El viajero, cansado de ver campos de magüey y de respirar un aire que se masca, sediento, cubierto el traje de arena, con los ojos secos é irritados, llega por fin á la estación de Esperanza, confiando también en que ha puesto término á la parte menos interesante de la travesía, y que en el restaurant hallará medio de refrescar sus ojos y su garganta, y reparar las fuerzas perdidas, en hora ya apropiada para hacer un almuerzo copioso.
Las mesas se llenan de viajeros; la comida, servida por gente del país, sin ser un modelo del arte culinario, se acepta sin repugnancia, y dispuestos ya á saborear las delicias del paisaje, en cuanto arranca el tren agrúpanse los viajeros en la parte derecha del vagón porque el gran espectáculo, la bajada hasta Córdoba y Orizaba, en plena zona tropical, empieza inmediatamente con gran contentamiento de los ojos, ávidos de contemplar aquella serie de cuadros que se transforma en cada revuelta del camino, sin que sea posible pararse cuando se pide á gritos calma para saborear aquel paraíso lleno de aire purísimo y de luz intensa como no habrá visto jamás el que sólo ha vivido en los campos y los bosques de los climas templados, donde la primavera es tan fugaz como la dicha humana, mientras allí, y en las altitudes medias, las brisas de primavera mantienen la juventud de la vida en todos los seres, remozándose en aquellos campos perpetuamente regados, bañados en aquel sol y aquel aire que llena de flores y pájaros las selvas y los bosques, dando á las plantas tonos de color tan brillante y tan intenso, tan variado y tan hermoso, que no se concibe ya que pueda haberlos más hermosos, ni aun en los mundos siderales, que la imaginación ¡pobre imaginación humana! se pierde en la contemplación de aquel paisaje que soñó tantas veces al leer la descripción de los bosques tropicales.
Al dejar la estación de Esperanza la transformación es tan rápida como el cambio de una decoración teatral. A las tierras y los arenales de las altas mesetas mexicanas, al trazado monótono de la línea férrea sentada sobre borrosa llanura, al campo plantado de magüey, á la choza india de paralelepípedos de adobe de color de tierra sucio, al aire transparente y suave de las grandes altitudes, suceden tierras fuertes y mantillosas, sobre las que parecen haber pasado, dejando allí sus despojos, las llamaradas de un incendio, la vía que dibuja con sus sutiles contornos una obra de ingeniería portentosa, el bosque con sus pinares propios aun de climas templados en las partes altas y sus plantas de la tierra caliente en las medias y bajas de la cordillera; la choza prismática, primitiva, cubierta de bambú, sentada con arcilla, albergue de las razas indias descendientes de las que descubrieron los primeros pobladores, y las oleadas de nubes y nieblas que suben del Atlántico, lamiendo aquellas tierras calcinadas y regando aquellas flores y plantas atosigadas por sed insaciable. Y en aquel inmenso escenario, la vista se pierde, sin saber qué partido tomar, si dedicar la atención á un trazado de ferrocarril, único en el mundo, en que los trenes parecen despeñarse, atravesando túneles y puentes, muy superior á cuanto he visto en el paso de los Alleghenies, Rocky Mountains, Sierra Nevada y en muchas comarcas europeas, ó si fijarla únicamente en aquellos paisajes donde crecen confundidos el plátano y la piña, los nopales y las palmeras, los naranjos y los limoneros, la caña de azúcar y el café, formando bosques tupidos llenos de flores de colores vivísimos, con festones de orquídeas, con chozas escondidas á la sombra de árboles colosales, regado todo por aguas abundantes, derretidas en los flancos del pico de Orizaba, mientras el tren desciende rápidamente formando zig-zag con curvas de corto radio, apoyándose constantemente en la caja abierta en la roca de acantiladas vertientes.
