Al día siguiente, poco después de las diez de la mañana, uno de los compañeros de viaje, compadecido de mi desencanto, me coge de la mano y me conduce á la plataforma posterior del vagón para presenciar un cambio completo de decoración, y me dice: «Estamos atravesando una de las comarcas más ricas de México, en el distrito de Zacatecas, región argentífera por excelencia; fíjese usted en aquellas piedras blancas que marcan cotos mineros y en las bocas de las minas, en cuyas galerías hay, ó mejor dicho, había unos 15,000 trabajadores extrayendo mineral argentífero del subsuelo. Por desgracia, el monometalismo y la abolición de la ley Sherman en las Cámaras de Washington acaban de asestar á esta riqueza una herida mortal. Los propietarios de las minas están despidiendo á muchos trabajadores y el laboreo de las minas va disminuyendo con una velocidad aterradora.»
«Observe usted ahora el paisaje: los tonos rojos y calientes de estas montañas, sus formas suaves y onduladas, sus valles risueños, embellecido todo por ese sol y ese clima primaveral», y al salir de una curva, como si se levantara repentinamente un telón de boca, mostróme en el fondo de un valle la ciudad de Zacatecas, escalonada, con sus casas blancas, bajas, rematadas por azoteas, recordando las ciudades orientales, hasta tal punto, que los que no hemos tenido la suerte de visitarlas, si nos hubieran transportado con los ojos cerrados á aquel centro minero, con la visión de las fotografías de Oriente en la memoria, no habría habido uno solo que se creyera en América; tanta semejanza existe entre Zacatecas y las ciudades en que se desarrollaron los portentos que conmemora la religión cristiana.
La explotación de las minas se remonta al 1516 y se supone que ha rendido ya más de 800 millones de dollars; la ciudad está sentada sobre filones de plata y en ella misma se abren los pozos para la extracción del precioso mineral.
Las iglesias se parecen, desde lejos, á las que se veían en Chihuahua; los edificios principales, los únicos que tienen alguna grandiosidad, son obra de nuestros antepasados, y por eso me decía mi compañero de viaje: «cuando vea usted, en México, un edificio de importancia, una iglesia de buen tipo arquitectónico, un palacio majestuoso, un cuartel, un ministerio, lo mismo en la capital que en los Estados, no vacile usted un instante en creer que todo es obra de España y del tiempo de la conquista.»
Poco tiempo me quedó para contemplar aquel oasis llamado Zacatecas en medio de tantos desiertos; los pasajeros ocuparon el tranvía que debía conducirles á la población, y el tren emprendió la marcha por la gran pendiente que guía á Guadalupe, y á pesar de haber pasado ya, á primeras horas de la mañana, el trópico de Cáncer y estar en los climas cálidos de la zona tórrida, las yucas, las palmas y los nopales eran las únicas plantas que me recordaban el país tropical de los bosques gigantes y las selvas encantadoras, descritas tan magistralmente por Humboldt.
Yuca
A la una llegamos á Aguas Calientes, almorcé en un restaurant del país á instigación de mis compañeros de viaje, y, aunque descontento de mi condescendencia, tuve la curiosidad de probar las celebradas tortillas, pasta repugnante hecha de harina de maíz y no sé qué más; el pulque, brebaje procedente de la savia fermentada del agave americano, muy parecido y perteneciente al mismo género de los agaves que se crían en la costa mediterránea, y una serie de platos de origen español mal condimentados y suciamente ofrecidos, que me hicieron formar una pobrísima idea del arte culinario de los Estados Unidos mexicanos.
Por fin, al día siguiente, á las siete de la mañana, vislumbré ya los célebres lagos del gran valle de México, sus cordilleras famosas, sus volcanes apagados, sus cimas más altas que los picos más elevados de los Alpes, y después de cinco días y otras tantas noches de ferrocarril, capaces de fatigar al más robusto, bien merecido tenía llegar al cerebro del país de las maravillas, á la ciudad de Motezuma y Hernán Cortés, de las leyendas heroicas, la noche triste y cuanto se relaciona con los hechos más gloriosos de la historia colonial de España.