Salí de la catedral con la pesadumbre de las grandezas extinguidas, de algo que vibra en el cerebro ardiente y poderoso, y se apaga inclemente en el frío del medio en que se habita cuando nada responde á los entusiasmos de la vida. Y al ir camino de la Plaza de Armas, al terminar la calle del Obispo, doy con un alegre square, lleno de flores, plantas y palmeras tropicales, rodeando una estatua de Fernando VII que distrae mi atención, harto entretenida con tristes recuerdos, y en él hallo el palacio del Gobernador general, vasto edificio de arquitectura moderna, con bajos porticados y arcos de medio punto, cuyos machones, adornados con pilastras rematadas con sencillísimos capiteles que sostienen larguísimo balcón que vuela sobre la plaza, y á su vez sirve de base á modestas columnas sobre las que va un friso sencillo rematado por un reloj de torre.
Frente al palacio un templete histórico atrae la vista del viajero, templete erigido á la memoria de Colón por ser el sitio donde se celebró por vez primera en la isla de Cuba el santo sacrificio de la misa.
En 1519 una ceiba arrogante ocupaba el sitio del templete, y á su sombra erigióse el primer altar á Dios, invocado por Colón al tomar posesión del continente americano. Su arquitectura nada recuerda. El autor de la obra no supo dar al monumento el sabor de la época y de la localidad; quizá más que un edificio mezquino habría sido natural perpetuar la ceiba, continuar la tradición, buscar algo en la arquitectura mexicana, en la choza india, ¿qué sé yo? algo que no fuera un edificio banal y pobre arrancado al arte europeo. Me limito, pues, á recordar el bronce que perpetúa fechas y crónicas de la historia del descubrimiento, cuya leyenda dice así:
«Reinando el Señor Don Fernando VII, siendo Presidente y Gobernador don Francisco Dionisio Vives.
La fidelísima Habana, religiosa y pacífica, erigió este sencillo monumento decorando el sitio donde el año 1519 se celebró la primera misa y cabildo; el Obispo don Juan José Díaz de Espada solemnizó el mismo Augusto Sacrificio el día 9 de marzo de 1598.»
Y al acabar de leer lo que acabo de apuntar, sin querer, me pregunto qué hacen allí los nombres del Rey don Fernando y del Gobernador don Francisco Dionisio Vives, personas muy respetables ciertamente, pero que quitan carácter de época al recuerdo y que nada tienen que ver con el descubrimiento de América, siendo verdaderamente sensible que haya personas que busquen notoriedad á la sombra augusta de la historia y que, las generaciones que las suceden, consientan este tormento á los que vamos á visitar lugares sagrados, llevando en el corazón el piadoso recuerdo de los azares, las luchas, las alegrías y las tristezas de la patria.
Y como el día no fué afortunado, hallando en todas partes motivos de tristeza, apunto aquí, para que todo responda á mi humor endiablado, recordando aquel bronce que da á la Habana el dictado de pacífica, los siguientes datos que me comunica un amigo, conocedor de las condiciones de la ciudad bajo el punto de vista de su seguridad y defensa.