«¿Recuerdan ustedes la historia de aquel general que entró en un café y mató á fulano é hirió á zutano...? pues ya está en la calle, y tan campante.»
La verdad es que todo aquello no daba grande idea de los gobiernos democráticos, y pensándolo un poco y agrandando el cuadro, quizá hallaríamos que las repúblicas americanas están en manos de dictadores y que la democracia estará en las leyes y en los organismos de aquellos Estados, pero no en el entendimiento y el corazón de los que rigen aquellos pueblos, manadas de hombres que cambiaron de señores para ser tan esclavos como lo han sido, son y serán siempre los que por deficiencias de raza, por pobreza de inteligencia y falta de dotes de gobierno, no tienen aptitud para mandar, ni pueden conocer más elemento de orden que el sable y la opresión.
Los que quieran afianzar sus principios de gobierno en las ideas democráticas, no deben ir á América y mucho menos á las repúblicas de raza española, si han de guardar un resto de ilusión y de esperanza en la panacea que á fines del siglo pasado se impuso al mundo con tanta sangre y tantas lágrimas, panacea redentora que después de un siglo de ensayos no ha podido arraigar en el corazón de las gentes civilizadas del mundo.
Chapultepec y Guadalupe
Joyas del suelo mexicano deben ser, cuando son tan renombradas y para verlas salgo temprano del hotel Iturbide, aprovechando una mañana deliciosa y un sol espléndido con brisas de primavera que envían á las altas mesetas mexicanas los picachos que tienen alturas de 17,000 pies en que durante muchos siglos lucharon con varia fortuna la lava encendida de los volcanes y las nieves eternas de las grandes altitudes. Paso rápidamente por frente de la Alameda, saludo, admirado, la soberbia estatua ecuestre de Tolsa, miro sin enojo los monumentos que levantó el patriotismo mexicano, respetable aun en sus ingratitudes, y gozo la vida espléndida de aquella Avenida Juárez que al alejarse de la ciudad crece en hermosura, sombreada por árboles majestuosos, exhuberantes, agitados por las vibraciones de aquella luz que sacude sus complejos organismos con energías propias de los climas tropicales.
Recorro en hora escasa la distancia comprendida entre la ciudad y Chapultepec, y lo que parecía, visto desde lejos, accidente insignificante de la llanura, surge lentamente en el ocular del grande anteojo que forman las ramas al cruzarse y se levanta y crece á mis ojos, dibujándose ya en mi retina la colina con los accidentes caprichosos de la masa porfídica, en cuya cumbre se levanta el palacio que ha albergado ya á los representantes de todas las formas de gobierno conocidas: Virreyes, Presidentes y Emperadores; pasajeros todos veleidosos, encarnación viva y espejos fieles de las muchedumbres y las democracias mexicanas.