No recuerdo quién paga al lector, si el dueño de la fábrica ó los torcedores, que distraen algún tanto la monotonía de su trabajo, puramente manual, con las descripciones románticas ó realistas de los novelistas favoritos. Lo que sí se ve claramente es que los obreros aceptan con gusto esta intervención de la literatura en sus faenas diarias.
El lector, á juzgar por los que he oído, no se distingue por su fácil y prosódica expresión, y si ha hecho profesión de tal, ó el oficio es difícil ó el estudio resulta deficiente. Habla despacio y claro, levanta mucho la voz, pero las narraciones resultan descoloridas y las acentuaciones y los incisos mal apuntados. La verdad es que, á juzgar por el papel que representa, más que lector resulta pararrayos, que en tiempo de la guerra separatista, y aun posteriormente, en aquellas cuadras donde el elemento peninsular se codea con el mestizo, y el español de pura raza con el insurrecto presunto, se acumulaba tanta electricidad y se fraguaban tan pavorosas tormentas, que el silencio, interrumpido sólo por el lector, pareció á tirios y troyanos, á patronos y obreros un procedimiento apropiado para templar opiniones que pasaban fácilmente de los labios á las manos, de los argumentos á la cuchilla, convirtiéndose el fecundo campo del trabajo en semillero de odios en que germinaba potente la guerra civil.
El lector, con sus descripciones, distrae la atención del obrero, evita discusiones, mantiene amistades, alcanzándose con poco dinero, si no la paz que exige del espíritu mayores estímulos, siquiera tregua y descanso.
En la fábrica «La Corona», que es la que mejor he visto en la Habana, hay instalada la confección de cigarrillos con una serie de máquinas sumamente ingeniosas que con rapidez, perfección y economía, preparan, al día, una cantidad fabulosa de cajetillas.
No tuve tiempo para estudiar detenidamente esta industria; una rápida ojeada no basta para ahondar en lo que es algo difícil y complicado, y para no exponerme á decir cosas vagas é inciertas, vale más añadir, como término de este artículo, algunas notas estadísticas que darán idea de la importancia que tiene en el mundo la industria tabacalera de Cuba.
En la Habana se cuentan unos cien fabricantes de tabaco, y, entre ellos, hay quince casas reputadas como las primeras entre las mejores.
La hoja superior, única, la que da al tabaco cubano su reputación es la de Vuelta de Abajo, cuya cuenca tiene una extensión calculada de 240 leguas cuadradas. Esta hermosa y riquísima región produce unos 750 kilogramos de hoja fina por hectárea, mientras producen sólo unos 400 kilos por hectárea las otras comarcas, lo que supone un rendimiento de un 10 por 100 sobrepujado grandemente en Vuelta de Abajo.
El suelo de Cuba, ligeramente arenoso, suelto, fresco y muy rico, y su clima, se prestan admirablemente al cultivo de las mejores especies de tabaco. El valle de Güines da el mejor rapé, la cuenca del río San Sebastián la hoja mejor para cigarrillos, y en Consolación, San Cristóbal, Guanajay y Holguín hojas de varias clases, que suelen mezclarse para disminuir su fuerza excesiva.
La Habana produce anualmente unos 200 millones de cigarros, y la isla consume, con ayuda de los torcedores, que tienen una afición grandísima al producto que elaboran, por valor de 25 millones de pesetas.
En tabacos y cigarrillos, en un país en que fuman los hombres, las mujeres y los niños, ¿quién es capaz de calcular la cantidad de hoja consumida?