No corresponde el interior á lo que, visto desde fuera, parece cuadra abandonada de un edificio industrial de pocos medros. En cuanto se entra en la sala de dinamos, recuérdase enseguida la limpieza, el orden, la pulcritud, la habilidad característica de la raza yankee. Todo brilla allí, atestiguando la prosperidad y un servicio bien organizado, las máquinas de vapor de no sé cuantas expansiones, con su marcha silenciosa y acompasada, las dinamos con sus pasmosas rotaciones y sus corrientes nacidas misteriosamente en aquella ordenada masa de hilos metálicos, sugestionada por la acción de un poderoso imán que van á encender los carbones filiformes de lámparas incandescentes, situadas á largas distancias, donde se acumula el calor, por miles de grados, ante la resistencia que les opone una frágil y apenas perceptible línea de substancia carbonizada, ó los carbones cónicos de arco voltaico separados por tenue capa de aire que resulta para la corriente resistencia enorme, vencida acumulando en reducido espacio un foco portentoso de calor que adornan todos los colores de una luz que se descompone en mil matices, y que deslumbra como si fuera un pedazo de materia arrancado del sol.

¡Misterios de la ciencia que, sabiendo tanto, no ha logrado aun arrojar de su seno el empirismo, como no ha logrado el sol limpiar sus manchas, ni ha conseguido el hombre desarraigar de su mente el misterio, que nos sale al paso á cada instante, proclamando nuestra ignorancia y nuestra mísera condición!

La visita hecha á la planta eléctrica fué sumamente entretenida; un subjefe norte americano, encargado de la maniobra diaria, mostró grande empeño en que viera, con todos sus detalles, el montaje, la disposición, el reparto de las dinamos con relación á los barrios de la ciudad, el desarrollo que ha ido teniendo el alumbrado eléctrico en la Habana, y una porción de detalles muy ingeniosos que no serían una novedad para los iniciados en estos estudios, y que resultarían enojosos para los profanos. No insisto, pues, en esta descripción como no sea para decir que la electricidad tiene en la Habana fervientes admiradores, y que es posible alcance, en breve, gran desarrollo en la vialidad y en la pequeña industria, como lo ha alcanzado ya como elemento de iluminación en las calles, las casas y los edificios públicos más notables de la ciudad.

Y antes de describir lo más interesante, sin duda alguna, de la industria habanera, por su riqueza, su trascendencia y su colorido local: «la fábrica de tabacos», permítame el lector, aunque sea desviando por completo el curso de sus ideas, y dando un salto en el orden de los asuntos tratados, pero ajustándome á lo contingente de la vida, que, en su curso diario, pasa incesante de lo serio á lo jovial, y de lo trascendente á lo fútil, como corre un río en las horas del día tan pronto sobre lecho blando y de suave pendiente, como sobre accidentado asiento que transforma el agua pura y cristalina en espumas y airadas corrientes, en cataratas que rugen y rompientes que amenazan, así he de pasar ahora de lo serio y hondo de la enseñanza que es agua fecunda, y de la electricidad que es luz, calor y fuerza que espanta, á una escena pintoresca, de color tan singular, que ya querría verla en un cuadro de pintor colorista, capaz de sentir en su cerebro todas las vibraciones de la luz ardiente y poderosa de los trópicos para trasladarla, con el aliento del genio, á la tela que admite el tono, el color, la perspectiva, el movimiento, el aire, todas las condensaciones de la realidad arrancadas al arte del dibujo y la pintura por el artista de raza. Escena que aún contemplo gozoso con los ojos entornados, y que tropiezo con ella después de ver los portentos de la ciencia en la planta eléctrica, y los adelantos de la industria en la fábrica de yute y henequen, cuando las calles, iluminadas artificialmente, cerrado ya el crepúsculo y engalanadas con guirnaldas de flores y cadenas de papel están llenas de bote en bote, esperando una procesión de negros, devotos del arcángel San Rafael que llevan en andas, con alegría infantil, formando un conjunto abigarrado de hombres, mujeres y niños, con sus trajes de días de fiesta, multicolores, brillantes, limpios, más brillantes y limpios cuando se proyectan sobre aquellas caras sebosas, relucientes, de fisonomía variadísima, que no me canso de mirar, llevando cirios encendidos y ramos de flores, pero sin que nadie consiga poner orden en aquella masa que reza, canta y ríe, contenta de ser admirada y lucir sus mejores preseas; cuando estallan de repente las luces de bengala que abrillantan el cuadro con sus colores rojos y verdes, encendiendo todas aquellas fisonomías con tonos indescriptibles y formas apocalípticas, extrañas é inconcebibles. Y aquel arcángel que sonríe, con su cara afeminada, con su tez blanca y sonrosada, cubierto el busto de flores y joyas, sostenido por aquellas manos negras de piel rugosa y la atención de ojos que centellean en el fondo de órbitas horrendas, los pobres negros que murmuran oraciones dirigidas á aquel sér de raza distinta que les mira compasivo, forman, en realidad, un contraste que me domina, y sigo aquella procesión sin cansarme de admirar aquel extraño y abigarrado conjunto, creyendo que me hallo en el continente negro, en aquella Abisinia cristiana, á miles de millas de la realidad, donde esos espectáculos han de ser frecuentes y revestir formas tan raras como las que me proporcionó la Habana negra aquella noche, mostrándome una escena que ha quedado grabada en mi imaginación con caracteres tan hondos y tan brillantes, que los juzgo imborrables é imperecederos en mi memoria.

