El gran valle de México desde Chapultepec tiene para mí una fisonomía tristísima, y digo para mí, porque hay quien lo halla muy hermoso y tiene una verdadera pasión por aquella alta meseta mexicana. Cuando se lee en la geografía que los picachos volcánicos de Popocatepetl é Ixtaccihuatl están respectivamente á una altitud de 17,777 y 17,071 pies, equivalentes á 5,420 y 5,204 ms., la imaginación pinta en el cerebro gigantes prodigiosos que luego resultan tan pequeños, vistos desde México, que la ilusión se desvanece, recordando otras montañas menos elevadas, y que producen un efecto mucho más sorprendente. El secreto de este desengaño estriba en que la ciudad de México se halla situada á 2,400 metros sobre el nivel del mar, y como dista 50 millas, ó sean 80 kilómetros de los volcanes, á tan enorme distancia, el ángulo que se forma en la retina es pequeñísimo, viéndose tan altas cimas á escasa altura sobre el valle principal de la meseta mexicana.

El volcán, por otra parte, duerme desde 1802, y los humos sulfurosos no pueden verse á tan larga distancia. Aquellos picachos, cuando las nieblas no los esconden, presentan sus formas cónicas esbeltas, cubiertas de nieve desde los 14,000 pies de altura, siendo, según dicen, de fácil acceso, y bastando dos días para llegar á la boca del volcán, si se pernocta en el rancho de Tlamacas.

Dejo con pena el recinto de Chapultepec, tomo el tranvía y un buen almuerzo por un peso mexicano en el restaurant que hay enfrente del hotel Iturbide, y salgo inmediatamente para visitar el santuario de Guadalupe, patrona de México y dueña y señora de los pobres indios.

En el Zócalo hallo preparado el tranvía, lleno ya de indios envueltos en sus zarapes y rebozos, abrigados como si estuviera helando, que salió al poco rato lentamente, camino del santuario. Aquella concurrencia indígena brilla por su recogimiento; no se oye ni una palabra ni se nota un gesto, nada que denote la manifestación de una idea revelada en aquellas caras tristes y macilentas. A la media hora de haber salido de la ciudad y al revolver una calle, el coche entra en una plazoleta donde hay un modestísimo monumento dedicado al párroco de Dolores, á Hidalgo, el primer insurrecto en 1810 y hoy el primer mexicano. No tiene aquel monumento gran cosa que admirar, y aun figuróseme ver tantas telarañas en el bronce y tanta suciedad en el zócalo que parecióme debía ser tratado con más decoro el que dió la vida por la independencia de su patria. Entrar en el recinto del santuario y notar la fisonomía propia de nuestra tierra, es la primera revelación; después sustituya la fantasía á nuestras vendedoras de rosquillas, buñuelos, confites y frutas, por indios acurrucados que venden fríjoles, tortillas de maíz y quesadillas; procure cambiar nuestra vegetación algo raquítica por bananas y palmeras lozanas de verde intenso, y esto basta, porque en lo demás, en la arquitectura, en el corte del santuario y sus anexos, en el modo de construir, en el color local de sitios polvorientos, sucios, llenos de mendigos, no hay nada que variar, ni tilde, ni coma que poner, todo está allí en su punto; la vieja España ha calcado en Guadalupe sus viejos moldes y sus rancias costumbres. Lo primero que me ocurre es visitar una capillita que hay en la parte lateral del santuario, compuesto éste de dos iglesias y un jardín con un pórtico; junto á éste es donde están los que venden chucherías y recuerdos de Guadalupe. Y me voy á aquella capilla porque me parece un edificio arrancado de nuestras montañas, toscamente construído, con sus puertas reviejas, con una especie de surtidor en el vestíbulo, rodeado de una verja, y con un vaso de metal sujeto por una cadenita de hierro que usan los indios para beber el agua del manantial. En el santuario llaman á ese edificio la Capilla del pocito, que pozo de aguas ascendentes debe ser, donde van los indios á confortar su fe, creyendo que la virgen de Guadalupe, al aparecer al indio Juan Diego, hizo surgir del suelo el milagroso manantial.

