Y ya que he citado el Cerro y el Vedado, centros de veraneo de los habaneros, algo he de apuntar aquí, aunque no tenga, especialmente el Cerro, fisonomía propia que lo distinga de otras calles excéntricas de la capital de Cuba, como no sea por su caserío más suntuoso y sus jardines tropicales, donde reside ó mejor residía la sociedad más selecta de aquella ciudad, y se daban fiestas brillantísimas, cuando el dinero abundaba y decía la gente que la Habana era una de las ciudades más ricas del mundo. Quizá la fisonomía borrosa de hoy, en calle no muy ancha, polvorienta y llena de baches, cuyo eje sigue un tranvía de coches reviejos y descoloridos, lanzando los vehículos que la cruzan oleadas de polvo que dan á las fachadas, ya descascarilladas, apariencias de pobreza y suciedad, presentaba entonces signos de mayor grandeza, grandeza que hoy se oculta en el fondo de las quintas y en los jardines verdaderamente espléndidos, en que la palmera real y el cocotero alzan sus troncos y sus palmas por encima de las azoteas, como muestra de la fecundidad asombrosa del suelo y el clima de la grande antilla española. Una visita hecha á una familia habanera distinguidísima que habita en el Cerro, me permitió echar una rápida ojeada al interior de aquellas casas.
Tiene la fachada fisonomía italiana, algo que recuerda las casas de Pompeya reconstruídas; breve pórtico facilita el paso á un vestíbulo grande, limpio, que sirve de entrada á las habitaciones y de cochera, que alineados están allí tres carruajes, cubiertos y enfundados. El criado, que va en mangas de camisa, me guía á una de las habitaciones que da al jardín, y como la señora no me espera ni me conoce, me da tiempo para escudriñar la estructura de la casa, de habitaciones espléndidas por su holgura y limpieza; techos elevadísimos que enseñan sin reparo sus cabrios desnudos de madera finísima, con sus bovedillas enlucidas como las paredes, blanco todo y reluciente, contrastando con el verde intenso de las persianas que cubren todas las aberturas, dejando al aire del jardín ancho espacio para circular por las habitaciones amuebladas con sillas y sillones de rejilla, cómodos, ligeros, apropiados al clima, adornadas las paredes con grandes cuadros de afamados pintores, abundando los muebles de maderas ricas, patrimonio de los bosques cubanos; cómodas, armarios, anaqueles, marcos ostentosos de espejos biselados, pero pegado todo á las paredes, sin consentir que el aire halle en las habitaciones obstáculos para circular libremente, y dando al conjunto una fisonomía un tanto fría para los que estamos acostumbrados á ver salones alfombrados, cuajados de muebles, con sillas y sillones tapizados, abundando los contornos suaves, redondos, blandos, que constituyen una base de confort completamente distinta de la indumentaria propia de los climas tropicales.
Terminada la visita, echo una rápida ojeada al barrio, y mientras espero el tranvía que me ha de conducir al hotel, por casualidad topo con una pareja de negros, un Tenorio y una Menegilda que sin preocuparse de mi venida, entablan el más interesante coloquio.
Es difícil dar con un negro más asqueroso: bajo, rechoncho, con la cara pustulosa; ella, fea también, sucia, mal vestida, con la cara sebosa y reluciente que adornan labios carnosos, violáceos y profundamente agrietados.
La chica se dolía de que se atreviera á pararla un hombre que no conocía; el negrito no parecía preocuparse de los lamentos de la joven y bastaron pocos segundos para desarrollar, con frase brevísima, su atrevido pensamiento. Ella no se dejaba convencer, la faltaba la presentación previa: «pero hombre, si yo no le conozco á usted... ¡usted qué se figura! ¿acaso me detengo yo con el primero que pase por la calle?... vaya usted á trabajar, hombre, vaya usted á trabajar...»; y él, apurado ya, respondió: «pero, mujer, ¿cómo es posible que no sienta usted lo que siento yo por usted, si me estoy muriendo por usted?» y los ojos del negrito relucían como carbones encendidos, sin poderse convencer de que las ansias que sentía no lograran vencer los rigores de aquella Venus que había inspirado pasión tan honda al atrevido mancebo. La negrita, contrariada, aguantaba á pie firme la rociada amorosa; el Tenorio no parecía haber agotado sus argumentos, y como el tranvía no había de esperar la terminación de aquella escena idílica para continuar su carrera, allí quedó mi pareja amartelada, terminando el prólogo de la comedia ó drama amoroso.
Tampoco deben buscarse, en la capital de Cuba, edificios arquitectónicos suntuosos, catedrales de traza holgada, iglesias ricamente decoradas, edificios públicos elegantes, jardines grandes y bien dispuestos, porque se perdería lastimosamente el tiempo.
La Habana no tiene la pretensión de ser una ciudad monumental; todo lo que hay en ella notable se ha de estudiar en su historia y en su trabajo, historia que es la de la patria española, como suyo es el desenvolvimiento de su riqueza que hemos arrancado con nuestros brazos y nuestra inteligencia del suelo cubano.
Pero hay en el recinto de la ciudad páginas tan hermosas de nuestra historia, que sería desdén criminal pasar por la Habana sin leerlas.