Los campos de California van repoblándose á medida que se avanza en dirección al sur con las plantas que son el orgullo de nuestras provincias de levante. Arrancadas las viñas en muchas partes, los árboles frutales, naranjos, limoneros, melocotoneros, cerezos, correctamente alineados, dominados en el fondo de la plantación por la quinta, la masía ó el cottage, constituyen la fisonomía especial de la baja California. Camino del Estado de Arizona ya no se cruzan grandes ríos, viéndose sólo en lontananza la altiva cordillera de Sierra Nevada; los pueblos guardan su fisonomía especial, las casas, casi todas de madera, no están ya rematadas por cubiertas de 40 ó 45 grados, el frío no cuenta ya en las fértiles llanuras, besadas por las brisas del Pacífico, y cruzando paralelos cada vez más cercanos al trópico de Cáncer, las plantas tropicales asoman ya por todas partes, el indio se transforma, no es tan robusto, ni tiene facciones tan angulosas, y al amanecer del domingo, cuando el sol doraba el hermoso valle de Los Ángeles, donde se producen los vinos americanos tan parecidos á los vinos andaluces y portugueses, después de haber atravesado el valle de San Joaquín, granero de California, y las estaciones llamadas y escritas en español, Merced, Madera, Fresno, que recuerdan nuestro paso por aquellos valles, llegué á las ocho de la mañana á La Puebla de la Reina de los Ángeles, fundada por los españoles en 1781, anexionada en 1846 á los Estados Unidos y formando hoy una agrupación de más de 50.000 habitantes, que se considera la segunda población de California en riqueza é importancia comercial.

A medida que el tren se aleja de Los Ángeles camino de San Diego, las plantaciones son cada vez más raras, hasta que ya antes de mediodía y de llegar á Yuma, se atraviesa el desierto de Colorado, en que sólo se ven yucas y cactus, extensos arenales matizados de sal, caldeados por un sol ardiente que en verano ofrece al viajero vistosos espejismos, desierto que en algunos puntos está por debajo del nivel del mar, solución de continuidad hoy del golfo de California, que quizá vuelva á invadir algún día si un movimiento del litoral americano sumerge otra vez las tierras que un levantamiento lento, fenómeno del volcanismo, ha puesto al descubierto en la época moderna del globo terráqueo. Y ya poco queda por ver que llame la atención en la larga travesía de San Francisco á El Paso, como no sean pueblos que el viajero pregunta de qué viven, dónde se halla la riqueza que explotan y aprovechan, cómo crecen y se desarrollan en aquellas inmensidades donde no hay bosques ni plantaciones, teniendo siempre á la vista aquella Sierra Madre de México, que esconderá aún tantas riquezas en sus entrañas, y aquellos desiertos que las aguas del mar han escupido como hueso estéril, ensanchando prodigiosamente el continente americano del que se cuentan tantos prodigios, y en donde amontona el monopolio tantas riquezas, poseídas por manos que han cruzado el territorio de caminos de hierro, puesto los jalones de nacientes poblados y quizá gérmenes de nuevas nacionalidades, pero puntos perdidos hoy en los inmensos campos de California y Arizona, de Texas y New-México, más grandes que España y Portugal, Francia é Inglaterra, Italia y Austria juntas, donde la vida nómada se ejercita con todas las manifestaciones del salvajismo, que la civilización pasa sólo allí entre los rieles de los caminos de hierro rápida y fugaz, desvaneciéndose á la vista del que suspira en aquellas landas desiertas, como el humo de la locomotora y el vapor de la caldera en los espacios infinitos del cielo.

Cansado de meditar sin comprender los misterios de los vastos desiertos americanos, recojo una nota artística en la estación de Yuma, que colora aquel desierto y aquella rígida nota de la línea recta en todo: una compañía nómada que pasea por aquellos desiertos leones enjaulados, panteras, tigres y hienas en grandes carromatos, indios que montan caballos enjaezados á la mexicana, elefantes que guía un muchacho cuarterón, monos que saltan y brincan, mujeres que visten trajes imposibles, chillones, llamativos, de raza difícil de clasificar, y en un gran carro, terminado por ancha plataforma, una murga de indios más ó menos auténticos, que toca una marcha discordante, ensordecedora, proyectándose todo en el cielo tropical, que ensucia de tonos grises la ola de aire caliente que levanta el sol en las caldeadas arenas del desierto.

Pasa aquella mascarada por delante del tren lenta y majestuosamente; es el reclamo americano que no tiene bastante campo en las ciudades y que necesita las inmensas soledades del desierto para proclamar que él solo es el rey del mundo. Y la locomotora mueve otra vez sus bielas y ruedas y el tren sigue y sigue cruzando estepas y pueblos, ríos y lagunas, acercándose cada vez más á Río Grande, muy chico donde lo cruzamos, poco antes de llegar á la frontera mexicana, y á la estación de El Paso, en territorio aun de los Estados Unidos de la América del Norte.


De El Paso á México

A las dos de la tarde del día 6 de noviembre último llegué á la estación de El Paso, en territorio de Texas de los Estados Unidos de la América del Norte.