No puedo recordar sin terror el anejo de la cátedra ó sala de autopsias de la Escuela de Medicina; ancha mesa de mármol rodeada de extensa gradería de madera, cubierto todo por una armadura de tirantes, pendolones, y riostras de viejos moldes, entrando por ella luz vivísima, en aquel lugar de tristezas, donde la ciencia busca los secretos de la vida en la obra obscura y miserable de la muerte, constituyen la sala donde se aprende como funcionan las vísceras del cuerpo humano, vencidas en la lucha por la existencia, traidora y tristemente. Y al salir de allí, en estrecha alacena de madera blanca, formando doble anaquel, tendidos, con los miembros entumecidos, los cuerpos rapados, la cabeza afeitada, obra de navaja tosca, que profana sin escrúpulo ni misericordia, dos cadáveres desnudos yacían en aquel antro, el de un negro y el de un blanco, esperando la acción irreverente del bisturí que diseca, de la ciencia que analiza, de la mano inhábil que aprende en carne muerta las palpitaciones, el funcionamiento, y el equilibrio de la vida.

Fácil sería pintar aquí, disecar también con la pluma lo que vi y tengo aún grabado en la memoria, como si aquellos cuerpos rígidos, aquellas muecas horribles, aquellos coágulos de sangre, hubieran dejado en mi cerebro la fotografía imborrable, con todas sus manchas y colores, de la espantosa obra de la muerte.

Aquella terrible visión necesitaba un momento de descanso, y aunque parezca extraño, halléle consolador y efectivo en el hospital de Nuestra Señora de las Mercedes. Situado en los extremos de la ciudad, en sitio elevado, hermoso, que domina el campo y el poblado, aquella mansión, más que lugar de dolor parece quinta de inválidos donde hallan refugio y amor los ancianos y los desvalidos.

El catalán halla en aquella santa casa el espíritu de la patria pequeña informando todo el servicio del hospital. Las hermanas son catalanas y como tales dignas hijas de la patria del trabajo y del amor al prójimo. No he visto en parte alguna hospital más limpio y más hermoso, formado de pabellones independientes, con grandes aberturas, por donde entra el aire aromatizado de los jardines y patios, vasto arsenal de aire puro, constantemente renovado, que oxida todas las impurezas sin dejar rastro en parte alguna de mal olor y suciedad.

La botica es un local lujoso, vasto y limpio; la iglesia sencilla y elegante; la cocina grande, repleta de comestibles de primera calidad, capaz para un servicio intensivo; los jardines están llenos de árboles, arbustos y flores hábilmente distribuídos, la luz entra en todas partes alegrando aquella mansión de tristezas, y el personal, orgulloso de contribuir á obra tan santa, cuida á los enfermos con cariño fraternal.

También pasó por allí la ciencia médica con todos sus refinamientos: el enfermo deja en la puerta su ropa inficionada, que pasa á la estufa, adquiere ropa limpia y propia de un enfermo, y al salir vuelve á hallar su traje limpio y aseado en el compartimiento correspondiente, después de haber tomado baños y duchas, si los ha menester, en local apropiado y provisto de los aparatos hidroterápicos pregonados por la higiene y adoptados por la ciencia.

El que visita aquel hospital no puede impresionarse: sus corredores anchos y ventilados, su aire puro, la luz dando á todas las habitaciones tonos de alegría, los árboles y las flores que saludan al enfermo desde los patios acariciados por la brisa del Atlántico, no dejan al espíritu tiempo ni vagar para que ahonde en las tristezas de aquellos seres que estoy viendo aún; y entre ellos: mísero convaleciente de fiebre amarilla arrancado á la muerte en hora de crisis tremenda, triste maníaco de luenga barba, cabeza de estudio de viejo que lleva en su cráneo esculpidas huellas de hondas desdichas; mujer que la fiebre atosiga y sueña quizá con vida próspera y dichosa; tísico que muere lentamente entre flores que ilumina el sol ardiente de los trópicos... ¿qué sé yo? seres que la caridad ampara, la ciencia estudia y la religión consuela, qué habrá difícilmente para aquellos desgraciados mayor lenitivo y alegría que el que proporciona al enfermo y al desvalido el hospital modelo de la Habana.

Del hospital al cementerio el tránsito no ha de parecer estrafalario, y sin cuidarnos de dar largo rodeo por camino de travesía, en pocos minutos me guían mis buenos amigos al cementerio nuevo de la Habana.

El sol ya declina cuando llegamos al pórtico ostentoso que da acceso á aquella ciudad de los muertos, llena de monumentos, de estatuas, de cruces, de epitafios... recuerdos de familias, de catástrofes, de odios políticos, de la gran masa anónima que sólo ampara la cruz augusta extendiendo sus brazos amorosos sobre blancos y negros, sobre pecadores y justos, ricos y pobres, iguales todos en el seno de la muerte.

El cementerio de la Habana contiene páginas tristísimas de nuestra historia colonial; una sola, la más cruenta, borra de mi memoria el recuerdo de los bomberos que murieron heroicamente en un incendio horroroso perpetuado en un mausoleo digno del patriotismo y la piedad del pueblo cubano, y me fijo únicamente en el monumento que los estudiantes habaneros dedicaron á los niños fusilados, en hora inclemente, por haber profanado la tumba de un español, el periodista Castañón, asesinado alevosamente en New-York por un insurrecto cubano.