Desde grande altura se ve ya la estación de Maltrata, situada en el fondo del valle alto, sobre pequeña planicie que debió ser, en otras edades, fondo de un lago, y más tarde se atraviesa el valle llamado La Joya hasta entrar en la estación de Orizaba, en pleno país tropical. La estación presenta á la llegada del tren un verdadero cuadro de costumbres. Los negros, casi desnudos, ofrecen á los viajeros flores y frutas, abundando las naranjas, los plátanos y las chirimoyas, llamadas en el país la fruta de los ángeles; los indios, con sus trajes de colores vivísimos; los mestizos, con su piel de color cetrino y sus ojazos soñadores; la estación, rodeada de árboles frondosísimos y arbustos de flores grandes y hermosas; la población, dominada por la iglesia, recordando los pueblecitos escondidos en las hondonadas de las sierras andaluzas, y todo ello animado por la vibración nerviosa de la raza de los trópicos, gritando, sacudiendo á los que vienen y van con la cordialidad sentida de sangre de raza latina, inoculada por los conquistadores en las venas de la raza indiana.
El tren sale, y la gente grita aún, y agita los pañuelos, mientras el extranjero vuelve á gozar con ansia de aquel espectáculo que no llega á saciarle, y pasan las estaciones, y se cruzan arroyos rumorosos, mientras la tarde va cayendo y las nieblas arrastrándose por los picachos, bajan por las vertientes dando sombras de melancolía á aquellos espléndidos paisajes que recuerdan los tiempos bíblicos, paraísos encantados, poblados por los primeros hombres de que nos hablan los libros santos y las santas escrituras. Y ya á últimas horas de la tarde, cuando se inicia el crepúsculo que anticipa la niebla que corona las alturas, el espectáculo colorista de la estación de Orizaba se reproduce en la de Córdoba, con la mezcla de razas y la orgía de colores, de frutos y flores, de zarapes y rebozos, de hombres blancos, negros y amarillos, como si aquella tierra fecunda fuera capaz, ella sola, de vaciar en sus moldes, al calor del sol tropical, la concreción pasmosa de todos los reinos de la naturaleza, formados allí como centro vital para esparcirse luego por todo el haz de la tierra.
Salgo de Córdoba y el crepúsculo va amortiguando lentamente la tensión de mi espíritu, sostenida largo tiempo por una excitación nerviosa de goces intensísimos; y como fin de fiesta, al entrar el convoy en una garganta estrechísima, de vertientes arboladas, de tonos obscuros que acrecientan turbonadas de niebla de colores blancos y pardos que rasgan las sombras del monte, aparecen de repente como cuadro final la cascada de Atoyac, formando vistosas caídas y estrepitosos remolinos que animan aquel paisaje solitario, lamiendo los pies de frondosos bosques tropicales. Desde allí, recorrido el Paso del Macho, el país de los portentos con sus bosques y sus arroyos, sus pueblos y sus razas, se desvanece como un sueño; el tren atraviesa rápido la llanura de Veracruz, árida y triste, tan triste como el pensar del viajero que, dejando á la espalda un paraíso, teme hallar traidora muerte en las calles de la ciudad que se considera patria y cuna de la desoladora fiebre amarilla.
Anochecido ya, los compañeros de viaje resumen sus impresiones, y antes de llegar á la estación se calcula la mejor manera de pasar la noche en la temida ciudad de Veracruz.
En el vagón que me ha tocado en suerte va un fraile italiano, una familia mexicana y dos muchachos de Córdoba que van á pasar unos días de asueto en la Habana.
El fraile italiano me incita á embarcarme en seguida, si el viento norte, tan temible en el puerto de Veracruz, lo permite; acepto su consejo, y después de cenar en un hotel de la ciudad, nos vamos al puerto, poco menos que á tientas, y sin saber dónde vamos, ni quién nos dirige. El miedo á la fiebre nos hace cometer una verdadera calaverada, fiándonos de un botero que no sabemos quien es, cerrada la noche, sin más luz que el fulgor de las estrellas, ni más conocimiento de nuestro destino que el nombre del trasatlántico español que ha de zarpar del puerto al día siguiente, con rumbo á la Habana.