En el vestíbulo principal hay grandes aerolitos caídos en territorio mexicano, y en las salas principales, hermosas colecciones de minerales y fósiles, dignas de la riqueza minera del subsuelo de Nueva España.

Ya anocheciendo, al salir del Museo, atravieso el Zócalo, la calle de San Francisco, cruzada de carruajes cuyos cocheros, aun llevando vistosas libreas, sólo excepcionalmente dejan el sombrero mexicano; las aceras concurridísimas, y en una plaza junto á la Alameda Juárez, un señor que me acompaña fija mi atención en una dama, cuya silueta alcanzo sólo á descubrir en un balcón y que resulta ser la de la señora viuda de Miramón, de aquel general que murió con el emperador Maximiliano en los campos de Querétaro.

Allí mismo, los muchachos pregonan la terminación de una algarada, de una nueva sublevación que durante un mes ha tenido en jaque á las tropas de la república. El jefe se había rendido imponiendo condiciones como si fuera beligerante reconocido. Y es que en México el fermento de la guerra civil subsiste siempre en aquella sociedad, convertido en elemento de resistencia con el que cuentan todos los partidos, que nadie está seguro de lo que pasará el día siguiente, y de si la víctima de la víspera se convertirá en dueño y señor de aquellas corrompidas democracias.

Y mientras veo pasar luces sin cuento de carruajes que cruzan la Alameda, escucho admirado los detalles curiosos de historietas, en que figuran los personajes más conspícuos de las repúblicas americanas, nombres que no quiero recordar convencido como estoy de que el escándalo es el peor de los pecados, y que quizá no están los tiempos para derribar reputaciones cuando tanta falta hace sumar voluntades en la gobernación de los pueblos. Y casi distraído oigo que dicen: «El gobernador del Estado X... preparó una emboscada al jefe del Gobierno; el plan no podía ser más sencillo; en una cacería bien organizada debía guiar la mano experta de un bandido la voluntad decidida de dejar una vacante en la poltrona presidencial. El jefe del Gobierno averiguó el caso, y cuando se presentó el Gobernador á convidarle, aceptó al parecer gustoso, rogándole sólo que regresara á su Estado y aguardara allí el día en que las funciones de su cargo le permitieran acudir á la fiesta.»

»El Gobernador regresó á su casa aquella misma noche, y en el vagón que lo conducía subieron dos desconocidos que tomaron asiento junto al jefe aludido. Cuando el tren cruzaba uno de los territorios más desiertos de aquel país, uno de los desconocidos apretó el timbre de alarma para que el maquinista parara el tren, que supuso estar en peligro. Mientras tanto el otro desconocido enseñaba al Gobernador la orden de arresto, expedida, en forma, por quien tenía atribuciones para hacerlo.» No sé si protestó el interesado, pero sí cuentan malas lenguas, que el arrestado bajó del vagón, se arrodilló junto á la vía y murió fusilado.

Y decía otro: «los españoles son ustedes deliciosos; su sentimentalismo resulta ridículo y contraproducente. En América entendemos las cosas de Gobierno de manera muy distinta. Iba yo hace poco en un tren, camino del norte, con varias señoras; cuando más distraídos estábamos, una agresión salvaje puso en peligro la vida de una de las damas, que se salvó milagrosamente. Junto á la línea, unos indios hicieron fuego, y las balas penetraron en el vagón. Paróse el tren, perseguimos á aquellos bandidos, y allí mismo, sin más contemplación ni causa criminal, los fusilamos.»

»¿Cree usted que con este procedimiento habría motivo de vanagloria en los que atentan á la vida del prójimo?»

No sé lo que contesté, porque ya otro señor proseguía: