Hace muy poco tiempo que la piedad católica ha restaurado aquel templo, pero de tal manera que los manes del arte deberían poner en el portal de aquella iglesia la célebre frase dantesca: Guarda e passa. Echemos, pues, una mirada sobre la lápida que dice así y pasemos. «En este sitio y noche de 1.º de julio de 1520, llamada la noche triste, fué tan grande la carnicería de españoles por los aztecas, que al tomar otra vez la ciudad un año más tarde los conquistadores acordaron construir en este sitio un edificio conmemorativo, llamado capilla de los mártires y dedicarla á San Hipólito para recordar que en día del santo fué reconquistada la ciudad.»

México es la ciudad de las iglesias y los conventos; el más grande ó uno de los más grandes del mundo era el convento de San Francisco, que derribó la revolución triunfante. En su recinto había once iglesias y capillas, un hospital, un refectorio para quinientos monjes, un dilatadísimo jardín y un vasto cementerio.

La desamortización convirtió el monasterio en calles y solares; el hotel del Jardín ocupa el sitio que fué hospital y aprovecha parte del jardín que fué conventual, la calle de la Independencia atraviesa el área del monasterio que empezó Hernán Cortés, á cuya iglesia iba á misa y donde estuvo enterrado 65 años, hasta 1794. En aquel sitio construyeron los frailes la primera escuela destinada á la instrucción de los indios, levantándose la iglesia con los despojos de un templo azteca.

Aquel inmenso edificio, cuna de nuestra dominación y de la evangelización de los indios, fué confiscado por el Presidente Comonfort, y vendido por Juárez; empezando así la ruina de los recuerdos de España en aquel vasto imperio colonial.

Al rededor del hotel Iturbide, situado en la calle de San Francisco, se ve una bonita iglesia, Santa Brígida; al nordeste La Profesa, y al sudeste San Agustín, dedicada hoy á biblioteca nacional. Adornan las bases de las pilastras, estatuas de los hombres de Estado mexicanos y ocupan las capillas y los paramentos laterales lujosos armarios llenos de libros y documentos importantes.

Siguiendo la calle de San Francisco en sentido contrario á la Catedral se halla la Alameda, poblada de árboles cuya antigüedad indica claramente la mano que los ha sembrado ó plantado, y al terminar la calle se desemboca en una plaza, cuyo centro ocupa la estatua ecuestre que recuerda á primera vista la de alguno de los reyes que hay en las plazas de Madrid.

La sorpresa que causa esa estatua en la capital de México sólo puede compararse á la causada por una excepción que no parece deber admitir un principio claramente definido. ¿Qué hace allí la estatua ecuestre de Carlos IV, del odiado rey que con el recuerdo de sus debilidades armó la mano de Hidalgo y más tarde la de Morelos é Iturbide? ¿quién conserva aquel monumento levantado en medio de la plaza Mayor ó de la Constitución por los Virreyes, en 1803, siete años antes de la primera intentona de independencia? Forzoso es averiguar ese enigma: ese monumento, proyectado por el célebre Tolsa, fué derribado en 1824, retirado al patio de la Universidad hasta 1852, en cuya fecha pasó al sitio que ocupa hoy, consignándose, empero, que se conserva como obra de arte de gran merecimiento, no como recuerdo de un Rey español.

Y ciertamente, la estatua fundida de una sola pieza es una obra soberbia: tiene 16 pies de alzado, pesa treinta toneladas y está primorosamente modelada y fundida. El zócalo es sencillísimo, de altura casi igual á la estatua, sin leyendas pomposas en sus paramentos: consígnase sólo el nombre de Tolsa, á cuya memoria se debe la conservación de una obra artística que puso en gran peligro el chauvinisme ridículo de los políticos mexicanos.

Si vamos siguiendo el mismo camino, en dirección á Chapultepec, á la izquierda del camino veremos un largo acueducto compuesto de 900 arcos, concluído en 1607, para abastecer la capital; al otro lado se ve otra conducción construída por el Virrey Bucareli, cuyos huesos descansan en el santuario de Guadalupe.

¿Qué más? 10,112 iglesias y capillas católicas existen en el territorio mexicano y, casi todas, si todas no, han sido levantadas por la piedad española.