Yo no sé qué hace allí Colón, entre tantos indios y tantos enemigos de nuestra raza; si el Gran Almirante despertara y viera tan empequeñecida la figura legendaria de Hernán Cortés, sentiría amargamente haber descubierto un mundo cuyos habitantes, después de ochenta años de dominar el territorio que reivindicaron en nombre de la civilización y el progreso, no han sabido hacer por la raza indígena otra cosa que levantar tres monumentos que perpetúan el odio contra los que la convirtieron al cristianismo, arrancando de sus pedestales á los dioses paganos, y como si temieran los entusiasmos y hervores de su propia sangre, calumnian las figuras legendarias de los héroes españoles, sin cuyo paso por la tierra mexicana no serían otra cosa que míseros indios esclavos de su cerebro atrofiado, y de una sangre empobrecida y degenerada.
Si consignara aquí que en México no se ha borrado el recuerdo de las antiguas tradiciones españolas, y que el acuerdo tácito, colmado de desdenes, con que los hijos del país muestran olvidar los tiempos de la conquista y las hazañas portentosas de Hernán Cortés y Alvarado, no es más que una ficción con que se engañan á sí mismos, parecería un axioma que huelga en un trabajo dedicado á un público culto é ilustrado, conocedor de la historia contemporánea española, y de los altos hechos de nuestros afamados conquistadores.
Todos los pueblos conquistados conservan monumentos dejados por sus dueños y señores, páginas de piedra que recuerdan una civilización extinguida y un período histórico; pero en parte alguna se confunden y compenetran como en México, nuestro espíritu y nuestra sangre con la raza indígena, batida en los primeros tiempos de la conquista, sometida más tarde con el apoyo, después de la noche triste, de los tlascaltecas, confundidos ya en la comunión del amor de pueblo á pueblo durante el largo mando de los Virreyes, en que se levantaron las iglesias y los conventos, los palacios y los monumentos, los canales y las conducciones de aguas que hemos dejado en todo el territorio, como huella poderosa de nuestras ciencias y de nuestras artes animadas por el espíritu divino de nuestra religión y nuestras creencias.
No se ha hecho aún en México la paz en los espíritus, la paz fecunda que está en el corazón y no en los labios, porque las generaciones actuales guardan en la memoria el recuerdo vivo de nuestra historia, y no han tenido tiempo de borrar las huellas de nuestra superioridad de raza y de entendimiento, superioridad que representa para los leaders del país un yugo más doloroso que el mando político y la mano opresora del fisco. El día que puedan levantar una catedral más alta que la construída por nosotros, el día que hallen la forma precisa y exacta para modificar el palacio de los Virreyes, el momento histórico en que se levante al calor de su potencia tropical una arquitectura más elevada y una literatura más noble y más pura que la nuestra, cuando purificado el medio ambiente de las ambiciones políticas, nuestra sangre, que circula por la nación mexicana, nada deba envidiar, ni pueda codiciar á su madre España, la reconciliación resultará espontáneamente hecha, con evidente ventaja de las dos naciones hermanas.
Pero hoy, no habría un sólo mexicano que se atreviera á levantar una estatua á Hernán Cortés, y sin embargo, no puede darse un paso en la capital sin hallar las huellas de aquella epopeya que convierte á México en una de las ciudades históricas más importantes del mundo.
Los mexicanos imitan á los enamorados que rasgan las fotografías y los recuerdos de la mujer amada, y no pueden arrancarla del corazón, donde crece y se agiganta, con los esfuerzos hechos para lanzarla del sitio en que reina como dueña y señora.
¡Inútil porfía! recórrase la ciudad en la dirección más caprichosa, y en todas partes hallaré el recuerdo del héroe y el árbol de la historia hispana trasplantado al suelo mexicano. Y para probarlo, voy á tomar la catedral como punto de partida, y en dirección á San Cosme siguiendo la calzada, hoy avenida de hombres ilustres, por donde huyó Cortés y sus soldados durante la noche triste.
Circundaba la ciudad en aquella época un ancho canal; los aztecas, dueños de la comarca, se rebelaron contra los españoles y los acuchillaron cruelmente. Rechazados en aquella calzada, al llegar huídos al canal, cayeron al agua y murieron en gran número, cegando la corriente, tan grande fué el número de los que perdieron allí la vida en la refriega. El capitán Alvarado, héroe de aquella tragedia, saltó la corriente y pudo escapar yendo á retaguardia, animando con su valor y abnegación á los tercios españoles.
Cortés llegó á Tacuba, se sentó bajo un árbol y dicen que allí lloró por sus soldados, árbol que vive aún y se conoce con el nombre de «El Árbol de la noche triste».
Cortés rehizo su maltratada gente, hizo una alianza con los tlascaltecas, arrancó azufre de los volcanes para fabricar pólvora, pidió refuerzos á Cuba, construyó una escuadrilla en el lago Texcoco, y en poco más de un año reconquistó la capital, tomada en 13 de agosto de 1521, levantando una capilla, llamada hoy de San Hipólito, en conmemoración del día del santo en que Cortés pudo vengar la carnicería que los aztecas hicieron en las tropas españolas.