Mientras el «María Cristina» arría sus escaleras y cierra sus escotillas, doy la última mirada al San Juan de Ulúa, tan desmantelado y pobre como otros castillos que todos conocemos, retrotrayendo á mi memoria los recuerdos que guarda en su recinto; y el buque empieza á mover su hélice poderosa y á luchar con la mar de proa al principio y de costado más tarde, que ha de mantenerse constantemente en su travesía de Veracruz á la Habana. El trasatlántico español se mantiene gallardamente sobre el mar embravecido; al cuarto de hora de navegar, el pasaje recobra su tranquilidad al ver cómo lucha el coloso contra el mar con ventaja, y cómo, á pesar del viento y el oleaje, el «María Cristina» anda con bastante rapidez y sin que los balanceos fatiguen excesivamente á los atribulados pasajeros. La travesía no fué afortunada; fatigónos el norte constantemente y el pasaje se mareó hasta el estrecho de la Florida. En tres días se atraviesa el golfo de México y puede llegarse sin dificultad desde Veracruz á la Habana con tres singladuras. Nosotros pusimos cuatro, y no pudimos decir que perdiéramos el tiempo.

No estuvo, pues, agradable la travesía, ni puedo contar este viaje entre los llamados de recreo. Cinco personas acudíamos sólo á la mesa de primera, y aun no todos los días pudimos resistir hasta el fin los balanceos del «María Cristina». De los cinco, uno era un fraile italiano que iba á Bilbao, para partir, á los pocos días de llegar á España, en dirección á Chile; otro, era un mexicano que acompañaba á dos hermanas suyas á la Habana; los tres restantes, dos mexicanos de Córdoba y yo, íbamos á la capital de Cuba por recreo y curiosidad. Cito estas personas, que recuerdo como si las estuviera viendo, porque están relacionadas con un acontecimiento que me causó en la Habana una impresión dolorosísima.

El fraile italiano tenía un miedo terrible al vómito y su mayor pena consistía en tener que pasar cuatro días en la Habana, esperando la salida del vapor; el mexicano que acompañaba á sus hermanas, tenía la constante preocupación del mismo mal, y sólo los dos chicos de Córdoba, que no tenían más allá de 25 años cada uno, contaban, con placer, las horas que faltaban para llegar á Cuba, donde confiaban pasar unas cuantas semanas de recreo en la Chorrera y los sitios más reputados de la isla por sus placeres y atractivos. No teníamos á bordo noticias ciertas del estado sanitario de la grande Antilla; se sabía que el año había sido rudo y que la fiebre había atacado fuertemente en la Florida, en las costas del Pacífico y el Atlántico de México, en Cuba y Puerto Rico, lo mismo á los extranjeros que á los hijos del país; pero, estando ya avanzada la estación, á mediados de noviembre, los más recelosos creían que el peligro en Cuba debía ser remoto y que era probable librar bien del contagio.

Los compañeros de Córdoba, acostumbrados á vivir en la zona rayana á la fiebre, no parecían preocuparse ni parar mientes en lo que decíamos; llegamos á la Habana, cada cual tomó su camino y aquellos muchachos, guiados por algunos compatriotas suyos que viven en Cuba, empezaron la vida regalada que imaginaron, contentos y alegres, en los sonrientes campos del valle de Orizaba.

A los ocho días de estar en la Habana y cuando ya me convencí de que había cometido una imprudencia, leyendo un periódico de la localidad supe que uno de los dos muchachos de Córdoba acababa de morir de un ataque fulminante de fiebre amarilla. En el mismo diario leí en seguida: «la fiebre ha tenido este mes un aumento de consideración», no ignorando allí nadie que habían muerto algunos pasajeros que acababan de llegar á la Habana en el «Alfonso XII», procedentes de la península, y produciendo entre los novatos una alarma que no sabíamos disimular.

Después de cuatro días de navegación, la isla de Cuba empezó á dibujarse en el horizonte. Uno de los objetos de mis ansias estaba ya á la vista; pude dar la vuelta al mundo, y preferí visitar nuestras Antillas y estudiar sobre aquella tierra candente las múltiples cuestiones que la agitan y devoran. Los montes de la isla fueron creciendo á mi vista, como si salieran lentamente del fondo de los mares, y á las nueve de la mañana, en día de luz intensa, dorando el sol aquellas tierras y caseríos, centelleando en las aguas tranquilas los rayos de luz ardiente, el «María Cristina» atravesó la boca de la bahía, entre el castillo del Morro y el castillo de la Punta, mientras un corneta tocaba la marcha real española con ansias, sin duda, de saludar el pabellón de la patria, arbolado en los mástiles del trasatlántico.

Los pasajeros del «María Cristina» contemplaban ávidamente el puerto de la Habana, de cuyo tráfico se cuentan maravillas; y vimos aparecer, en primer término, los buques de la escuadrilla española; en el fondo y amarrados á los muelles algunos vapores nacionales y extranjeros; y cruzar la bahía los ferryboats á la americana, con sus máquinas de balancín, moviéndose lentamente, para transportar pasajeros y mercancías á Puerto Real, camino de Guanabacoa y Matanzas. Los muelles se desarrollan siguiendo las inflexiones de tierra firme, y á lo largo de los mismos vense acumuladas las mercancías, azúcar, café, ron, frutas, en tinglados de escasa cabida y corte anticuado, que no responden á la riqueza y fama del comercio de un puerto de primera clase, y de la ciudad más rica y famosa del archipiélago antillano.

No sé si la impresión que me causó la bahía de la Habana corresponde á la realidad de las cosas; parecióme, en primer término, escasamente concurrida; ni el número ni la calidad de los buques anclados en el puerto respondían á la idea que me había formado del tráfico de la Habana, y digo que no ha de ser justa la impresión recibida, porque llegué á la isla en plena crisis, pocos meses después de la suspensión de pagos del Banco Español de la Habana, y cuando el stock de azúcar en almacén era tan formidable que bastaba él solo para explicar la paralización de todas las fuerzas vivas de la isla.

El desembarco efectuóse rápidamente; multitud de barcos, tripulados por negros, en su mayor parte, ofrecía á los pasajeros cómodo vehículo para saltar á tierra. Los botes de la bahía, cubiertos con toldo de lona que preserva á los viajeros de los rayos solares, llevan los bultos á la Aduana, donde se molesta muy poco á los que declaran estar exentos del pago de derechos, siendo todo el mundo tratado allí por los funcionarios del ramo con exquisita cortesía. Un coche de plaza, que no ofrece cosa alguna que merezca contarse, cruzando plazas y calles, condújome por la de O’Reilly al Parque, donde está emplazado mi albergue llamado Hotel de Inglaterra.

Acostumbrado á los hoteles de la América del Norte, me avengo con dificultad á la indumentaria de mi habitación, situada en un patio central, sin luz directa, pobremente amueblada, mal oliente y... muy cara, tan cara como pudiera serlo un cuarto de primer orden en un hotel de primera clase. Recapitulo, pues, mis impresiones habaneras, mientras hago un bout de toilette, y no resultan lisonjeras. Sospecho que, al ir del puerto á la fonda, he atravesado una buena parte de la ciudad, la más nueva quizá, y la policía municipal resulta estar tan atrasada que es difícil ver una ciudad más sucia, más pobre y más toscamente empedrada que la Habana.