Pasamos allí horas enteras; al anochecer, probados los vinos de Inglehook-vineyard y de la Villa de Parrott, tenía ya el convencimiento de que en California se producen vinos que pueden competir ventajosamente con los sauternes y los claretes del mediodía de Francia.

Los claretes no tienen, para mí, más defecto que el ser un poco ásperos, como si fueran hijos de uva cuyo hollejo, cargado de tanino y materias colorantes, diera al vino un sabor astringente en demasía y difícil de tragar. Pero los sauternes, con un poco más de bouquet, se venderían en Francia como si fueran criados en los mejores viñedos de su propio país.

Después de probar 30 ó 40 vinos, y preguntar si los mezclaban con caldos europeos, me convencí de que los vinos de California tienen los defectos de los nuestros, son excesivamente ricos en color y en alcohol y que sólo los vinos franceses, por su escasa graduación, pueden importarse á América para hacer el coupage con alguna ventaja. Mi sueño, pues, de exportación de vinos españoles á California quedaba desvanecido.

Regresamos á la quinta Parrott cuando anochecía; entramos en el drawing-room, donde hallé á Mrs. Parrott, su sobrina miss Theresa Shrieves y á unas cuantas señoras de las propiedades vecinas, lujosamente ataviadas, á que fuí presentado. Difícil es hallar en el campo un salón alhajado con más confort, ni que responda mejor al bello desorden, mezcla de cosas bonitas que la moda actual pregona como la última palabra del buen gusto.

Mesas y sillas primorosas, anaqueles llenos de bibelots y retratos, cuadros, panoplias, candelabros, todo rico y harmónico, aun en su desorden, búcaros llenos de crisantemas de riquísimos colores, cristales de color por donde penetra la luz tamizada del exterior entre el variado follaje de las orquídeas, los palmitos arborescentes y los almeces gigantescos, y en medio de la conversación sostenida en español, inglés y francés, la señora de la casa tocó «La Paloma» como obsequio al forastero español, y recuerdo de los tiempos juveniles pasados en Bilbao por el señor Parrott, que no se cansaba de preguntar con amor de hijo adoptivo por cuanto se relaciona con nuestra patria.

Otra señorita silbó, cantó y tocó con admirable perfección durante la velada, hasta que, llegada la hora de cenar, me invitaron á pasar á un comedor digno de cuanto hay en aquella morada rica y fastuosa.

Sirven la mesa un chino raquítico y feo y una chinita de labios prominentes que lleva unos aretes azules, que hace resaltar sobre su piel amarilla, la vivísima luz de los candelabros. Su traje limpio y blanco, su pelo arrebujado como el de nuestras campesinas, su voz estridente al contestar las preguntas que le hacía con bondad suma la señora de la casa, que parece tratarla como niña mimada, su risa á carcajadas cuando la miro con la curiosidad propia de mi ignorancia en la ciencia étnica, sus movimientos ligeros, impropios de toda china respetable, son detalles que avaloran aquella cena opípara, en mesa hospitalaria, donde las señoras tienen para mí tantas deferencias y los demás comensales tantas bondades, sin más merecimiento que el de ser un extranjero que llamó á su puerta pidiendo sólo noticias sueltas de sus trabajos, que halló sazonadas con mesa espléndida, cama y habitación dignas de un palacio, y conversación cordial y deleitosa.

A las doce de la noche, tras mucho hablar de España y recordar en el piano nuestros tangos, jotas y boleros, nos fuimos á la cama; y al despertar, entrando un sol espléndido por las ventanas, sol y ambiente que me recordaban, tras tan largo período en Chicago de cielos grises y pálidos tonos en el aire, el vívido color de la atmósfera patria, me faltó tiempo para gozar aquellas brisas y aquellos campos, plantados de vides y olivos, plantas europeas, alternando con las tropicales, arbustos aquí, árboles colosales en California, vivificados por aquel sol, por aquel clima, más suave y más dulce que el de las costas catalanas y andaluzas.

Al poco rato, y después de haber recorrido el jardín lleno de rosas, claveles, crisantemas y geranios, Mr. Parrott me invitó á visitar la quinta de Mr. Shram, situada ya en el fondo de Napa Valley. En una carretela tirada por un hermoso tronco y guiada por un cochero aragonés, van las señoras de la casa, que han llenado el coche de flores. Mr. Parrott va al vidrio y yo subo al pescante para gozar mejor las preciosas vistas del valle. Pasamos Santa Helena, seguimos una carretera polvorienta y mal trazada que me recuerda los caminos españoles de otros tiempos, contemplo ansioso la campiña llena de luz, de ambiente y color, y al entrar en un bosque frondoso donde apenas penetra el sol, en el fondo y dominando el valle aparece la pintoresca quinta de Mr. Shram, orgulloso con justo título de sus vinos, de sus bodegas, que contienen más de 200,000 galones de vino, y que me ofrece un almuerzo espléndido, que sazona la más amable y cariñosa hospitalidad.