Rodean la Habana una serie de fuertes, unos que protegen la entrada de la bahía, y son el castillo del Morro y el castillo de la Punta, que cruzan sus fuegos y hacen sumamente peligroso el paso de la boca del puerto á una flota enemiga. Defiende también la bahía el fuerte de La Cabaña, que puede estar guarnecido por cuatro mil hombres.
Las baterías de La Cabaña y La Pastora, con su batería de los Doce Apóstoles, están armadas con 245 cañones, emplazados á flor de tierra y con arreglo á las necesidades de la táctica moderna.
Al Este de la ciudad y á una milla de la misma está el fuerte núm. 4, y al sudoeste la Torre de Cogimar. Bastan, según opinión de los inteligentes, los 650 cañones emplazados en varios fuertes y especialmente en el del Morro, La Cabaña y los fuertes del Príncipe y de Santo Domingo de Atarés para arrasar la ciudad en muy pocas horas, mientras las baterías de la Pastora y la de los Doce Apóstoles mantendrían en respeto los fuegos de una flota enemiga. Los fuertes de San Nazario, de la Plaza, Santa Clara, La Chorrera y la Torre de Banes completan un circuito de hierro, que no responde á la idea de aquella lápida, y que recuerda, en cambio, revueltas pasadas, guerras civiles, odios de raza, ambiciones mal refrenadas, futuras complicaciones internacionales, un mundo de problemas que deberían madurar, con su estudio y resolución, nuestros hombres de Estado, infundiendo á nuestro pueblo ideales nuevos, conceptos claros del estado social y político en que vivimos, algo de la realidad obscurecida tras falaces políticas y derechos engañosos, enseñándole, á la vez que los derechos, el deber de ser justos, fuertes, sobrios y respetables. Si así lo hiciéramos, los cañones del castillo del Morro y La Cabaña serían sólo signos de soberanía, que la integridad de la patria estaría sólidamente asegurada con el amor á la Metrópoli de nuestros hermanos de Cuba.
Los edificios públicos de la Habana
Ingrato sería si olvidara la hospitalidad cubana. Hallé en la Habana tanta consideración y tanto afecto, amistad tan cariñosa y cuidado tan exquisito, tanta solicitud para que no enfermara y tan buen consejo para evitar posibles contagios, que parecíame vivir en familia, entre hermanos queridos, ansiosos de mostrarme su consideración y su afecto. Y no se crea que se pecara allí de exageración que empalaga y de timidez del que ignora, que no hubo escondrijo que se me ocultara, ni aun los de carácter macabre, en hospitales y escuelas, en cementerios y morgue que no cabía en las distinguidas personas que me acompañaban, catedráticos de la Universidad de la Habana y de la Escuela de medicina, doctores de fama y médicos del hospital de Nuestra Señora de las Mercedes, miedos irreflexivos; atentos sólo á mostrar al forastero como se cultiva la ciencia en la Habana y se procura ensalzar el nombre de España en las colonias.
La visita á la Universidad procuróme la honra de ser presentado al señor Rector y á los señores Decanos de las facultades allí establecidas, quejosos de la falta de un buen edificio y de museos y colecciones dignos de la capital de Cuba. Yo no sé si aquel caserón fué convento, pero lo que sí se ve, á primera vista, es la falta de condiciones que tiene para servir de centro docente, en la ciudad más importante y rica del archipiélago antillano. Y lo peor es que cuantos esfuerzos y gastos se hagan para mejorar aquel edificio goteroso, presentando al aire libre sus cuchillos de armadura de formas enrevesadas antiquísimas, sus aulas pequeñas y obscuras, sus museos pobres y mal acondicionados, será dinero tirado, sino se empieza por derribar todo lo existente, y levantar, con recursos copiosos, lo que ha de ser la mejor gala del elemento inteligente é ilustrado de la Habana.