La aparición de esta virgen en el suelo mexicano recuerda la de Lourdes en Francia. Juan Diego era un pobre indio convertido; un día, mejor dicho, un sábado, yendo á misa y atravesando la colina oyó que los ángeles cantaban, y presentósele una hermosa señora que le encargó fuera á ver al obispo y le dijera que la virgen quería tener un templo en el sitio en que se encontraba. Juan Diego cumplió el encargo, pero el obispo necesitó mayores garantías, y tras mucho ir y venir, la dama volvió á presentarse, dando al pobre indio un manojo de flores que puso en su tilma, flores que, al enseñarlas al obispo, desaparecieron para convertirse la tilma en cuadro, donde estaba pintada la virgen de Guadalupe que se venera hoy en el templo y santuario del mismo nombre. Excusado es decir que el obispo no opuso nuevos reparos, y que la iglesia se construyó hasta alcanzar los esplendores que ostenta actualmente. Al salir de la capilla del pocito, hallé enfrente la senda que conduce á otra capilla llamada del cerrito, y que ocupa el sitio en donde la virgen dió al indio Juan Diego las flores que pintaron la tilma que se venera en el templo principal. Antes de llegar á la cumbre, unas indias me ofrecieron la tierrita,—todo se pone allí en diminutivo,—que comen los fieles con veneración, tierra amasada con el agua del pocito y que me daban con la perspectiva de que comprara sus celebradas tortillas, producción nacional que dudo alcance la categoría de género de exportación.

La capilla del cerro no ofrece nada que merezca contarse: un altar mayor barroco, un púlpito pobrísimo, las paredes enlucidas con lechada de cal, los altares con santos de fisonomía indígena, y el suelo con losas funerarias, pintorescas muchas de ellas: «ella duerme», «desde que tú descansas nosotros padecemos», con nombres que recuerdan que España ha dejado allí, con sus creencias, su sangre y sus huesos, polvo fecundo que hará brotar allí, algún día, por ley de atavismo, los viejos amores á la metrópoli ausente. Al exterior, la vista de la ciudad, desteñida por el sol de la tarde que da á todo la fisonomía deslucida de una atmósfera llena de detritus humano; al Este el lago Textoco, de aguas blanquecinas, que recuerdan las del mar salado de las tierras mormonas, y al pie del santuario, que se reconstruye ó mejora, que no lo sé á ciencia cierta, que no tienen los mexicanos buena mano para dedicarla á restauraciones. Y no es que falte dinero para intentar allí, en el terreno religioso, grandes empresas. Un día, y en la capilla del cerrito, un cura dijo con sentido acento, con el acento dulce y florido de las lenguas tropicales, que la virgen no tenía corona digna de su excelsitud, y dirigiéndose á los indios les dijo que no les pedía nada, despojos sólo de lo que ya no les servía, sortijas de plata, hebillas, cadenas gastadas por el uso, migajas nada más de la vida corriente, y con aquellas migajas se recogieron 600,000 pesos mexicanos, arrancados á la piedad de los indios para enaltecer las gracias de la Virgen de Guadalupe.

Y esa piedad se manifiesta de manera tan sentida, hay en aquellas caras tanta unción que, macilentas y compungidas, parecen arrancadas de los cuadros de Juan de Juanes y del Greco. Sentado en la iglesia provisional donde se venera actualmente la patrona de México, observé largo tiempo un grupo compuesto de tres indios, padre, madre é hijo, al parecer, con un cirio encendido en la mano, puestos de rodillas, la mujer en medio de los otros dos, rezando en voz baja, el padre ya viejo con los ojos en blanco, el rostro demacrado, la tez amarillenta de pergamino, la madre con el rosario en la mano y la cabeza inclinada sobre el pecho, el hijo mirando fijamente la cara de la Virgen y quizás los reflejos dorados y plateados de aquel marco precioso que rodea la tilma de Juan Diego, convertida en imagen milagrosa; y cada vez que terminaba la plegaria, los tres pobres pecadores se arrastraban sobre sus rodillas avanzando camino del altar de la Virgen, mirando sin ver, atentos á aquella oración que Dios sabe hacia qué ideal se elevaría; y á aquel grupo seguían otros desdichados, inclinados, besando el suelo, con actitudes y semblantes sólo soñados por Ribera, al pintar aquellas carnes apocalípticas, maceradas por la penitencia, el ayuno y el remordimiento que se admiran en los principales museos del mundo.

Salí de aquella iglesia tristemente impresionado. La raza india convertida al cristianismo no ha comprendido aún todo el alcance de su conversión. El indio admira al Dios justiciero, rígido, severo, inflexible, inhumano quizá, que aun queda en su corazón algo de aquellos dioses paganos, crueles, airados, vengativos, cuyos sacerdotes sacrificaban seres humanos para domeñar sus iras, y no al Dios misericordioso, al Dios de amor de los cristianos, que perdona al arrepentido con un solo acto de contrición. Y las clases directoras mantienen á los indios en estado de menor edad, embrutecidos por el pulque que beben con glotonería infantil, sin renovar aquella sangre empobrecida, temiendo quizá el despertar de aquella raza que hoy sirve paciente á sus señores, como carne de cañón ó bestia de carga, raza que debía ser la dueña del territorio como descendiente de aquellos aztecas y tlascaltecas vencidos primero por Hernán Cortés y Alvarado, vencidos también ahora por hombres que reniegan de la sangre indígena, y que se avergüenzan de ella si la ven escrita en sus uñas, en su piel y en su fisonomía.