Al día siguiente, la policía ordenaba al director del teatro persa la clausura del local. Este pobre diablo que había gastado una crecida cantidad en montar el espectáculo, y adquirir el derecho de exhibirlo, quiso averiguar la causa de orden tan radical á los tres meses de abierta la Exposición, y supo, con sorpresa, que la reclamación que motivaba la orden de cierre del local, estaba fundada en la queja producida por las señoras que juzgan inmoral el baile que se ofrece al público en el teatro persa.
Una calle del Midway
Las exclamaciones del director resultaron tan expresivas como pintorescas. «Las señoras del «Board of ladies», dijo, se presentaron ostentando sus medallas y con la pretensión de que se las colocara en primer término, sin pagar los derechos de entrada. Accedí gustoso á la petición, estuvieron muy alegres y satisfechas, tomaron café gratis, y se hacían lenguas de lo bonitas que son my poor girls, y de lo bien que bailan y cantan los típicos aires del país. Estuvieron tres horas mortales presenciando el espectáculo, y volvieron al día siguiente con las mismas pretensiones, y alcanzando los mismos resultados. Si aquellas señoras creen que mi teatro es un lugar de corrupción, lo mejor que habrían podido hacer era no venir y no exponerse á manchar sus vestidos en tan inmundo lugar; esto habría sido mejor para su reputación y mis intereses.»
Lo que ha pasado después no lo sé; registré con cuidado la prensa, y especialmente The Chicago Herald durante tres ó cuatro días después de haber publicado la réplica contundente del director del teatro persa, y no he sabido ver la respuesta de las señoras, que quizá han creído deber contestar, con el desdén, las insolentes palabras de aquel galeoto, contentas y satisfechas de haber realizado tan magistralmente una obra de higiene moral digna de las mayores alabanzas.
Lo que hay es que, al día siguiente, los teatros se llenaron de gente de todos colores é iguales vicios; que las dancing girls continúan cantando y haciendo contorsiones y gestos que tienen más de asqueroso que de lúbrico, y que, después de tantas lágrimas y tantas exclamaciones que parecen lamentos arrancados de los libros santos, lo único que se ve claro y evidente es la escasa eficacia que resulta de emplear plumeros de blando material para barrer y limpiar cloacas, y que, en cualquiera otra parte que no fuera la América del norte, lo que se habría visto, sin necesidad de practicarlo, es que, en aquella prueba quedaría manchada la pluma, quedando la cloaca tan nauseabunda y tan mal oliente como estaba antes de usar un agente digno de más altas empresas y más sentidas aspiraciones.
Palacio del concurso de la belleza