navegaciones dicen que el mar no puede estar mejor, y que el Atlántico no suele gastar mejor carácter que el que ostenta estos días, sin duda para no dar gusto á los que han creído que era peligroso embarcarse en el Touraine al verificar su 13.ª expedición. Yo, por mi parte, no quito ni pongo rey, aunque se me figura que siendo el barco de un porte tan espléndido que no figuraría desdeñosamente al lado de nuestro Pelayo, no debería moverse hasta el punto de tener unas tres cuartas partes del pasaje en las literas, y ponerme en el caso de hacer tales garabatos al escribir estas cuartillas, que temo van á arrancar venablos y centellas á los desdichados cajistas que se vean en el caso de traducirlas y componer las columnas de La Vanguardia.
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Interrumpida varias veces esta carta por los balanceos, he de añadir que los días se suceden y no se parecen; en la noche del 22 hemos tenido un coup de vent que nos ha tenido angustiados, y el 23 ha nevado, manteniéndose los hielos y carámbanos todo el día en el solado de los puentes y en los barrotes de las barandillas. El termómetro marcaba 5 grados bajo cero. Hoy, 24, la niebla lo invade todo, la sirena pita cada dos ó tres minutos, y el pasaje, á pesar del evidente peligro que corremos, está contento porque el mar es bonancible.
Llegó por fin el día suspirado: luce el 25 de marzo y estamos ya á escasas millas de New-York. Vese ya tierra firme, la Long-Island, la primera tierra americana para la mayor parte de los pasajeros del Touraine, y todos contemplamos, extasiados, el nuevo continente tantas veces ansiado y tan penosamente conseguido.
Los emigrantes, alemanes é italianos, entonan en este momento un himno á la nueva patria, espléndida manifestación, concreción vigorosa de sus bellas esperanzas.
Allá, con la vista fija en la proa del barco, todo el mundo espera con ansia que la estatua de la «Libertad iluminando al mundo» nos fije el término del viaje, y mientras los pasajeros de tercera dedican á la patria ausente su mejor recuerdo, los españoles que vamos á Chicago con las responsabilidades que ha de exigirnos algún día la patria querida, volvemos también la vista hacia el Este del mundo, en donde hemos dejado nuestras afecciones y nuestros recuerdos, para cultivar, en tierra extraña, cobijados por el pabellón de España, los intereses que nos han confiado el Gobierno y los compatriotas que nos han honrado con su confianza y su amistad.