Hora y media estuve esperando el baúl y la inspección; cuando pude salir con las consabidas señas puestas en los bultos, habían dado las ocho de la noche, con la inversión de cinco horas en lo que en todas partes puede hacerse, con mayor respeto á la dignidad humana, en dos horas escasas.
Y antes de que el presunto viajero español que entra por el puerto de New-York estudie con calma lo apuntado, si en algo estima sus intereses, voy á trasladar al papel alguna impresión que entiendo vale la pena de ser conocida.
Iban en el Touraine el arzobispo de Quebec y el obispo de Cythère; ambos en tenue bourgeoise, venían de Viena, y habían visitado también la Palestina y España. Para los católicos del mundo, el español es un ser que se distingue por su altivez, su energía y su amor á la religión. A las pocas horas, sabiendo que yo era español, se mostraron tan deferentes conmigo y tan amantes de mi país que entablóse entre nosotros una verdadera y simpática amistad. Interrogáronme acerca de nuestros poetas y publicistas, conocían nuestros mejores filósofos, literatos y artistas clásicos, y no acababan nunca cuando se ponían á hablar de la conquista de México, descrita, al parecer con entusiasmo, por Prescott.
Aquellas altas dignidades de la iglesia llegaron á New-York acompañados de dos sacerdotes, sin que nadie fuera á recibirles, ni nadie se preocupara de aquel ejemplo de humildad cristiana, llevando modestamente el bagaje de mano, menos pesado, sin duda para ellos, que la responsabilidad de la cura de almas que ejercitan, con alta sabiduría, en las frías comarcas del Canadá.
Y mientras este alto ejemplo puede servir á todos de saludable enseñanza, el que no quiera dejar cuatro ó cinco dollars en las garras de algún cochero neo-yorkino, cuide de no salir de la aduana sin que, poniéndose de acuerdo con algún agente de hotel y sobre todo con el de la compañía llamada «Express», consiga impedir que sea atropellado de la manera más odiosa que cabe imaginar.
Para evitar las demasías de los cocheros se ha formado en las grandes ciudades norteamericanas una compañía que envía sus agentes á los trasatlánticos y á los vagones de los ferrocarriles, que mediante un pequeño estipendio, unos cuarenta centavos de dollar, equivalentes á dos pesetas por bulto, y cangeando el talón ó chapa metálica numerada, de que hablaré luego, por un cartón que se ata en el asa del baúl y en que se consigna la dirección dada por el viajero, al poco rato se consigue tener el bagaje en el hotel, dejando al viajero en libertad de aprovechar los tranvías y ferrocarriles elevados que, por cinco centavos, ó sean veinticinco céntimos de peseta, puede apearse á pocos pasos del hotel, boarding ó casa á donde va á parar, sin verse obligado á gastar un duro y medio por una carrera de media hora escasa, que es lo que cuesta por persona un carruaje de dos caballos en New-York y Chicago.
Claro es que el que no sepa hablar inglés no tiene más remedio que acudir á los agentes españoles de dos hoteles modestos, pero bien situados en la calle 14, junto á la 5.ª avenida, llamado Hotel Español, y en Irving place muy cerca de Broadway, conocido con el nombre de Hotel Hispano-americano. En New-York es completamente inútil hablar francés ó italiano, la inmensa mayoría de la población no conoce más idioma que el inglés, disfrazado con un acento sumamente duro que obliga á un verdadero y largo aprendizaje.
Pero no terminan aquí las desdichas del europeo en New-York; el que va á Chicago ó á cualquier punto de los Estados Unidos, ha de empezar por entregar el equipaje al agente del «Express», que lo llevará á la estación de partida, tomar con anticipación el billete y el Pullman-car, que es un sleeping más lujoso y cómodo que el que circula por las líneas de Europa, en alguna agencia del Broadway, y cuidar de que se facture, para lo cual un mozo de la estación ha de poner una etiqueta numerada que corresponde al número de una placa metálica que se entrega al viajero, sin que se haya de pagar exceso de peso como no pase de 150 libras, que no rebasa casi nunca, el baúl ó mundo de uso corriente.
El coste de un viaje en ferrocarril norte-americano compensa en realidad, por su baratura, las molestias de cambio de procedimiento que se impone aquí al viajero. Mil millas hay de New-York á Chicago, ó sean 1500 kilómetros, y este recorrido, que costaría en España más de 60 horas y 40 duros, se hace en 27 horas y aun en 25, gastando 22 dollars por el pasaje, 5 ídem por el Pullman-car y 3 ídem por dos comidas y un almuerzo divinamente condimentados que se disfrutan tranquilamente en el vagón-restaurant. Y si tan repetidos cambios, gastos y mareos no han labrado ¡oh viajero! tu salud, llegarás con la ayuda de Dios á esta ciudad para visitar la gran Exposición de Chicago.