En México ya no quedan más que reliquias de aquella tragedia: Juárez llegó al término de su carrera colmado de honores, vencedor de cuantos enemigos halló en el camino de su accidentada existencia; Miramón y Mexía, los leales al emperador, ocupan puesto de honor en el panteón de hombres ilustres; Maximiliano sólo dejó en México los tristes despojos de su cautiverio y los más tristes aun de una soberanía colmada de zozobras y peligros... y Carlota, la desdichada esposa, aun busca, en sus horas de extravío, lo que sólo vive en su corazón, hasta donde no puede llegar con sus odios, para enredarla en la tupida malla de sus raíces, la planta maldita de la política.
Cansado de seguir el calvario de una historia que los años convertirán en leyenda, y de ver iglesias y catedrales, plazas y calles estrechas, monótonas y descoloridas en las ciudades mexicanas, ansío volver á la capital, arreglar mi equipaje y abandonar las altas mesetas de Nueva España, para ver pronto las tierras doradas de los trópicos, con sus bosques famosos, sus chozas, sus pájaros y sus flores, tierras pródigas en sirenas encantadoras que esconden en su seno fecundo la fiebre terrible, compañera inseparable de la muerte.
De México á Veracruz
Ordeno mis ideas, concentro mi pensamiento y rasgo cuartilla tras cuartilla sin hallar la nota justa que exprese aquí con la vehemencia requerida el placer, el goce intensísimo experimentado en la travesía de la capital mexicana á la ciudad llamada por Cortés Santa Vera Cruz. Requiere esta narración el empleo de colores que no hallo en mi pobre paleta; exige esta impresión, que vivirá perpetuamente en mi memoria, talento que no tengo, estilo sobrio, que no necesita forma galana la expresión exacta de aquel espectáculo grandioso, corrección de líneas que den al cuadro, aire, luz y perspectiva, conjunto deleitoso que veo, con los ojos entornados, ávidos aun de aquel placer tan hondamente sentido que ha dejado en mi cerebro la sensación intensa de una belleza que no hay pluma ni pincel que pueda abarcarla en su conjunto, que quien fuera capaz de expresarla haría obra digna de un dios.
La imaginación que sobreexcita una narración brillante es el enemigo mayor del que viaja; porque acontece con frecuencia que todo lo pensado con líneas holgadas resulta pobre, lo de tonos vivos, descolorido; donde creyó hallarse una sacudida nerviosa el espíritu no despierta ni concibe, resultando empobrecido, para la imaginación ardiente, lo que fantaseó la descripción colorista de un escritor de raza. Sólo en casos excepcionales, la realidad va más allá de lo pintado y sugerido; que la naturaleza al vestirse con todas sus galas, muéstrase genio inimitable, que no ha nacido aún el hombre que ha de hallar en su paleta los innumerables tonos y los brillantes colores con que la luz matiza las tierras, las plantas y los animales de los climas tropicales.
Salgo á las siete y media de la mañana de la capital de la república; vuelvo á saludar á la Virgen de Guadalupe, patrona de México; echo una rápida ojeada á las aguas descoloridas del lago Texcoco, y á medida que me voy acercando á la Esperanza, estación situada en la divisoria de la alta meseta mexicana, los campos de agave van multiplicándose, el arenal va invadiendo las tierras, arenal que parece formado de polvo diorítico finísimo, levantado por la velocidad del tren y que llena los vagones formando nube, donde apenas puede respirarse, como si la duna se moviera á impulsos del huracán y amenazara sepultar bajo su oleaje estéril, aquella manifestación de una civilización nueva que pretende dominar el desierto, él que no respetó jamás á la caravana en días de tempestad, abrasándola con sus arenas ardientes, y sepultándola con sus fuerzas de gigante. Y dominando aquel cuadro, se levanta el Orizaba y el Malintzi con sus nieves eternas, enorme cono, el primero, centinela del Atlántico, que contempla ansioso el navegante en el proceloso golfo de México, buscando en su silueta, oscurecida por la niebla, ó limpia y pura proyectándose en el cielo, la predicción del tiempo, que de aquellas altitudes inmensas baja airado el viento Norte que levanta olas de tempestad, pone en grave peligro las embarcaciones ancladas en el puerto de Veracruz, hace inabordables las costas de la península de Yucatán, y corriendo los barcos la borrasca en alta mar, moviéndose entre bajos, estrechos y playas, se estrellan muchas veces en la costa, impotentes ante la fuerza colosal del Norte, de aquel gradiente barométrico, salto inmenso que va de los altos neveros del Orizaba á las tierras bajas y ardientes del golfo mexicano.