Descansan en su catedral las cenizas del hombre que escribió la página más gloriosa y más pura de la historia de la humanidad.
En modestísima plaza porticada, cuyo nombre no recuerdo, mirando á la calle de Empedrado, levántase, sobre breve escalinata, la catedral de la Habana. Su fachada gótico-latina de piedra sillar ennegrecida, en cuyos paramentos y entre columnas pareadas hanse abierto desnudas hornacinas; flanqueada por dos torres de escasa altura, con ancha y holgada puerta central y dos laterales más pequeñas y simétricas, dan al conjunto un aire de pobreza que recuerda las iglesias de los antiguos conventos españoles. No presentan mayor grandeza las naves en su traza y sus alzados; las líneas correctas de sus arcos y columnas resultan frías, los altares pobres, nada hay allí que distraiga la atención de un modesto mausoleo que lleva al pie esta leyenda:
«¡Oh restos é imagen del grande Colón!
Mil siglos durad guardados en la urna,
Y en la remembranza de nuestra Nación.»
mirando al altar mayor y á la izquierda del presbiterio, un retrato orlado sostenido por una especie de zócalo en que están esculpidos anclas, cables, y un reloj de arena en que se apoya la leyenda, es cuanto recuerda al viajero que allí, según dicen, descansan las cenizas del gran Almirante, cuya grandeza no cabe en el mundo.
Allí estuve largo tiempo contemplando aquella urna funeraria que guarda los despojos de nuestra gloria más pura, recordando nuestra larga historia colonial, nuestras conquistas, nuestros héroes, sombras y penumbras del pasado, manchas de un sol que no se apagará mientras el mundo exista, dejando en el espacio la estela luminosa de las leyendas españolas. Y ante aquellas cenizas venerandas, mi frente inclinóse reverente, que después de Cristo, no ha cabido á ningún sér humano más alto destino, ni misión más santa, que Colón trajo al mundo, en su cerebro, la semilla de nuevas civilizaciones cuyo desenvolvimiento vasto y fecundo no es capaz de abarcarlo, en su conjunto, el entendimiento humano. Y al ver allí una corona, que una augusta dama española dejó al pie de aquel mausoleo, y las banderas y estandartes de la flotilla de carabelas que vista de lejanos mundos debía parecer fantástico espejismo que reproducía, al cabo de cuatro siglos, aquella epopeya gloriosa de Colón y los Pinzones flotando aún sus imágenes imborrables sobre las olas del mar, yo no puedo pensar, sin desfallecimiento de espíritu, qué pecados de raza se cometieron en México, en Chile, en el Perú, en las Indias del Oeste para que nuestro dominio de aquellas inmensas tierras se convirtiera en causa primera de nuestra decadencia, mientras triunfan y prosperan pueblos que han aportado al Nuevo Mundo ideas de exterminio, de usurpación, que fusilan sin compasión al indígena, al que embrutecen primero, para herirlo con mano más segura después, persiguiéndolo á muerte hasta las praderas y los arenales más remotos de los desiertos americanos.
La ley de Indias que amparaba con cristiano anhelo al indígena, que respetaba sus tierras, sus mujeres y sus hijos, contra las demasías, las soberbias y las ambiciones del colono, no logró respetos de naciones que deberían inclinar su cabeza ante nuestra raza humana y colonizadora. Y cuando vi tanta gloria iluminada sólo por la luz filtrada por mezquino ventanal, y vino á mi memoria el Capitolio majestuoso de Washington, con sus cúpulas soberbias, y la tumba de Juárez, la catedral, y los palacios de México, y recordé las fiestas colombinas en que España, la patria del gran descubridor, hizo modestísimo papel, mi espíritu no supo hallar la razón de tantas tristezas, y mi corazón y mi sangre se rebelaron contra las injusticias de los hombres y las crueldades del destino.
De aquel vasto imperio colonial en América, no nos queda ya más que Cuba y Puerto-Rico, dos joyas valiosísimas de aquella corona ceñida durante tres siglos por los Reyes de España, y que no la tendrá ya igual ningún potentado de la tierra; y si por ley fatal de la suerte hemos de perderlas también, si no hemos de aprender jamás, ya que sabemos conquistarlas y civilizarlas, como se administran las colonias, no consintamos siquiera que los restos de Colón, si están allí realmente, se pierdan también para España, mostrando así al mundo que podemos perderlo todo menos el amor á la tradición y á las glorias de la patria.