Al año de la expulsión, la nostalgia, el rencor ó ambas cosas á la vez, le hicieron volver á México; é Iturbide el Libertador, el ungido en la catedral, el ídolo del pueblo, fué declarado traidor, preso y fusilado en 19 de julio de 1824.

Los vencedores no aventaron sus cenizas, ni arrojaron sus huesos á la voracidad de las alimañas; la piedad recogió el cadáver de Iturbide, que bien pudo cederle para tumba unos cuantos palmos de terreno á perpetuidad en la catedral, en cambio de un territorio independiente, afianzado por la mano poderosa del Libertador mexicano.

Fuerza es desvanecer esa impresión dolorosa que siente todo español de raza al pisar la ciudad de México. Son tan recientes las fechas, tan heterogéneos y extraños los pensamientos que levanta el amor á España y la idea de justicia ante la tumba de un hombre que olvidó sus juramentos y fué ingrato con la metrópoli que le hizo general antes de los 30 años de edad, y le confió su honra, sus ejércitos y sus intereses, que yo, español, no me atrevo á llamar traidor á Iturbide, no me atrevo á infamarle como lo hicieron aquellos que le debían la libertad y la independencia, obcecados y vencidos por la ambición y las ansias terribles del poder.

Necesito orear mi frente y salir á la calle animadísima de San Francisco, una de las arterias principales de la capital, para desvanecer tan tristes pensamientos. La fisonomía de sus casas bajas, pues pocas tienen más de dos pisos, sus tiendas de aire puro español, los chicos que pregonan las mercancías y ofrecen los diarios del día, los carruajes de lujo y alquiler que cruzan el arroyo, la urbanización bastante bien entendida, todo tiene aire europeo, todo recuerda á Madrid, y al llegar á la plaza llamada «El Zócalo» ó «Plaza mayor de la Constitución», en cuyo centro hay actualmente una especie de circo con un jardín interior que la afea, hallé más pronunciada esta fisonomía en los puestos de venta de flores, en los portales llenos de buhoneros y baratijas, rodeada por edificios públicos inmensos, la catedral, el antiguo palacio de los Virreyes, convertido ahora en Ministerios, la casa de la ciudad, jardincillos y bosquetes, estatuas y monumentos en el centro, parada de tramways en las partes laterales, y todo ello iluminado por un sol tropical que no enturbia á 2,400 metros de altitud el vapor de agua, con los indios envueltos en sus zarapes y rebozos de colores vivos y estrafalarios, cubierta la cabeza con el típico sombrero mexicano, alternando con gentes de sociedad más culta, traje más atildado y apariencia más decente.

El edificio más notable por su arquitectura es la catedral. Empezada en 1573, terminóse en 1667, siendo más reciente la fecha de la terminación de las torres que lleva la de 1791. Dicen las gentes que la catedral costó 2.200,000 duros, pero á mí se me figura que si en esta cantidad no se cuentan joyas y obras artísticas de valor intrínseco que no están al alcance del vulgo, hay que estar prevenido contra esta cifra que parece calcada en las exageraciones yankees, y las cuentas galanas que convierten á América en el país de las Mil y una noches.

La fachada de la catedral, achatada en el conjunto y los detalles, empotrada en dos grandes cubos que sostienen dos pesadísimos campanarios y un anexo en la parte Este, churrigueresco y enrevesado que aumenta la traza del edificio en perjuicio de su alzado, no mantiene, ni un segundo, la atención del viajero. El interior frío, desnudo, con el coro en el centro que corta sus ejes con menoscabo de su grandiosidad, tampoco puede compararse con los templos españoles de arquitectura más sentida.

Tiene la catedral mexicana cinco naves espaciosas y un crucero, rematado por una cúpula decorada por artistas afamados. Descuella en el extremo de la cruz latina el altar mayor, ampuloso, reluciente, rococó, contraste inarmónico con el desmantelado de columnas frías y altares escasos, pobremente decorados.

Hay, sin embargo, algunos detalles suntuarios bien entendidos; los púlpitos y la pila bautismal de ónice, algunas verjas riquísimas de oro, plata y cobre, el altar de los reyes, artístico y suntuoso, la tumba de Iturbide, la de los Virreyes y la de los ajusticiados en Chihuahua, rebeldes á la metrópoli, Hidalgo, Aldama, Allende y Jiménez, que levantaron el pendón de independencia, sirviendo como de enseña de combate la efigie de la virgen de Guadalupe, patrona de México. Al Este de la plaza se levanta el antiguo palacio de los Virreyes, construído sobre las ruinas del palacio de Motezuma, último emperador azteca.

No hay en el mundo edificio más grandioso ni más banal que el antiguo palacio de los Virreyes españoles, convertido ahora en ministerio de Estado, Hacienda, Tesorería y no sé cuántas dependencias más, con aire de cuartel, montada la guardia en las puertas, y llenos los patios interiores de soldados, sin un detalle que merezca mirarse ni apuntarse en la cartera. Doce patios interiores, ocho acres equivalentes á unas cuatro hectáreas de superficie cubierta; dos fachadas larguísimas adornadas con ventanas en los bajos y una serie de balcones en el principal, rematados con guardapolvos vulgarísimos que no recuerdan ciertamente los buenos tiempos de la arquitectura española, ni la intervención de una inteligencia artística en la fábrica de tan grandioso edificio.