Dejo á mi izquierda el acueducto de 900 arcos que lleva las aguas á la capital, llego á la verja y á los muros que dibujan el contorno de lo que es hoy mansión presidencial, y sin que entorpezca mi entrada la guardia de honor puesta en cada una de las puertas del recinto, hállome de repente en un jardín de los trópicos, en uno de aquellos paraísos encantados que sueña el botánico ó el paleontólogo cuando lee ó clasifica los ejemplares de la flora de los países cálidos, donde viven ó vivieron los gigantes del reino vegetal, sin letargos ni crecimientos estacionales, saturados durante siglos de savia ardiente, poderosa, suma de energías capaz de vencer las inclemencias de los tiempos y las vicisitudes que siegan despiadadas las generaciones humanas en su paso por la tierra.
Aquellos árboles inmensos que necesitan varios hombres, formando cadena, para ser medidos, tan enormes son las circunferencias de sus troncos, parecen pertenecer á la familia botánica de las cupresineas, siendo llamado ahuehete por los indios. Sus ramas péndolas llenas de musgo, entrelazadas con festones de orquídeas, parece que están adornadas para dar sombra á fiestas espléndidas en que la naturaleza ostenta sus mejores galas. Y entre aquellas frescas sombras y penumbras que rasgan rayos de sol ardiente, un recuerdo triste surge de entre la maleza y las flores de un parque escondido entre peñascos de pórfido, un monumento, una página de aquella historia que no deberían olvidar nunca los mexicanos, dedicado á los cadetes que en 1847 defendieron la independencia contra los ejércitos de la gran república norteamericana, y perdieron la vida sin poder evitar que el coloso les arrebatara con ella un pedazo de territorio inmenso que no sé yo si bastará para saciar el hambre devoradora de un pueblo que se figura que América es, y debe ser, sólo la patria de la gran familia yankee.
Cada año los cadetes dedican un día á conmemorar la desdichada suerte de sus compañeros, y el presidente de la república coloca una corona fúnebre sobre las cenizas de los mártires.
Al pie mismo del monumento hallo un camino de travesía que en pocos minutos me conduce á la cumbre de la colina donde se asienta Chapultepec, el palacio del actual presidente de la república, Porfirio Díaz.
La puerta de hierro que da acceso al jardín que precede al palacio, está guarnecida de tropa numerosa: á la vista de un extranjero, el guardia llama al sargento, que me niega la entrada, no recuerdo ya con qué pretexto, y con no poco disgusto me limito á echar una ojeada á la parte exterior del edificio, que no ofrece signo alguno que revele, en el autor del proyecto, la idea de levantar un palacio digno de un jefe de Estado.
Me limito, pues, á buscar un punto de mira y á orientarme, con ayuda de un guía, tomando como origen un edificio conocido. Lo consigo fácilmente sabiendo que la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe está al nordeste de Chapultepec, siendo aquel edificio uno de los primeros que se conoce al llegar á México.
Al pie de la colina veo los dos acueductos mencionados en el capítulo anterior; al Norte, Atzcapatzalio y Tlalnepantla, sitios reales de pasados siglos; más allá, Tacuba, donde descansaron, rotos y vencidos, los tercios españoles, en aquella noche infausta, llamada la noche triste; al Sud, y al pie de unas colinas, Tacubaya, que es sitio de recreo donde las clases altas mexicanas han levantado suntuosas moradas de recreo, y al Oeste, el Panteón Dolores, cementerio inmenso, con su rotonda de Hombres ilustres, donde descansan, entre otros, los restos de Arista y Lerdo, presidentes que fueron de la República mexicana.
Volviendo los ojos al Este, desde un punto apropiado, veo la ciudad de aspecto algo parecido á Zacatecas, de algo que recuerda los pueblos del Asia menor, con sus azoteas y sus monumentos achatados, su aspecto blanquecino que no amortigua la nota pálida de los alrededores, porque prescindiendo de algunas huertas, muy pocas, que se ven junto á un pueblo que se llama San Ángel, de los árboles que adornan las calzadas de la Verónica y Chapultepec, la Alameda y el sitio en que estoy colocado, oasis delicioso de verdura y vegetación espléndida, lo demás tiene aire de desierto que va acentuándose camino de la Esperanza, entre México y Veracruz.
No percibo desde este punto más que algunas manchas verdes que se ven en dirección á los volcanes; pero todo induce á creer que son campos de agave que se crían para recoger la savia que, fermentada, da el pulque, delicia de los indios y aun de personas acomodadas del país.