Dejé á Ciudad de Juárez recordando á aquel hombre de raza azteca que defendió, palmo á palmo, el territorio mexicano, y que, acorralado en el confín de la república, sentó allí las bases de su gobierno, organizó sus huestes, derrotó á sus contrarios, los lanzó del país y entró triunfante en la capital, dando á su patria uno de los períodos más largos de reposo desde que se emancipó de la metrópoli. Bien merecido tenía que la ciudad que le acogió en la desgracia, conserve el nombre del que defendió la independencia de la nación.

Ciudad de Juárez, iluminada apenas por el centelleo de las estrellas, se escondía cada vez más tras la arboleda, desaparecía rápida de la vista del viajero, y mientras el negro prepara las literas del Pullman, doy una ojeada á un guía que canta las maravillas de México, llamándole «Wonderland», y me dispongo para gozar, desde el día siguiente, la serie de espectáculos anticipados por relaciones pintorescas, dignas de una imaginación meridional.

Al despertar, á primera hora, apenas amanecía; recostado en la litera con el visillo levantado, observé ansioso la salida del sol. El que no ha estado en las altas mesetas mexicanas no sabe, no tiene idea de cómo se dibuja en el cielo la línea divisoria de las montañas, pura, limpia, cortada con precisión matemática que se proyecta en el horizonte como un trazo que separa la montaña, de tonos violados, del fondo azul del cielo. No puede haber en ningún clima atmósfera más transparente, ni tonos más calientes en el aire, ni dorado más intenso en los rayos del sol, ni líneas más finas en el cirrus que parece encaje de filigrana suspendido en el espacio, y allí donde el sol se proyecta intensamente, donde la tierra abrasada recibe amorosa aquel beso ardiente de un sol que no mitiga, con sus alientos suaves, el agua reducida á vapor, parece que se levanta intensa hoguera que abrasa aquellas inmensas llanuras. Pero cuando el sol va subiendo hacia el zénit y el aire se hace menos transparente, y se observa atento el llano inculto, la choza misérrima de adobe que ampara al indio azteca, el pueblo sin fisonomía, que no la tienen aquellas casas de arcilla, paralelepípedos de color terroso, sin enlucido, que no se necesita en aquel clima seco para conservar su cohesión, con una abertura que hace oficio de puerta y otra muy chica de ventana, alternando con barracas cónicas de tierra y caña, y desaparecen los espejismos en el cielo, la realidad se descubre por todas partes, mostrando una miseria tan espantosa y una despoblación tan grande, que ellas solas bastan para explicar los continuados alzamientos y sublevaciones de aquel pueblo vencido y humillado.

A las nueve de la mañana llegué á Chihuahua, capital del Estado del mismo nombre. Situada la ciudad á bastante distancia de la estación, el agrupamiento de las casas, su fisonomía, la iglesia principal con sus torres dominantes, me recordaron las ciudades españolas de la meseta central castellana.

Y en la estación se ven ya los hombres con zarape y las mujeres con rebozo, prendas de la indumentaria mexicana, remedo de nuestras mantas y pañolones castellanos, que cubren cuerpos sin camisa y pelos desgreñados, manifestación tristísima de la más terrible miseria. El indio, envuelto en su zarape, sentado en cuclillas, triste, macilento, mira como pasa el tren, satisfecho hoy porque tiene aún algunos centavos ganados no recuerda cuándo ni de qué manera, que ya trabajará mañana, cuando sea pobre y no tenga dinero para comprar pulque, tortillas y un puñado de judías.

¿Qué le importa al indio el mundo, del que nada espera? Cuando tiene hambre coge el fusil que le da la ambición del primer caudillo que se presenta y mata y muere para llenar su vientre, que es la única política que domina su corazón, su entendimiento y sus entrañas. Y al verle acurrucado, tomando el sol, enteco, arrugado, indiferente, nadie adivinaría en aquel sér envilecido un héroe que sabe batirse con singular bizarría, sin preguntar á nadie el color de la bandera, ni el derecho que defiende, ni la justicia de la causa que puso en sus manos el arma homicida.

Y al poco rato, después de tomar el breakfast en el restaurant chino, aquella masa desaparece lentamente, mientras el tren va cruzando campiñas abandonadas, desiertos inmensos que tienen por marco altísimas montañas, atravesando de tarde en tarde alguna hacienda, como dicen las gentes del país, que tienen sesenta y ochenta mil hectáreas de extensión, verdaderos falansterios indios donde éstos hallan choza que les cobije, trabajo que alivie su miseria é iglesia que consuele sus pesares. Necesarios son esos recursos en un país donde las sequías lo matan todo, donde los ganados mueren en los caminos, hambrientos y engañados por traidores espejismos, y las sequías duran años y años en los Estados del norte de México, teniendo que abrir las fronteras á los granos de Norte América para no morir de hambre, produciendo esto una sangría tan espantosa en el numerario de la Hacienda mexicana, que la balanza comercial acusa una pérdida enorme, una corriente de millones que empobrece á aquella nación con una rapidez aterradora. Esto me cuentan mis compañeros de viaje, mostrándome en todas partes campos agostados, arenales salitrosos, tierras yermas y abandonadas, chozas misérrimas, indios cubiertos con sombrero, modificación de nuestro calañés, protector de la cabeza contra el sol y la lluvia torrencial de los climas tropicales, mientras van pasando las estaciones de La Cruz, Santa Rosalía, Jiménez, Torreón, empalme de la línea de Durango, Jimulco... y el día pasa esperando aquellas maravillas que no vienen y aquellas tierras tropicales que he soñado tantas veces, pobladas de palmeras, helechos arborescentes y lianas trepadoras con todo el cortejo de una flora y fauna poderosas.

El sol se pone, y el cielo vuelve á reproducir el espectáculo sublime de un incendio que dora, al esconderse en el horizonte, las cimas de las montañas y las profundidades del cielo. El indio, que ve cada día las fiestas sublimes de la atmósfera y compara aquella luz y aquellos colores con las tristezas de sus campos desolados, ¿cómo no ha de sentir la nostalgia de otra vida, allá, en el fondo de aquel cielo tan hermoso, tan puro y transparente, que parece ser una promesa y una esperanza?