Intento razonable ha de parecer que durante mi estancia en los Estados Unidos haya procurado estudiar con cuidado la idiosincrasia del pueblo americano, estudio que completé al salir de San Francisco el día 4 de noviembre último, al tener la desdichada suerte de presenciar uno de los espectáculos más tristes que puede ver un hombre y que bastara él solo para marcar y esculpir en mi cerebro uno de los rasgos fisionómicos y más característicos del pueblo yankee, si pudiera aun caber la duda en mis apreciaciones, tantas veces expuestas en las columnas de La Vanguardia, acerca del modo de ser y sentir de aquella raza.
En Oakland hallé preparado el tren que debía conducirme á El Paso, estación fronteriza de México, al norte de aquella república, busqué el número de mi asiento-cama en el Pullman-car y esperé impaciente el momento que debía marcar mi salida definitiva de los Estados Unidos de la América del Norte.
Acostumbrado ya á la marcha silenciosa de los trenes y á su falta de puntualidad, mi impaciencia no podía justificarla más que el afán de ver llegar la hora de mi repatriación, aunque fuera siguiendo un camino larguísimo, colmado de peligros. El tren se puso al fin en movimiento, el número de pasajeros era escasísimo, y en aquel vagón inmenso llamado pomposamente vagón palacio, que había de ser mi vivienda durante tres días, ocurriéronme en mi soledad las narraciones repetidas en los diarios durante los últimos meses de 1893, de trenes asaltados por hombres enmascarados y armados de rifles Winchester, de asesinatos seguidos de linchamientos, de robos inauditos, con todo el variado repertorio de escenas salvajes representadas de noche en las inmensas estepas de los desiertos americanos. Tocábame recorrer los estados de Arizona, New-México y Texas, reputadísimos por sus bandoleros, y no me pareció situación muy halagüeña la de un hombre sólo, desarmado y dotado de escasas fuerzas físicas.
Esas ideas no respondían ciertamente al ambiente que respiraba al atravesar los valles de la baja California en un día lleno de sol y brisa suave y fresca que daba á mi temperamento nervioso un bienestar indefinible. Marchando el tren á gran velocidad y gozando el bienestar del que cae en la meditación sugerida por lo que le rodea, desvanecido el terror de un momento de desfallecimiento de espíritu, no sé yo cuánto tiempo había pasado, aunque no debía ser mucho, cuando el maquinista dió la señal de alarma y parada de tren, que se efectuó con una celeridad pasmosa. El motivo no podía ser más triste, el tren acababa de arrollar á dos hombres, lanzarlos de la vía y matarlos instantáneamente. Había en una curva una cuadrilla de trabajadores, ocupados en el asiento del material fijo, curva en desmonte que formaba en su centro una verdadera celada, en que entraron á la vez, por desgracia, dos trenes. Con el ruido y quizá el aturdimiento, dos trabajadores vieron al tren que iba á San Francisco, se colocaron sobre la vía que creyeron libre, y descuidando el convoy que llevaba dirección contraria fueron arrollados sin misericordia.
Paróse el tren, atravesaron mi vagón dos caballeros, y al regresar, estando ya el tren en marcha, dijeron tristemente «dos hombres muertos». Me levanté, acerquéme á la ventanilla y vi sobre la hierba dos hombres jóvenes, palpitantes aun y desangrándose, con la cabeza destrozada. Este espectáculo, más que triste, me pareció desastroso, porque más inhumano que la muerte es considerar que bastaron escasamente siete minutos para que el tren matara á aquellos hombres, tomara, no sé quién, nota de lo ocurrido, y volviera el convoy á emprender su camino, mientras los muertos yacían solos y abandonados por sus compañeros, que continuaban su labor, fríos, indiferentes, como si aquellos cadáveres fueran despojos de un naufragio, escupidos por el mar en días de tormenta sobre playas desiertas é inhospitalarias. Más desastroso aun, sí, que no hay tormenta en el mar, ni ciclón en el cielo que pueda compararse, en estos días de prueba, al odio y á la indiferencia que parece haberse apoderado, como desoladora epidemia, del corazón humano.
Así empezó mi viaje de regreso; señalado en su primera etapa por la noticia abrumadora, al llegar á la capital de México, el día 9 de noviembre á las siete de la mañana, de la explosión de una bomba, con todas sus traidoras y viles consecuencias, en el Liceo de Barcelona.
Y, sin embargo, entre los dos términos de esa escala de indiferencias y crueldades, entre el odio de un malvado y el frío irritante de los que no tuvieron para los vencidos por fiera desgracia ni una lágrima, ni una mirada compasiva, hallo más cercano al amor el odio de una fiera que la indiferencia que considera al sér humano como una bestia más de la escala zoológica. Y aunque sea alargar algo más de lo conveniente ese orden de consideraciones que viene á completar, en mi concepto, el juicio que he formado de la civilización americana, permítame el paciente lector que le presente, en episódico contraste, la nota comparativa de dos razas, la nota que pinta como siente nuestro pueblo, extraviado por las doctrinas subversivas, la miseria y el hambre, pero bueno en el fondo, compasivo, capaz aun de arranques generosos, ya que ha visto como sabe sufrir y penar el pueblo americano.
El trasatlántico «Alfonso XII» salía de Cádiz el 18 de diciembre último, con mar llana y ligera brisa; el piloto del puerto dirigía ya la maniobra, arriadas las escaleras y moviéndose el barco lentamente en busca del mar libre de obstáculos, camino de este puerto. De repente y desde la toldilla observó que se había quedado á bordo un muchacho de diez y seis á diez y siete años, y con tono brusco y señalándole el cable que pendía de estribor y á cuya extremidad había una lancha, le dijo: «largo, inmediatamente bajas por la cuerda y te vas... largo»; el chico quedóse pálido como un muerto, no sabía si llorar ó protestar, mudo de espanto dudaba entre sufrir las iras del piloto ó exponerse á bajar por la cuerda y deslizarse con peligro de caer al agua. El piloto insistía con ánimo resuelto, y como el muchacho opusiera á la ira del marino la resistencia pasiva del que teme jugarse la vida en la contienda, intervino en ella un marinero del «Alfonso XII» con ánimo resuelto y decidido: «Pero hombre, no ve usted que el chico tiene miedo, que no ha bajado nunca por una cuerda y está temblando... pues no faltaba más»; y amparando al cuitado, salta la banda, coge el cable y al muchacho por la cintura, lo sujeta vigorosamente, le da rápida instrucción para que le deje sueltas las manos y en menos tiempo del que cuesta relatarlo, como si fuera un padre amoroso, dejó al chico en la lancha, subiendo rápidamente á bordo sin esperar, probablemente, las gracias del agradecido mancebo.
Compárese la indiferencia de los obreros de California con el arranque generoso del marinero del «Alfonso XII», y después escójase entre aquella civilización, orgullosa de sus máquinas, fría y repulsiva como toda vanidad, y ésta que tiene por base la familia con todas sus derivaciones, costumbres humanas y sentimientos piadosos que dan al prójimo el dictado de hermano y amigo.