Washington
Mi querido lector: Si estás cansado de oir cantar las alabanzas de la Exposición de Chicago; si te repugna leer los detalles de la muerte de un hombre que pensó dar gloriosa tumba á la gran feria del mundo, y halla la suya abierta por la mano odiosa de un asesino horas antes del 30 de octubre; si te adolora contemplar como se enlazan y confunden en la Babel de las grandes ciudades americanas, la estruendosa fiesta que ilumina la ciencia con todos sus esplendores y la industria con todas sus riquezas, con el horror de trenes que chocan cada día produciendo víctimas sin cuento, de incendios que devoran edificios á centenares, de asesinatos aleves que buscan víctimas rodeadas de todos los prestigios: ven conmigo á tierras más tranquilas, donde el humo de las fábricas no emponzoña el aire que se respira, donde la agitación loca y febril del dollar no enloquece á los hombres, donde el sol brilla, y la atmósfera es transparente, el aire sano y la gente culta; ven conmigo á Washington, donde verás una ciudad que levanta monumentos á los mejores patriotas; el Capitolio, á la gloria más pura de la gran república norteamericana; modesto albergue, en la Casa-Blanca, al representante del pueblo, y á orillas del Potómac la tumba del Cincinato de la historia contemporánea, que abatió la soberbia británica y fundó con su alta sabiduría el edificio colosal, el Código de las libertades americanas que ha fecundado todas las energías desplegadas durante los últimos cien años, procurando, en tan corto espacio de tiempo, el desenvolvimiento más rápido y poderoso de una nacionalidad que registra la historia humana.
Washington, más que ciudad, es panteón colosal que glorifica á los dioses de la democracia americana; la estatua de Washington, sentado en silla curul, tronando como un dios pagano sobre las alturas del Capitolio, sintetiza en tres leyendas puestas en el zócalo del monumento, con sencillez espartana, toda su historia y toda su vida: «El primero en la paz», «El primero en la guerra», «El primero en el corazón de sus conciudadanos».
El que supo hallar nota tan justa, digno fué de sentir tanta grandeza.
Y como guardianes del Capitolio, altivos y arrogantes, los ungidos por el pueblo en el pórtico del gran monumento, las estatuas de Colón y las de Washington, Garfield... que han ocupado unos tras otros los puestos de honor como leaders, por no decir señores, de las muchedumbres americanas.
Pero no quiero, lector querido, que me sigas al través de las grandes avenidas de Washington, de sus hermosos parques cuajados de estatuas y monumentos, ni quiero que formes concepto conmigo, de las bellezas y los defectos del Capitolio, que tantos recuerdos de España y aun de Barcelona ostenta, del gran monumento que imita las agujas monolíticas de Egipto, de todo lo que encierra la Casa-Blanca, porque todo esto está ya descrito hasta la saciedad, y siendo probable que no daría con la nota justa, más vale que consultes autores de mayor y más justificado predicamento, contentándote con venir, en piadosa peregrinación, á la casa que habitó en Mount Vernon el fundador de la República, y á la tumba que dista pocos pasos del que fué, al parecer, dichoso hogar de la familia Washington.
Yo bien quisiera hacer este viaje entre pocos y aun silenciosos amigos; no se va, ni se puede ir á Mount Vernon, sin meditar, sin retrotraer á la vida toda la historia, todas las dotes de mando de un hombre que llenó de gloria las tierras americanas. Pero, no soy rico para fletar un vapor por mi cuenta, y he de contentarme con pagar cincuenta centavos para que The Maid of the Mist, la doncella de la niebla, me conduzca entre gentlemen y ladies de todas clases y categorías, á la Meca de la República de los Estados Unidos.
La mañana está fría y destemplada; el Potómac arrastra el limo de aguas torrenciales, producto de fuertes lluvias; los horizontes están cerrados y los pasajeros arrebujados en la toldilla, contemplan silenciosos las frondosas orillas del río. A las diez el vapor señala la salida, abandona la dársena y emprende la marcha, camino de Mount Vernon.