Llegamos á la quinta del Capitán Gustave Niebaum y el químico ofrecióme en primer término las primicias de su trabajo, sintetizado en extensos encasillados de sus ensayos cualitativos y cuantitativos de los mostos, con el objeto de averiguar la época, deducida naturalmente de términos medios, de la maduración de la uva en las diferentes tierras y exposiciones de los viñedos de la finca. Enseñóme más tarde la finca entera, las bodegas repletas de vino y los lagares llenos de mosto en fermentación; visité el laboratorio, el mecanismo para separar el hollejo y las pepitas del mosto, los planos inclinados para el transporte de la pulpa, las cubas con los nombres de los vinos, la botillería, revelando todo una limpieza exquisita y una atención preferente á los fenómenos complicadísimos de una buena vinificación. Y me decía modestamente: «cuanto se refiere al cultivo de la vid y de los vinos es un problema para nosotros; no sabemos nada, cultivamos á tientas, y á pesar de cuanto hemos aprendido y adelantado en poco tiempo, no sabemos sacar partido de los recursos de la vid en relación con nuestro suelo y nuestro clima.»
«Tenemos aquí diferentes suelos y exposiciones variadísimas que son un rompecabezas; en este valle, cada propietario vendimia en época diferente y saca vinos esencialmente distintos, aun siendo igual la especie cultivada. Esta tarde iremos á ver las bodegas de Mr. Parrott, probará sus vinos y verá qué diferencias se hallan entre los de esta finca y los suyos, estando las propiedades contiguas, siendo iguales los cultivos y variando sólo la exposición.»
Fuimos á comer á Santa Helena y nos dirigimos después á la quinta de Mr. Parrott.
Díjome Mr. Hugh: «Creo que Mr. Parrott habla español, y seguro estoy que hallará usted en su casa una hospitalidad franca y agradable.»
Pasamos un puente al dejar un mal camino de travesía, y entramos en la finca por una senda adornada de árboles y arbustos floridos. Llegamos á una plazoleta sombreada por árboles frondosísimos y nos apeamos al pie de una suntuosa morada.
Nos recibió una china, pulcramente vestida, y nos anunció á Mr. Parrott.
Al saber que era español, me dijo con acento que envidiaría un castellano de la meseta central de España: «Usted desea marchar hoy mismo y esto no es posible; no tendría usted tiempo para ver lo que viene á estudiar»; «sí, pero...» «no admito excusas; no le faltará á usted cama, mesa y hospitalidad cordial; soy más español que usted y tengo interés en hacerle conocer nuestro valle».
«No tengo medios», contestéle, «para sentarme en su mesa, no digo yo de etiqueta, sino limpio y decentemente; pensaba regresar hoy á San Francisco y...» «los yankees hacemos poco caso de estas cosas... no admito escusas, y vamos á la bodega».
Con el amor que siente un padre por sus hijos predilectos, mostróme el señor Parrott la serie de vinos blancos, claretes y cognacs que fabrica con una maestría envidiable. Larga fué la lista de los vinos probados que escalonamos razonadamente, para que el paladar pudiera juzgarlos y apreciarlos en su justo valor.