Cómo dudar de la buena fe y del sincero españolismo de muchos hombres que militan en las filas del reformismo, que durante la guerra separatista han dado á la patria española su sangre y sus riquezas, que contribuyen con su trabajo y su inteligencia al enaltecimiento de España en Cuba y que, sin embargo, intentan recabar de la Metrópoli, y lo intentan con una energía y un entusiasmo que da mucho que pensar, el establecimiento de la Diputación provincial única que habría de parecerse á una Cámara, sin facultades legislativas, ciertamente, pero establecida en la Habana, centralizadora, bajo el punto de vista de la isla, pero con atribuciones descentralizadoras, con respecto á la Metrópoli; Cámara que dominada, algún día, por los separatistas, podría ser una verdadera Convención de donde surgiría con la elocuencia propia de la raza tropical, el incendio pavoroso de nueva guerra civil, convirtiéndose rápidamente en legisladora, en Poder ejecutivo, en dueña y señora de la isla, como representante del sufragio popular, y ejecutora de sus decretos y resoluciones. Y como no he de creer que ese peligro lo desconozcan los españoles que patrocinan de buena fe el pensamiento, al adoptarlo en un período de tiempo realmente pavoroso para la isla, cuando el Banco Español suspendió los pagos, el azúcar estaba depreciado y la mano de obra envilecida por las tarifas del bill Mac-Kinley, que protegían la importación de tabaco en rama á los Estados Unidos é imponían crecidísimos derechos al tabaco torcido; claro es que la idea dominante, la preocupación obsesiva fué la de mejorar la situación económica de Cuba, buscando medios efectivos y prácticos de ponerse en buenas relaciones con el mejor mercado de la isla, el que consume el 90 por 100 de su stock de azúcar, el que compra frutas tropicales por valor de cinco millones anuales de dollars, el que importa millones y millones de hoja de tabaco en rama para convertirlo en tabaco torcido, aprovechando su Virginia, Kentucky, etc., para tripa y la hoja cubana para capa; mercado inmenso, de 64 millones de habitantes que se llama Estados Unidos. Y como las colonias no hallan en la Metrópoli mercado bueno y seguro, como algunas veces resultan sacrificadas á los intereses peninsulares, la Diputación única, formando un núcleo vigoroso, y, hablando claramente, imponiéndose, si llegara el caso, en las cuestiones económicas, procuraría lentamente alcanzar la autonomía económica, precursora, mal que les pese á los patrocinadores del reformismo, de la autonomía política y social.

A este estado de cosas nos ha conducido el malestar económico de la isla de Cuba, á este estado, peligrosísimo por las simpatías que despierta, los lazos que ata y las relaciones que estrecha con los Estados Unidos, poco decididos, hoy por hoy, á salvar el estrecho de la Florida con ansias de conquista, que bastante faena tienen hoy en su casa, para ocuparse en la ajena; á este estado hemos llegado, lleno de peligros más ó menos remotos que no consiguen despertar la atención de nuestros hombres de Estado, para que se convenzan de que los vínculos de la sangre no son bastante fuertes para asegurar el amor de los pueblos, cuando falta el pan de cada día y la ruina resulta ser la triste compensación de sacrificios hechos recientemente en sangre, inteligencia y dinero en nombre de la patria.

Los ñañigos y los bandoleros de los campos de Cuba no son más que signos de los tiempos; si el ñañiguismo retoña y el bandolerismo crece, es que el trabajo no cunde, la plantación no rinde, la zafra no produce, y estos sumandos tienen para los españoles de Cuba una traducción pavorosa: la de que la Metrópoli no sabe amparar los intereses de sus hijos, en cuyos corazones se debilita el amor que sienten, porque no los protege ni consuela. Mientras el ejército tiene fe en la pericia de los generales que han de guiarle en el combate, la victoria es casi segura; si esta fe que salva y alienta se pierde, el enemigo tiene la mitad del camino andado para vencer al que, desmoralizado, entra ya rendido en la contienda.

Pues bien, y aunque sea doloroso decirlo, los españoles de Cuba han perdido la fe en los hombres que nos gobiernan, y temen que no han de saber hallar jamás,—por falta de estudio y conocimiento de los intereses coloniales, por creerlos, en varias ocasiones, en pugna con los de la Península ó por causas que no menciono, que de sobra están tantas tristezas en la conciencia pública,—el procedimiento salvador de una política sabia, patriótica y sobre todo que dé paz á los espíritus y prosperidad al comercio y á la industria cubana.

Y ante esta incertidumbre, los que tienen en la isla su patrimonio y su familia, los que se ven cada día amenazados por el elemento díscolo, perturbador, ambicioso que tiene puesto ojo avizor en las desdichas de la Metrópoli que alienta la idea separatista, juzgan quizá meritorio aflojar los vínculos que les unen á la patria común, por temor de que nuestros desaciertos los rompan traidora y bruscamente, pensando que ya ha llegado la hora de que busquen protección en sus propias fuerzas y recursos, si los gobiernos de España nada han de hacer en su provecho y pretenden ignorar eternamente lo que ellos tienen aprendido de memoria, aunque no sea más que para dar la razón á los que opinan que sabe más el loco en su casa que el cuerdo en la ajena, y que, si la ruina cundiera en los campos de Cuba, sin la ayuda del elemento insular, todos los tesoros y toda la sangre de España no bastarían para sostener nuestra soberanía en el mar de las Antillas.

¿Tienen razón en este modo de pensar los reformistas? En realidad, la nueva fórmula política revela, en mi concepto, desesperación y cansancio; es la fórmula hallada para reunir los descontentos de varios partidos que aportarán masas al nuevo, pero que no matarán aspiración alguna. La fórmula resulta tan vaga, que puede acoger bajo su ancha bandera todas las hipocresías, y el autonomista y separatista cabrán en el reformismo como cabe el áspid en el pecho generoso que le da calor y abrigo.

Muy difícil es averiguar el término de lo que es protesta viva del elemento español contra la inmoralidad y los desaciertos de la Metrópoli, protesta que aviva la crisis padecida y no curada, el bandolerismo, el ñañiguismo, la cuestión monetaria virilmente sostenida, y el deseo de recobrar la tranquilidad perdida, haciendo fructíferas las conquistas del trabajo y de la paz.

Y como todo se enlaza en este período de desventuras, Cuba, que no espera casi nada de nuestro mercado, lo espera casi todo de los Estados Unidos, que por la vía de Tampa importa sus más valiosas frutas, y con sus grandes vapores, y en cinco días, transporta á New-York sus azúcares, su café y su tabaco, pendientes hoy y en entredicho de la solución salvadora de la rebaja de tarifas, acordada ya ó casi acordada en las Cámaras de Washington, sugestionadas virilmente por la política personal, personalísima, mal que les pese á nuestros republicanos, del Presidente Cleveland, que impone su veto con una frecuencia que valdría la pena de ser meditada por los soberanos constitucionales de Europa.

Y como creo dejar consignados aquí los verdaderos peligros que amenazan hoy nuestra integridad, yo que no soy hombre de Estado, pero sí vehemente patriota, al dar la voz de alarma, sólo me resta pedir á Dios que nos ilumine y salve la integridad de la patria.