Y en este momento, cuando 3,000 millas de mar me separan de Europa, me parece haber echado un cable en este trillado espacio, cable amarrado en las oficinas de La Vanguardia y en el pabellón de España de la Exposición de Chicago, que manteniendo estrecha relación de afectos entre ambos puntos, explique periódicamente á esos lectores cómo se desarrollan en América nuestras simpatías, como se gestionan nuestros intereses y cómo se trabaja para enaltecer el nombre de España en aquella apartada región del continente americano. ¡Qué gran recompensa para todos, si tan ruda labor consigue prestigios, gloria y riqueza para la patria!
Cosas de España... y de los Estados Unidos
Molestia invencible suele ser, en todas partes, el paso de una frontera. Los españoles solemos ser tolerantes cuando se trata del país ajeno; cuando se trata del nuestro no hay palabra bastante dura en el diccionario para vituperar los procedimientos de los aduaneros españoles. Los extranjeros, que suelen ser pacientes en su patria, reprueban los minuciosos reconocimientos de los carabineros al llegar á la frontera española, que les parece ya país conquistado, y no hallando en nosotros respeto á lo que representa el cumplimiento de un deber, se desatan en improperios, lanzando sin rubor y en alta voz, para que la oiga todo el mundo, la frase ya rutinaria á fuerza de puro sabida: cosas de España; pero tenga presente el español que emprenda un viaje á América por placer, estudio ó negocio, que las cosas americanas dejan tan atrás las nuestras en punto á fiscalización aduanera y sanitaria, que no hay, ni ha habido en el mundo, procedimiento inquisitorial que se parezca al que voy á historiar para enseñanza y ejemplo de los que creen de buena fe que todo lo extranjero es mejor y más digno de un pueblo culto que lo nuestro.
Llegué á la vista de New-York á las dos de la tarde del 25 de marzo último: una vez pasado el estrecho que forman los puntos avanzados de la costa en que están emplazados el fuerte Lafayette y el Hamilton, el Touraine paró sus hélices, acercóse un bote de vapor en que iba el empleado de la Aduana, que entró en el trasatlántico, posesionóse de una mesa, preparó su tintero y pluma, y con la lista de los pasajeros á la vista, abrió una información para cada uno de ellos, averiguando el nombre, la procedencia, la edad, la profesión y el número de bultos que constituían el bagaje de los que íbamos en el barco. Recibida la declaración jurada, firmamos un documento, que la mayor parte de los pasajeros no entendía, en que nos comprometíamos á probar que habíamos declarado la verdad bajo pena de comiso de todo aquello que no se había declarado.
La operación, tratándose de un barco que transportaba más de cuatrocientos pasajeros, no podía ser corta, y más al ampliarse con una nueva visita que recibió el vapor á las cuatro de la tarde y que nos produjo un verdadero sobresalto. La Sanidad, representada por un subalterno, al tener noticia de que iban en el Touraine emigrantes alemanes procedentes de Hamburgo, y que uno de ellos presentaba síntomas algo alarmantes, fuese en busca del jefe, y con la amenaza de veinte días de cuarentena, estuvimos con el alma en un hilo, hasta que, previo reconocimiento muy detenido, la Sanidad de New-York contentóse con fumigar á los emigrantes y los bagajes, dejando salir á los pasajeros de 1.ª y 2.ª, que desembarcamos cuando ya anochecía.
Cuando se cruza el Atlántico y se han pasado horas de zozobra, el viajero cree haber ganado el derecho de que se respete su cansancio, su deseo de reparar las fuerzas perdidas y de hallar, en cómodo albergue, alivio á sus males y calma á su espíritu.
Al poco rato el vapor atracó, colocó rápidamente su pasarela, y con un: ¡Bendito sea Dios! pisamos tierra con satisfacción verdadera. La Trasatlántica francesa tiene en la dársena que ocupan sus barcos una inmensa nave de madera, cuyos cuchillos de armadura que arrancan del suelo forman una bóveda que abriga un espacio mal iluminado, sucio, ahumado, que parece bodega invertida de un barco carbonero. Hay allí una serie de compartimientos clasificados, con iniciales, que el pasajero ha de buscar, si se le ha advertido de antemano que su bagaje irá á depositarse en el cajón cuya inicial corresponde á su apellido. No hay en aquella bodega ni una silla, ni un banco; cuando llegan los baúles, el viajero cansado se apoya en ellos y espera que la Aduana inspeccione los bagajes cuya declaración jurada firmó creyendo, quizá, que bastaría su palabra honrada, legalizada con su firma, para evitarse las molestias de una inspección tan minuciosa, que no hay maleta, baúl, saco de mano ó manta, que escape á la mano escrutadora y nimia, en detalles, del aduanero norte-americano.