Importa ante todo formar concepto de la preparación de la hoja que llega á la Habana, formando paquetes de un octavo de metro cúbico aproximadamente, que entran en almacén, y se amontonan en un recinto, sin ventilación alguna, mediante una clasificación previa, en que la procedencia tiene un interés de primer orden. Para los que no estamos acostumbrados á la atmósfera que se forma en un almacén de tabaco en rama, la respiración es tan difícil que la primera impresión es de asfixia, de algo que se agarra á la garganta, irrita la tráquea y comprime los bronquios, poco dispuestos á sufrir aquellas emanaciones acres en que parece dominar un alcaloide. Pasada la primera alarma, los pulmones van tranquilizándose, y la circulación se restablece, aunque esté poco satisfecha, respirando aquel aire que dicen ser antiséptico, y enemigo resuelto del cólera y la fiebre.

En los paquetes que van arrollados á la corteza de la palma real ó cocotero, que no estoy seguro de este detalle, se ha cuidado ya de que la hoja forme manojos, dispuestos de manera que no pierda la homogeneidad, textura y humedad necesaria para conservar su finura, sólo comparable á la piel de cabritilla más suave y delicada.

Antes de que la hoja pase del almacén á la mesa del operario ha de entrar en la cámara de fermentación, encerrándola á granel en toneles de madera, abiertos por sus extremos, donde humedeciéndola con un poco de agua salitrosa se calienta lentamente, sufriendo una fermentación que parece tener por objeto principal neutralizar, algún tanto, la acción de la nicotina, veneno activísimo que estraga y embota el paladar, poco apto entonces para apreciar los aromas delicados, y los principios esenciales del tabaco de buena hoja.

La hoja, una vez fermentada, sufre una verdadera fiscalización, en la mesa de aquel operador de que hice mención en anteriores párrafos, haciendo ante todo una gran división que consiste en separar la hoja de tripa de la hoja de capa, la que resulta picada, manchada ó excesivamente nerviosa, de la que no tiene tara alguna, mancha ó agujero, que resulta suavísima á la mano, que se pliega con facilidad como si fuera y es realmente untuosa al tacto, variando sólo en el color que ha de resultar, sin embargo, homogéneo, y evitar que lagartee, ó lo que es lo mismo, que expuesto el tabaco á la luz se decolore en unas partes para formar veteados extraños, que el comprador desecha, convencido de que aquel cambio de tonos es resultado de una modificación intrínseca, que resulta en menoscabo de la calidad del producto.

Hecha la clasificación por calidades y dimensiones, procede el reparto, entregándose á los operarios, llamados torcedores, la cantidad de hoja de tripa y capa que necesitan para elaborar el tabaco, de clase única, que se confía á su habilidad.

Téngase en cuenta, por lo que al tabaco habano se refiere, que tanto la tripa como la capa proceden de hoja cultivada en Cuba, teniendo los fabricantes de aquella Antilla el buen sentido de no consentir, en este concepto, ni en otro alguno que ataña á la buena calidad del producto, la menor adulteración. Los dueños de las fábricas vigilan constantemente la primera materia y la mano de obra, dando así un ejemplo que no deberían perder de vista los que saben cómo se ha perdido el crédito de nuestros vinos en los mercados del centro y del sur de América, y qué daño inmenso se ocasiona al país cuando la codicia nos ciega y la inmoralidad nos ahoga.

Los torcedores ocupan unas mesitas bajas, colocadas en fila, que recuerdan las mesas de los niños en las escuelas de primera enseñanza. La separación de mesas, en cuadras de regulares dimensiones, es la que prescribe el movimiento holgado del obrero, y la superficie de la tabla de las mismas, la que exige el montón de tripa colocado en la parte izquierda, el manojo de hoja de capa en la derecha, y la cuchilla afilada y limpia, al alcance siempre de la mano del obrero, en el centro.

El torcedor, sentado en una silla, no muy alta, y con los tres elementos citados en el párrafo anterior, sobre la mesa que tiene enfrente, empieza por extender la hoja de capa sobre una superficie lisa, valiéndose del canto de la cuchilla; en seguida, con su parte afilada, corta los rebordes inferiores de la hoja y toda la parte que sobresale de los nervios, de modo que el limbo se acerque lo más posible á un plano, á una hoja de papel finísimo, sin granos, nervios, ni solución de continuidad y, una vez conseguido, suelta el torcedor la cuchilla, coge un pedazo de tripa, hoja de buena calidad, pero que no tiene el color, la homogeneidad, la finura y sobre todo la continuidad de tejido, que agujerea muchas veces algún insecto y requiere la buena hoja de capa y lo coloca encima de ésta, lo comprime con las dos manos, formando aproximadamente un cilindro y luego con un golpe de mano habilísimo arrolla la capa á la tripa, quedando ésta completamente cubierta y de modo tal que los dos extremos del tabaco, uno se afila con los dedos y se sujeta la parte de hoja suelta con un poco de saliva, y el otro, se corta con la cuchilla, formando un plano normal al eje del tabaco.

La operación es tan corta y rápida, tan hábil y segura, dando al tabaco una forma tan regular, que supone en la mano que la ejecuta una flexibilidad inteligente, ya que con un solo golpe se consigue dar, al conjunto, forma abultada en el centro, cilíndrica en el extremo y afilada ó cónica en el opuesto. Los dueños de las fábricas se complacen en enseñar esta operación á los forasteros que adivinan la difícil facilidad de ejecutarla bien y holgadamente, en mucho menos tiempo del que he necesitado para describirla.

Los torcedores trabajan en silencio y escuchan con suma atención á un lector que ocupa el centro de la cuadra encima de un entarimado que domina la altura media de las mesas.