Si fuera posible arrancar del libro que narra las luchas de la guerra civil en Cuba la página de aquellas horas de frenesí patriótico, si aquellas piedras que conmemoran un hecho que llorarán siempre amargamente españoles y cubanos, pudieran transformarse en monumento de perdón en que cupieran los nombres de vencedores y vencidos, glorificados todos por el valor ostentado y el sacrificio de la sangre derramada en ambos campos, la humanidad entera podría regocijarse de un olvido que cuadra bien al temperamento cristiano y caballeroso de españoles y cubanos.
Yo de mí sé decir que salí de aquel cementerio hondamente afligido, hallando en mi corazón igual acogida víctimas y matadores; y rogando á Dios que ilumine á los pueblos y les preserve de los arrebatos de las pasiones que dejan en el corazón y la conciencia huellas amargas, que sólo suaviza el cumplimiento del deber patrio hondamente sentido y con justicia realizado.
Al salir del cementerio, el crepúsculo vespertino da al campo cubano un verde intenso, obscuro, radiando oleadas de aire caliente, de olores extraños que no logran distraer mi atención entristecida. A los pocos minutos atravesamos el paseo de Jesús del Monte, lleno de tranvías y carruajes, pasamos por delante de la Pila de la India, que domina un hermoso boulevard, y entramos ya en el Parque, en hora regocijada, cuando la población sale á respirar la brisa del mar, y se confunden en el jardín todas las razas y todos los colores, dominando, tronando con sus atractivos, la criolla y la mulata, frutos hermosos de la grande Antilla española.
En el Parque, punto céntrico de la ciudad, y junto al hotel de Inglaterra, tiene el comercio de la Habana establecida la central de bomberos. Montan constantemente la guardia, en la puerta principal, dos caballos tordos, de raza percherona, robustos, relucientes, rellenos del tejido adiposo que cría una alimentación sana y una vida tranquila y sosegada, colocados simétricamente al eje de la bomba de vapor, dispuesta siempre á acudir con rapidez al punto incendiado.
La bomba de vapor, de tonos encarnados, con su chimenea metálica de líneas elegantes, su hogar cargado y dispuesto para aumentar la tensión del vapor en la caldera, siempre calentada por medio de una manga que pone en comunicación la caldera de la central con la de la bomba, los collares suspendidos y colocados á ambos lados de la lanza del carro, los caballos ya enjaezados y dispuestos, la vigilancia incesante y exquisita, todo revela el cuidado y la previsión con que se atiende en la Habana el servicio de incendios terribles como en parte alguna, por la condición de los edificios, la naturaleza de las mercancías de fácil combustión y gran riqueza almacenadas en los muelles y depósitos comerciales, y la frecuencia de vientos huracanados que en días de incendio podrían causar la ruina de la Habana.
El servicio de señales, las bombas de vapor y de mano, las herramientas y los utensilios, las camillas y los botiquines, imitación, ó mejor, reproducción del material empleado en los Estados Unidos, no puede ser más perfecto, siendo para los jefes y encargados de las maniobras motivo de singular complacencia, el enseñar á los forasteros una de las joyas más preciadas del servicio público habanero.
Acompañóme á la central el médico de los bomberos, don Antonio de Gordón, hallando allí una acogida tan simpática y cortés que no es para olvidada. En pocos segundos púsose la central en movimiento, simulóse la señal de incendio, agitáronse los caballos de guardia, soltáronse automáticamente los ronzales, colocáronse los caballos, amaestrados en esta maniobra y sin instigación alguna, al pie de la lanza, cayeron los collares suspendidos sobre aquellos animales y cogió el cochero las bridas; bastando trece segundos para salir la bomba con todo el material y personal necesario y acudir al sitio en que estallara el incendio simulado.
Con el aturdimiento que produce la agitación y el desplazamiento de los caballos, la sonería en vibración, el personal ocupando sus puestos, aquel desorden, ordenado en tan pocos segundos, produce el efecto de la instantaneidad, pareciendo imposible que pueda evitarse el atropello de los muchachos que contemplan embobados una maniobra tan repetida en la puerta de la central, y que produce el efecto deslumbrador de todo lo aparatoso y adornado con colores vivos y brillantes.
Enseñóseme el material prolijamente, la división de la ciudad en cuarteles, los empalmes eléctricos con los centros de alarma, el esquema de señales y una multitud de cosas, vistas con ojos de profano, pero curiosas, nimias, interesantes, como todo lo que guía directamente á la perfección de un servicio humanitario que entusiasma á tantas gentes hasta sacrificar la vida por la existencia de un desconocido, por la hacienda que no rinde beneficio, en nombre todo de un deber voluntariamente contraído y de la caridad noblemente ejercitada.