MATANZAS

La Cueva de Bellamar y el valle de Yumurí

Te convido hoy, lector, á una excursión deliciosa. Es necesario madrugar un poco, atravesar la bahía cuando el sol pinta de color escarlata los cirrus suspendidos en las altas regiones atmosféricas, y coger el primer tren que sale de la estación de Regla á las seis y media de la mañana, deja el ramal de Guanabacoa y se desvía al Este, camino de Matanzas y Cienfuegos.

Parte el tren, y en breve domino una gran extensión de la campiña cubana. El cielo clemente me depara un día fresco, cubierto, que mitiga los tonos vivísimos de la luz tropical. La orografía ligeramente ondulada en la región que atraviesa el tren, los campos cubiertos de caña dulce, casi ya sazonada, los bohios y ranchos de la raza negra, puestos al abrigo de palmeras reales, cocoteros y ceibas gigantescos, algunos pueblos que desfilan y van difuminándose lentamente en el horizonte, como espejismos que se desvanecen en el desierto, tierras rojas teñidas por óxidos de hierro que dan tonos calientes al paisaje, mitigados por el verde intenso de las plantas y el blanco plateado de los troncos de la palmera real, el ingenio escondido mostrando su chimenea achatada entre árboles y flores, la labor del campo, en fin, mostrando toda la savia de un elemento que abre su seno fecundo al colono, dándole espléndidas cosechas, es cuanto observo mientras el tren recorre el espacio de 85 millas, comprendido entre la capital de Cuba y la ciudad de Matanzas.

Unas cuantas calles, sin fisonomía especial, la carretera polvorienta, paralela casi al ancho cauce de un río que en su lecho, lleno de guijarros, obra de informe acarreo, muestra tener veleidades y arrogancias de torrente, un puente y un cauce estrecho en cuyo fondo se ve la bahía con sus aguas tranquilas que dora el sol marchando al zénit, y luego calles anchas, limpias, tranquilas, de casas bajas que dan á la ciudad un aspecto seductor, un porte conocido, arrancado, con todos sus detalles, de los pueblos de la costa catalana, constituyen el fugaz panorama de la ciudad puesto á la vista del viajero.

Matanzas, si fué erigida allá en lejanos tiempos, cuando la conquista sacrificaba al indio bravo para someterle y rendirle, los que fomentaron su población, roturaron sus campos y abrieron su puerto al comercio del mundo, debieron ser catalanes, que no puede mentir tan descaradamente la fisonomía especial de aquella ciudad, que tiene en la cumbre que la domina la capilla de Montserrat, y en sus calles nombres de paisanos nuestros que aun viven, y han tenido su cuarto de hora de popularidad en no lejanos tiempos.

No recuerdo, si la fonda, junto á la plaza de Armas y frente á la iglesia de San Carlos, se llama de Francia, lo que sí sé es que encanta la limpieza, la frescura y la disposición de sus habitaciones, amuebladas con gusto y en condiciones que no es fácil hallar en ciudades españolas muy conocidas, y de importancia muy superior á la de Matanzas.

Un ligero desayuno de carne buena y pescado sabroso, con vinos de buena calidad, agua helada á pasto y frutas frescas y jugosas, predispone el ánimo á visitar la Cueva de Bellamar, prodigio de la naturaleza, que dista unas tres millas de Matanzas.