Hay en aquel salón páginas brillantísimas de la historia azteca, de aquel pueblo indio que tuvo su teogonía, su política, sus emperadores y sus guerreros, que dominó grandes comarcas y tuvo dinastías fundadoras de civilizaciones extrañas, cuyo centro de radiación estuvo en la ciudad que habitaba Motezuma en tiempo de la conquista. Lo primero que llama la atención del viajero es el estado de conservación en que se hallan las estatuas de los dioses paganos, las piedras de los sacrificios, el calendario azteca... objetos todos hallados en las excavaciones hechas, en su mayor parte en la capital, conservación debida al clima de las grandes mesetas mexicanas de los Estados del Norte, donde apenas llueve, donde hiela raramente, recordando los desiertos de Egipto en que todo se conserva y tiene vida histórica, representación de pueblos que han envejecido sin perder el amor á sus antiguas tradiciones, que enterraron con sus momias y las dinastías de sus reyes en el fondo de tumbas abiertas en la roca imperecedera de las tierras tropicales. Quisiera seguir con mi amable cicerone la historia de cada estatua, la significación de cada piedra; quisiera contar aquí los dolores del desdichado que ofreció á sus dioses vida, honores, gloria, amor, cuantas cosas puede ver el sabio en aquellos monumentos, mudos para mí, elocuentes para el que sabe leer en los trazos esculpidos en la piedra, en la figura de un dios de fisonomía estrafalaria, en las formas que revelan aplicaciones extrañas borradas de la conciencia humana, relacionado todo con una civilización muerta que tuvo sus días de gloria y sus esperanzas de inmortalidad.
El tiempo, lo que no existe en el infinito, lo que no empieza ni acaba en el espacio, todos los pueblos necesitan medirlo, que sin él los acontecimientos humanos no contarían en el mundo. Así no me admira ver en el fondo de la sala, y en sitio preferente, el calendario azteca, cuya facsímil había fijado ya mi atención en el Smithsonian Institution de Washington, y que aun teniéndolo á la vista, en una fototipia que me recuerda sus rasgos característicos, no sé cómo describir. Es una gran piedra porfídica, en donde se han grabado, entre los anillos de circunferencias concéntricas, símbolos extraños que tienen por centros la cara de un hombre, representación probable de un astro que servía á los aztecas para fijar el régimen de las estaciones anuales. ¿Cómo se contaban en aquel artificioso enigma los acontecimientos de la vida azteca? ¿quién es capaz de averiguarlo? que aun los más sabios, en tan difícil materia se pierden en conjeturas al tratar de adivinar en los inflexibles trazos de aquella piedra, las ideas que las dictaron y esculpieron.
Recorro la sala y me salen al paso ídolos deformes: el dios del fuego, llamado Chac-Mool, el dios principal del antiguo México; guerreros en número crecido; el indio triste; las piedras de los sacrificios, por cuyos agujeros debió correr la sangre de las víctimas; figuras grabadas, extrañísimas; símbolos portentosos de bestias enroscadas, airadas, de fisonomías terribles; estatuas grandiosas que ocupan los centros de la sala, esperando la vuelta de aquellas razas cuyos descendientes las miran sin comprenderlas; que murieron ya en el corazón de los indios, y para siempre, las teogonías de los crueles dioses paganos.
Salgo de aquel salón sin explicarme nada de lo que he visto; son para mí aquellas figuras palabras sueltas que no forman ideas en mi cerebro, y como si despertara de repente á la realidad de la vida, al atravesar el patio y entrar en reducida habitación, veo la carroza de gala de los últimos emperadores mexicanos, la carroza que usaron Maximiliano y su esposa al ser ungidos en la catedral de México.
Contraste terrible entre dioses airados que exigían el holocausto de sangre humana, y civilizaciones modernas que coronan las víctimas y las llenan de incienso y perfumes antes de fusilarlas en los campos de Querétaro. No hay, pues, entre ambas civilizaciones, más que diferencias de procedimiento; pero el fondo no revela, en ambas, otra cosa que asquerosos fanatismos y crueldades terribles.
Subo al primer piso y me enseñan un hermoso museo de Historia natural; México, país de recursos mineralógicos espléndidos, de fauna y flora tropical prodigiosa, sin grande esfuerzo puede montar colecciones de gran precio y ofrecer á sus hijos páginas llenas de datos, noticias y ejemplares para el estudio de su gea y la vida que sustenta. Falta ya sólo una sala para terminar la visita al precioso museo mexicano, sala que contiene para los españoles reliquias de inestimable valor.
En aquella sala podríamos aprender mucho, si fuéramos capaces de retrotraer, condensándolo en un pensamiento sintético, toda la historia colonial de España, tan gloriosa, tan triste y tan rica en enseñanzas, experiencias y contrastes.
Hidalgo, el párroco que trocó el cayado de pastor por arma homicida, tiene allí su estandarte, su bastón y su fusil, y junto á estas prendas mexicanas el estandarte de damasco rojo que llevaba Hernán Cortés en los días de la conquista. Bien están juntas esta gloria y aquellas enseñanzas, que en ambas cosas aprenderán los hombres como se conquistan las colonias y como se pierden, lo que pueden la fuerza inteligente, y los desaciertos impulsados por la codicia y el desgobierno.
Hay allí también el escudo de Motezuma y el servicio de mesa de Maximiliano, reliquias de dos emperadores para quienes los campos de México estuvieron sembrados sólo de abrojos y espinas.
Otro edificio notable y que vale la pena de ser visto detenidamente es el palacio de la Minería, obra moderna de principios de este siglo, la última quizá debida á los Virreyes españoles. Ocupa actualmente su vastísima área el ministerio de Fomento y la escuela de Ingenieros de minas. Para construirlo, la explotación de los minerales recargóse con el pago de un cánon que se destinó á obra digna de albergar la realeza. Los que conocen la historia íntima del país creen que, desterrado don Fernando y en entredicho la corona de España, á principios de siglo, el elemento español mexicano pensó ofrecer al Rey Fernando aquel albergue suntuoso, de escalera magnífica, de patios espaciosos y espléndidos, de fachadas artísticas, de conjunto superior á cuanto se hizo en aquella capital por nuestros Virreyes en los primeros siglos de la conquista.