El Broadway es como el Regent street en Londres, como los bulevares centrales en París, como la Rambla en Barcelona, la nota típica de New-York, el eje de giro de todo su tráfico, el centro de los negocios, el lugar más frecuentado y el punto preferido para localizar las tiendas más suntuosas, los bancos y las sociedades de crédito más en boga, los edificios de las compañías de seguros más repletas de millones, los restaurants y bars de moda, la vía que cruzan los tranvías de tracción animal más frecuentados y los coches de los potentados, de los ricos legendarios, cuyo activo asombra á tantas gentes, y lugar preferido por la bohemia universal para paseo, en que desfilan, con su aire decidor y algún tanto desenvuelto, las bellezas neo-yorquinas que de las nueve de la mañana á las cinco de la tarde de los días de labor, van recorriendo tiendas y bazares con ansias verdaderamente pavorosas para los bolsillos de padres y maridos.
El Broadway y sus alrededores Wall Street, Broad Street, Nassau Street y Fulton Street, durante las horas de tráfico presentan una animación extraordinaria, sólo comparable á la City de Londres y al Downtown de Chicago. Formarse idea entonces de los edificios suntuosos del Broadway y de los palacios é iglesias, de las calles y plazas de aquel gran centro, requiere estar en posesión de una cabeza muy sólida para sobreponerse al ruido, movimiento y confusión de un tráfico abrumador, que alcanza su máximo entre Madison square y la calle que termina en la punta de la península formada por los dos ríos, llamada Batería.
Respecto á la belleza de los edificios principales del gran centro comercial de New-York, el europeo si va á América con los prejuicios del viejo continente, si no empieza por considerar que el yankee sacrifica gustoso las líneas y los adornos de los estilos arquitectónicos más preciados, á lo que entiende que mira como fin primordial, á lo útil y á lo cómodo, perderá lastimosamente el tiempo, tratando de explicarse por qué se han mezclado en un mismo edificio detalles hermosos y bien concebidos, de estilos puros, con adefesios y composiciones extravagantes que parecen la obra caprichosa de un niño que deja correr el lápiz sobre el papel, sin preocuparse de las reglas establecidas y de los criterios adoptados, esquemas obligados de todo proyecto arquitectónico.
Si fuera posible prescindir del conjunto de aquellos edificios colosales, montón de sillería de arenisca roja con tonos negros, en que domina el cubo exagerado en todo, como signo de riqueza, ó valentía de raza, ó ambas cosas á la vez; si prescindiendo de la falta de harmonía que hay entre alzados que desafían las nubes, y puertas y ventanas achatadas que dan á la entrada principal del edificio apariencias de antro, y á las bocas de luz y aire, aberturas rasgadas en muros espesos que asemejan aspilleras de barbacana, y se fijara la vista en detalles atrevidos, en capiteles, frisos, aleros, dinteles bien dibujados y sentidos, en arcos caprichosos, en columnas y pilastras ampulosas y holgadas, en trazas movidas, huyendo de la forma rectangular y cuadrada que en nuestras calles resulta monótona, fría, y para el arquitecto pie forzado que mata todas sus iniciativas y fantasías, aun se hallaría materia sobrada para trazar un cuadro vigoroso y sentido de la arquitectura neo-yorquina, escasamente emancipada de los estilos viejos de Europa, y menos atrevida que la de las ciudades del Far-West, que si admira como obra de cálculo, resulta como arte una cosa digna de severa censura.
Pero el que cruza por vez primera la quinta avenida, Madison square, la calle catorce, el Union square, y sigue el Broadway, echando una rápida ojeada al Grace church, al edificio de Welles and Standard Oil C-O., al Washington building, á la Subtesorería de los Estados Unidos, á la estatua de Jorge Washington, queda encantado, y especialmente ante una iglesia gótica, cuyo nombre no recuerdo, rodeada de un cementerio, con sus piedras tumulares, sus estatuas y sarcófagos suntuosos, rodeado por una verja de hierro, creciendo entre las tumbas plantas trepadoras adornadas de flores, que hizo brotar allí la mano piadosa de una madre ó de una esposa, nota extraña que parece el memento terrible que está allí perenne, para recordar á los que pasan, con la angustia en la frente, azorados y enloquecidos por la fiebre del oro, el fin de esta vida y el principio de otra, en que para nada nos servirá el bagaje de las riquezas acumuladas en los grandes centros comerciales del mundo, como no sea de estorbo para llegar más velozmente al término suspirado de la eterna dicha. Pero el viandante hostigado por el ansia de ver cosas nuevas, atraído por edificios tan variados, colosales, majestuosos, fíjase al fin en una cúpula montada sobre base estrechísima de un edificio de no sé cuantos pisos que ostenta, en letras colosales, la palabra «The World», ya vista desde el puerto, antes de que atraque el trasatlántico á la dársena de su destino, nombre de un periódico famoso que tira, en sus ediciones diarias, más de sesenta mil ejemplares, vendidos á precios desconocidos aquí, á cinco centavos, ó sean veinticinco céntimos de peseta cada número, dando tanta lectura y tantas viñetas cada día, con tipos de imprenta pequeños, que no se comprende de dónde sacan tanto material que pagan generosamente sus editores, haciendo lucrativa y decorosa la vida de los que se dedican á la prensa diaria y periódica en el Nuevo mundo, y que con otros diarios de igual ó parecida importancia acusan la medida y los alcances de aquel gran centro comercial.
Y como mi estancia en New-York, solicitado por mis deberes perentorios en Chicago, me obligan á partir, sin que pueda formarme idea exacta de la vida, los recursos y las costumbres del gran emporio americano, sólo por no dejar solución de continuidad en mi viaje, doy esta nota fugaz y rapidísima de mi paso por New-York, que voy á enlazar con las dos visitas hechas á las cataratas del Niágara, maravilla del Nuevo mundo, cuya impresión voy á apuntar aquí, antes de entrar en la eterna rival de New-York, la gran Chicago.
Las Cataratas del Niágara