Los fabricantes de azúcar tienen montados sus artefactos en los campos de Cuba; los que tuercen tabaco tienen sus manufacturas en la ciudad de la Habana.

No me interesaba gran cosa el cultivo de la caña y la fabricación de azúcar, que puede estudiarse en muchos ingenios de la península y especialmente en los alrededores de Málaga, donde tuve ocasión, hace ya muchos años, de examinar tan interesante industria; por otra parte, en los ingenios, la máquina y la química dominan, en absoluto, el procedimiento; en las manufacturas del tabaco, la inteligencia y la habilidad del obrero constituyen la esencia de una de las industrias más ricas del mundo.

Y como estaba ya tan fatigado de ver en los Estados Unidos la supremacía de la máquina sobre la inteligencia y la habilidad del obrero, como la máquina resulta ya invasora hasta llegar al embrutecimiento de los encargados, no de dirigirla, sino de manejarla y auxiliarla, convirtiéndose el obrero en obediente y sumiso servidor de la materia inerte, al entrar en las cuadras de las manufacturas de tabacos, en donde el obrero pone toda su inteligencia y la habilidad de sus manos á beneficio de un poderoso instrumento de trabajo, que en vez de atrofiar el cerebro y los brazos aguza el entendimiento y afina la voluntad, parece que el espíritu halla allí más dilatados horizontes, algo que encarna mejor en la naturaleza humana, que la máquina pone frente á frente dos terribles desigualdades, tan hondas como invencibles: la del ingeniero, que ha llegado á vencer tantas resistencias y acumular tantas combinaciones que pasman, presentando al mundo una obra digna del cerebro humano, obra de la reflexión y del estudio, y la del obrero, incapaz de comprender el fundamento ideal, la fórmula sintética, el esquema de líneas matemáticas, la serie de coeficientes cuya intervención habilísima ha producido el mecanismo, y que, no siendo capaz de comprenderlo, vese reducido á la triste condición de esclavo de aquella inteligencia tan grande que impone al ignorante, sin quererlo, la triste esclavitud del trabajo inconsciente.

En las manufacturas de tabaco, el asombro toma una dirección más humana y consoladora; veo en una mesa una cantidad enorme de hoja curada y dispuesta para su clasificación, y un obrero inteligentísimo, formado al calor de un aprendizaje largo y fecundo, que las va amontonando, pero con tanta precisión, rapidez y cuidado, con mira á una clasificación tan larga y enrevesada, con objetos tan múltiples, teniendo siempre á la vista la serie de tabacos de clases, formas y condiciones variadísimas, que ha de satisfacer las exigencias de mercados, de gustos y necesidades distintas, que la separación de tan gran número de hojas, que apenas logra distinguir el profano, supone dos cosas que no podrá conseguir jamás la máquina, que aquella selección tan fina habrá de ser siempre obra de la inteligencia humana y su labor objeto que asegure á la mano de obra el porvenir, casi siempre incierto, para el proletariado que dedica hoy sus brazos á la industria.

Pero no he de adelantar ideas, si no he de introducir confusión en cuanto voy á decir, respecto á la industria tabacalera.