La ciudad de México
Temo que muchos extranjeros, al visitar la capital de la república mexicana, no le hallarán grandes atractivos. Lo moderno vale poca cosa, lo antiguo, lo que construyó el Virreynato de España durante tres siglos, sólo interesará á un reducido número de personas, amantes de la historia del mundo y de las proezas humanas. Si el que visita México está imbuído en ideas de secta, en todas partes hallará las huellas de los quemaderos de la inquisición, del martirio de los jefes indios humillados y vencidos por los conquistadores, más afanosos de tesoros escondidos que de glorias guerreras, y considerará justo que los mexicanos no tengan para Hernán Cortés ni un recuerdo, ni una alabanza.
Quien estudie imparcialmente la historia de la conquista de México, y observe cómo crece y se civiliza su raza indígena, mientras en el territorio de los Estados Unidos se extingue, siendo más guerrera y más viril, atosigada por procedimientos inhumanos, perseguida á sangre y fuego, y acorralada en su propia casa, quizá hallará que la obra de la conquista dejó en los campos regados por tanta sangre española, algo más que fanatismos y codicias, crueldades y martirios, que no son ciertamente los que tienen en sus manos los destinos mexicanos quienes puedan hacer alardes de clemencia, y de ahorrar la sangre indígena que derraman á raudales en nombre de ideales políticos menos excusables que los derechos de conquista.
Si levantaran la cabeza Iturbide y Maximiliano, los dos emperadores mexicanos fusilados en nombre de la revolución triunfante, ellos, que no atentaron á la independencia del país y procuraron enaltecerlo y honrarlo, qué dirían de una raza que reniega de su sangre y halla vilipendio en la conquista que les hizo hombres civilizados, cristianos y dignos de alternar con los pueblos cultos, cuando los indios, que son los más, más de la mitad de la población, no han hecho otra cosa que cambiar de señores, conquistados hoy por nuestros hermanos como lo fueron hace cuatrocientos años por nuestros abuelos, y lanzados á continuas luchas fratricidas para levantar sobre el pavés, al más osado ó al más fuerte.
Difícil ha de ser al español ilustrado sustraerse á esas consideraciones, si de la estación va á parar al hotel Iturbide, mansión durante cortísimo tiempo del infortunado emperador Agustín I, ungido en la catedral de México, á los treinta años de edad, cuando acababa de libertar el territorio del dominio de España, trescientos años después de aquella epopeya escrita con sangre española por un puñado de hombres mandados por Hernán Cortés en los campos y montañas mexicanas, epopeya que no necesita mármoles ni bronces que la perpetúen, que mientras el mundo exista, mientras exista México, no habrá ciudad ni aldea, montaña ni llanura que no guarde, desde las más hondas raíces de aquella nacionalidad hasta las cimas más elevadas de sus cordilleras, el recuerdo del paso de aquellos guerreros que fundaron un imperio, dejando en él el sello imperecedero de su sangre y su genial valor.
El palacio convertido en hotel, el patio rodeado de columnas, rematadas por arcos de medio punto en su parte baja, por arcos rebajados en el principal y adintelados en el segundo, como si representaran aquellos accidentes arquitectónicos épocas distintas en su construcción, el patio desnudo, que si lo rematara un velarium recordaría los patios andaluces, todas las crujías modificadas para las atenciones del café, billares, salas de lectura y restaurant, todo lo banal y pobre de un hotel de segundo orden, ha venido á rematar las glorias de un imperio sellado con la sangre de un hombre que olvidó sus juramentos para libertar á su patria del llamado ominoso yugo extranjero.
Conquistada la independencia en los campos de Querétaro y Puebla, Iturbide entró triunfante en la capital en septiembre de 1821; en 19 de mayo de 1822 el Libertador fué elegido emperador por 67 votos, y en 21 de julio del mismo año, Iturbide y su esposa fueron coronados en la catedral de México, para reinar sólo poco más de un año, derrocados en marzo de 1823 por el general Santana. Desterrado y maldecido, se le concedieron 25,000 duros anuales de limosna para que viviera en suelo extranjero, y él, que había dado á sus compatriotas un territorio inmenso, quince ó diez y seis veces más grande que la metrópoli, no podía pisar, sin ser llamado traidor, ni un palmo de tierra mexicana.