Al Sur de la plaza se halla el palacio municipal, albergue del gobernador del Estado, con portales de piedra de sillería y una fachada lindísima, pero de interior pobre y de mal gusto, tanto en la sala de sesiones, como en el salón del alcalde y escalera principal. Adornan las paredes del municipio los retratos de los presidentes de la República y los personajes más célebres de México, desde Hidalgo hasta nuestros días, que la historia de aquel país desde Motezuma hasta el último Virrey español no cuenta para los republicanos de este siglo.
Hidalgo, si he de juzgar por los monumentos que le ha levantado el patriotismo mexicano, es el nombre más querido y respetado de la República.
La primera herida causada al corazón de España lo fué por un humilde párroco de Dolores, lugar cercano á Guanajato, en 15 de septiembre de 1810.
Las intenciones de Hidalgo fueron conocidas por el Virrey; Hidalgo conspiraba, y alentado por sus parciales, pero sin escuchar las voces de la prudencia y sin la preparación necesaria, cogió el fusil, mandó tocar á arrebato, reunió á los indios en la plaza, y proclamó la independencia. Luchó con varia fortuna, pero al fin derrotado por las tropas españolas, acorralado y vendido por los suyos, fué arrestado y ajusticiado con los principales cabecillas Jiménez, Allende y Aldama, que descansan con Hidalgo, en el altar de los reyes de la catedral de México.
Once años más tarde, el cura Morelos continuó la obra de Hidalgo, terminada en 1821 por el general Iturbide. La ingratitud del pueblo afrentó más tarde al general con la tacha de traidor, y fusilóle, como España fusiló á los que atentaron á la posesión de su más preciada colonia.
Volvamos á la calle de San Francisco para ir á buscar la avenida Juárez, ancha, hermosa, soberbia, que termina junto al sepulcro levantado en Chapultepec á los cadetes que murieron defendiendo el territorio contra los ejércitos de los Estados Unidos, y que recuerda otra época sangrienta, si no fatal, de la historia mexicana.
Esta gran avenida, llamada sarcásticamente Avenida Juárez, es una mejora debida á la emperatriz Carlota, á aquella mujer desdichada que perdió la razón cuando no pudo hallar en el mundo el amor que se hundió con su corona en los campos sangrientos de Querétaro.
En esa célebre avenida, llena de monumentos, no hay más que recuerdos ominosos que deprimen el corazón.
Dos príncipes aztecas, modelados en bronce, de nombre enrevesado, Ahuitzolt y Axayácatl, de indumentaria extraña, parece que guardan airados la entrada del cielo indio, donde sólo pueden penetrar sin peligro los hombres de su raza. En la primera glorieta se halla el monumento dedicado á Colón, único europeo que ha hallado misericordia en el corazón de los mexicanos; en la segunda, el dedicado á Cuauhtemoctzin, último héroe del imperio azteca; la tercera se guarda para Hidalgo, el enemigo más terrible de España; la cuarta á Juárez, el presidente indio, que guardó siempre en su corazón todos los rencores de su raza.
En el monumento dedicado al héroe azteca hay dos bajos relieves y dos leyendas. El primero representa á Cuauhtemoctzin preso ante Hernán Cortés; el segundo, la tortura del mismo príncipe y de Tetlepanpuetzal sometidos al tormento para hacerles descubrir el escondrijo de sus tesoros. Las leyendas confían al bronce los nombres de cuatro héroes aztecas.