Pero antes de partir, justo será echar una ojeada á New-York, después pararse en las cataratas del Niágara, para entrar definitivamente en el primer centro pecuario del mundo, la gran ciudad del Estado Michigan.
New-York
El espectáculo más grandioso que New-York ofrece al viajero es el de la bahía, con su movimiento portentoso, sus ferry-boats, sus dársenas, sus flotas comerciales, sus edificios colosales que sobrecogen más que admiran, y el tráfico que revela el soberbio mecanismo del segundo puerto del mundo por su importancia y el primero por su belleza soberana. El conjunto del panorama no tiene rival; el que ha visto New-York desde la bahía, bordeada por el Hudson y el Harlem river, adornada con la estatua de la libertad iluminando al mundo, el puente suspendido que enlaza la ciudad á Brooklyn, los docks y almacenes, los buques que entran y salen, los remolcadores que silban constantemente, las muchedumbres que van en los ferry-boats agitando los sombreros y saludando á los que llegan, los trasatlánticos franceses, ingleses, españoles, alemanes y norteamericanos, en sus desembarcaderos, amarrados á las dársenas adornadas con los pabellones de los respectivos países, y con los aparatosos anuncios de las Compañías navieras, los grandes edificios de la ciudad, cubiertos de cúpulas extrañas, con linternas que las rematan, amontonándose en el horizonte y proyectándose las unas sobre las otras, formando montón abigarrado y pretencioso, los letreros de caracteres colosales, pintados con colores chillones, como si los vecinos de aquella ciudad acusaran á la humanidad entera de padecer intensa miopía, todo sobrecoge el ánimo subyugado por aquella orgía de movimiento, ruido y color que forma un conjunto monstruoso, extraño, inusitado ante el que toda apreciación resulta incompleta y todo juicio imposible. Y mientras el viajero sigue con la vista las variadas siluetas que presenta la ciudad y el puerto, á medida que el trasatlántico va avanzando, camino de la dársena, el empuje simultáneo de tres remolcadores lo dejará atracado, en breve tiempo, para que el pasaje pueda desembarcar tranquilamente, y pisar, después de ocho días de zozobras, la tierra americana.
El recorrido desde el puerto á la fonda española de la calle catorce, atravesando calles mal iluminadas, sucias y poco concurridas, no da á New-York un aspecto lisonjero; la calle catorce, en cambio, con sus iglesias, teatros, establecimientos públicos y privados, ofrece ya al cansado viajero el espectáculo de una gran ciudad, de fisonomía inglesa, que á primeras horas de la noche se entrega al descanso, dejando abiertas las tiendas por puro lujo y reclamo más ostentoso que bonito.
La fonda española de la calle catorce, modestita como todo lo nuestro, ofrecióme buena mesa y limpia cama, calefacción bien entendida y confort suficiente para el que, acostumbrado, como yo, á disfrutar de todo, con lo bueno, cuando pasa, y resignado con lo malo y mediano, recordaba la movediza litera del Touraine, el ruido de la maquinaria y las maniobras de un trasatlántico en fatigosa lucha, durante ocho días, con las tornadizas aguas del Atlántico.
Levantéme remozado, contento y decidido á dar un vistazo á New-York, la ciudad europea de América, por excelencia, la que dando hospitalidad á todas las razas y á todos los intereses del mundo, ha conservado algo del viejo continente, rasgos fisionómicos, necesidades de otras costumbres aportadas con el bagaje de las preocupaciones, de los vicios, del modo de ver y sentir padecidos en otras playas, en el fondo del Este del mundo, iluminado aún en mi cerebro con los recuerdos de un continente adornado con las obras prodigiosas de artistas, gloria de las naciones europeas, de Italia, Francia, España, Inglaterra... cuyos monumentos han dado á la arquitectura de los palacios y monumentos de New-York sus rasgos fisionómicos, su carne y sus huesos, sus líneas ornamentales y sus estilos más renombrados, pero, falto todo del rasgo genial que es emanación purísima del espíritu, y concreción hermosa de la labor del arte al través de los siglos y de la sangre ardiente de las razas artistas del mundo.
Basta echar una ojeada al plano de New-York para distinguir la parte vieja de la nueva, la obra de los primeros pobladores, encariñados con las rancias ideas de una urbanización enrevesada, de calles estrechas y tortuosas, de ventilación difícil y saneamiento imposible, de la gran porción de ciudad extensa, cuadriculada, con ejes normales al Hudson y al Harlem rivers, y un gran pulmón central, The Central Park, rodeado de avenidas majestuosas, adornado de estanques, lagos, arboledas, prados, estatuas, monumentos, cliché fastidioso de todas las grandes ciudades, aunque sin caer, en el afán de trazas y alzados, de colores, cenefas y combinaciones que dan al conjunto el aspecto de un cromo de dimensiones colosales, en que la naturaleza pierde el encanto de sus expansiones bravías y sus notas acentuadas y vigorosas. Pero prescindiendo de ese órgano expansivo, de ese generador de oxígeno empotrado, casi, en el centro y en forma de rectángulo, en las grandes cuadrículas neo-yorquinas, el número de plazas de la primera ciudad americana resultan pequeñas, notándose el afán de aprovechar la península que forman los dos ríos que la abrazan y estrechan, fijando límites á su inmenso poder de expansión. Y como si un gigante, cansado de tanta monotonía, de tanta línea y ángulo recto, de tanta cuadrícula antiestética, atravesada en sus ejes principales, en sus trazas más holgadas por los ferrocarriles elevados, hubiera querido poner á su enojo, feliz expresión y rasgo permanente de sus osadías, cruzando con ondulante rasgo las calles y avenidas más concurridas de la ciudad neo-yorquina, surge en plano tan simétrico, la calle más irregular, más fastuosa, más larga y más extraña, que conoce el mundo entero con el nombre de Broadway.