El marinero de guardia va anunciando á los pasajeros los puertos de parada, Alexandría, Port Foote, Fort Washington, Mount Vernon. La gente sale, se precipita á la pasarela, y el vapor retrocede y nos deja en la entrada del parque que rodea la casa que habitó Washington, después de haber renunciado todas sus grandezas para que vinieran hombres nuevos á continuar la historia de los Estados Unidos.
La niebla que nos persigue toda la mañana da á lo que nos rodea un aire de tristeza que convida á meditar. El parque se extiende en terreno suavemente ondulado, formando una colina que domina el silencioso Potómac, que, al deslizarse blandamente, parece respetar el sueño inmortal del héroe de la independencia norteamericana.
Árboles forestales plantados por la mano de Washington, pinos, robles, encinas, cipreses piramidales, árboles todos de hoja perenne, dan al conjunto la fisonomía triste de un cementerio. A pocos pasos del río, una estrechísima senda que sigue la cañada de un vallecito, elevándose rápidamente, guía á una pequeña meseta, donde se halla la modesta tumba de Washington y su mujer Martha.
El que pretenda hallar allí mármoles y bronces, leyendas fantásticas ó epitafios altisonantes, pierde lastimosamente el tiempo; una especie de capilla, que cubre una bóveda de cañón seguido, construída con toscos ladrillos recubiertos con lechada de cal y vermellón, dos tumbas de mármol blanco que los rigores del clima han manchado de tonos grises, el nombre del que descansa allí, esperando, según dice un versículo de la Biblia apuntado en el paramento que cierra el fondo de la capilla, que no morirán nunca los que creen, y una verja de hierro toscamente labrada, cuyas llaves fueron lanzadas al fondo del río, es cuanto constituye el monumento funerario de un hombre que sus contemporáneos creyeron que no cabría, tanta fué su gloria en la paz y en la guerra, bajo la bóveda portentosa del Capitolio de la capital de la república.
Fuera, y como satélites del gran astro, yacen los parientes de Washington, orgullosos aun en sus tumbas de pertenecer á la familia del gran ciudadano norteamericano.
Y cuando la turba que me acompaña silenciosa se cansa de contemplar aquellas tumbas modestas, llevando cada cual en su pensamiento, unos toda la historia de un pueblo, otros la sencilla visión de una grandeza extinguida, los más la idea de lo que no se comprende, algo así como música que recoge el viento, que acaricia nuestros sentidos sin dejarnos la huella de un pensamiento claramente definido, yo me quedo allí pensando si aquel hombre que había nacido para jefe de un pueblo, si aquella inteligencia poderosa que temía que los hijos de los ricos se corrompieran en Europa y adquirieran, entre cortesanos, sentimientos adversos á la república que él había fundado con sencillez espartana, se asustaría hoy del vuelo que alcanza aquí la corrupción, tan grande, tan cínica y tan consentida, que ostenta desvergonzada todas sus llagas, sin que haya siquiera una mano piadosa que cubra sus lacras con manto de misericordia. Aquel hombre que dejaba en su testamento una manda piadosa para fundar una Universidad donde la juventud aprendiera á amar una república austera hallaría hoy una sociedad que ama desenfrenadamente una sola cosa: el dollar, que alienta todas las pasiones y satisface todas las concupiscencias. Y Washington, que creyó ofrecer su modestia á América como un legado de paz y caridad, si resucitara creería que habían falseado su obra, permitiendo que entre ricos y pobres se levante la barrera infranqueable que trata de derribar la dinamita y que la corrupción cortesana había penetrado por todos los ámbitos de la república, contemplando un pueblo ávido de medallas, cintas y condecoraciones ridículas que parecen indicar tendencias marcadísimas á nacientes y aun mal definidas aristocracias.
Y es que no hay obra humana que no sea efímera, ni previsión que baste para fecundar las iniciativas y los desenvolvimientos de un pueblo, en sus evoluciones al través de las edades y los tiempos.
Se deja con pesar aquella tumba que enseña tantas cosas á los que la interrogan con buen sentido; y subiendo por suave cuesta, á pocos pasos se halla la casa de Washington, restaurada con amore por manos piadosas que han respetado con empeño su tradición, los recuerdos y las reliquias acumuladas, el color local de cuanto vivificó el genio poderoso del héroe de la independencia americana.
El estilo de aquella mansión, la decoración de las salas de fumar, conversación y música, donde apenas caben una docena de personas, el clavicordio la flauta, todo lo que constituía lo íntimo del hogar representa, en lujo y riqueza, lo que puede gastar en cualquier parte una fortuna modestísima. El cuarto donde murió Washington, la cama donde soñaría el héroe tantas grandezas para la patria, el sillón donde reclinó tantas veces su noble cabeza, se conservan como ejemplo de modestia y objeto de veneración.
Las paredes, museo vivo de las glorias americanas, los anaqueles, los libros de predilección, los cuadros de historia, los autógrafos en que llama amigos á sus subordinados, ofreciéndose como su humilde servidor, los recuerdos de Lafayette, de los compañeros de armas que bajo su mando tutelar alcanzaron tanta gloria, todo está allí reunido para que las generaciones del presente y del porvenir desfilen con la cabeza inclinada ante uno de los prestigios más puros, más desinteresados y nobles de la historia del mundo.