Doce millones de almas cuenta México y, de éstas, sólo unas 25,000 profesan religión distinta de la nuestra. Juárez quiso reformar el antiguo estado de cosas; separó la Iglesia del Estado, y desde 1874 la estadística no acusa más cambios que los siguientes: Presbiterianos, 90 iglesias y 4,000 fieles; metodistas, 15 y 4,000; baptistas, 16 y 1,000; menguado resultado en país tan propicio á las exageraciones, y donde el indio puede ser fácilmente seducido y engañado.
Juárez, el hombre de las grandes reformas, el que venció á los franceses y acabó con el imperio de Maximiliano, descansa con sus émulos y sus mártires en el panteón erigido por el patriotismo mexicano en la pequeña plaza de San Fernando.
El mausoleo parece un templo pagano, donde truena como dios máximo la estatua yacente de Juárez. A la vista tengo la fototipia que me recuerda aquel monumento de mármol, abierto en su centro, sostenido por 16 robustas columnas dóricas, estriadas, macizas, que sostienen una bóveda plana que cobija á la estatua de la república sentada en la extremidad de la losa funeraria, y sobre cuyo regazo descansa la cabeza de la estatua yacente de Juárez.
Los demás sepulcros no cuentan apenas, al lado del héroe indio que la patriotería mexicana tiene la debilidad de comparar al austero, al honrado, al gran repúblico Washington. Leo los nombres de Guerrero, Zaragoza y Comonfort, y casi á los pies de Juárez los nombres de Mexía y Miramón.
¡Ah! todo lo iguala la muerte, en su seno no se odian víctimas y verdugos; la política no habla hipócrita en nombre de la patria y no rebaja ni engrandece; los dramas de la vida parecen espejismos ante la serenidad augusta de la muerte; pero los vivos, los que alentamos llevando sobre nuestros espíritus todas las miserias mundanales, con dificultad comprendemos la promiscuidad horrorosa de hacer tronar aun después de muerto al que mató en nombre de la ley sobre los que también creyeron cumplir su deber en aras de la misma patria y quizá amándola honda y tiernamente. Pero quien sabe si los que tal hicieran, comprendían que la reconciliación al pie de la tumba era una idea santa y justa, y pensaron, tal vez con razón, que el triunfo no siempre justifica las causas, y que la patria debe reconocimiento igual á todos los que la amaron.
Y al llegar aquí justo es consignar que debo á la exquisita cortesía de mi buen amigo, el señor subsecretario del ministerio de Fomento, don Gilberto Crespo Martínez, que me presentó y recomendó á los conservadores del Museo de Antigüedades de México, el haber visto con alguna detención las preciosas colecciones de Historia natural, de Arqueología y de Historia que, con gran competencia y verdadero cariño, se guardan en la antigua Casa de la Moneda de aquella capital.
No ofrece la fachada del Museo grandes atractivos: una puerta que adornan columnas corintias, un vestíbulo desnudo, un patio central donde se cultivan plantas tropicales muy hermosas, un señor, alto funcionario de la casa á quien me presenta el señor Crespo y me colma de atenciones, es cuanto llama mi atención al entrar en un edificio que contiene las reliquias más preciadas de la historia mexicana.
Abren la puerta del fondo del patio y entro en un salón, acompañado del señor secretario del Museo á cuya inteligente solicitud debo las pocas noticias recogidas y que voy á trasladar al papel como puede hacerlo un ignorante como yo, en materias que exigen estudio constante, profundo y detenido.