En la puerta de la fonda hallo preparado un carruaje, de nombre conocidísimo y que veo por primera vez en mi vida, la volanta, coche que la moda va desterrando de la isla, sin que logren ampararlo sus condiciones especiales y por las que merecería más cariño del que muestran tener por ella los moradores de Cuba.
La volanta es nuestra calesa, perfeccionada con arte tal, que la suavidad de sus movimientos y la seguridad del transporte no son más que obra del mecanismo, estudiado con perfecto conocimiento de su estabilidad, en relación con las necesidades que ha de servir. La volanta, que es un carruaje de dos ruedas, sólidamente construído, pasa sin volcar por sitios donde un coche de cuatro ruedas comprometería la vida de los viajeros. Una brevísima definición dará idea de la volanta, que no es otra cosa que una calesa de limonera muy larga y de ruedas muy altas, separadas por un eje muy ancho, colocadas inmediatamente detrás de la caja del vehículo. La limonera larga da al carruaje un movimiento de balance tan suave, que no hay resorte, por fino que sea, que pueda comparársele, y la anchura del eje, el grueso de llanta y la altura y la robustez de las ruedas, movimientos suaves, por ser comparativamente de larga duración el desplazamiento del vehículo y tener una base de sustentación tan ancha y tan favorecido el centro de gravedad que es casi imposible volcar. La volanta, á pesar de tener limonera, engancha dos caballos, y en realidad no necesita cochero, sino postillón que monta el caballo exterior, teniendo constantemente cogidas las riendas del caballo de la limonera para guiarle por los más escabrosos caminos. Montaba aquel caballo como postillón un negro, de barba blanca, con el látigo en bandolera, que esperaba impaciente en la puerta de la fonda. Con la capota arrollada y asiento hondo y blando de chagrín pardo en el fondo de la volanta, la toma de posesión del vehículo parecióme feliz augurio de cómodo viaje. A pesar de ello, una rápida y distraída mirada no basta para formar concepto de las cualidades de la volanta; pero cuando el negro sacude el látigo y aquellos caballos escuálidos y macilentos arrancan el vehículo por aquellas calles al trote largo, y se observa que sin muelles, ni resortes, al apoyarse toda la caja del coche en el eje por un lado y sobre el collar del caballo por el otro por el intermedio de la larguísima palanca de la limonera, que da al conjunto el rítmico movimiento de un palanquín, y que en la travesía de un camino de rodadas inverosímiles, saltando sobre cantos en arista, ni la sacudida molesta, ni el desequilibrio espanta, el viajero, sin darse cuenta de ello, ha de estudiar un mecanismo que tales condiciones ostenta, bendiciendo al autor de un carruaje indispensable, por lo cómodo y seguro, en los caminos que atraviesan la manigua, y por lo suave y elegante en sus líneas amplias y fastuosas, en las calles y los paseos de las ciudades cubanas.
Con tan buena disposición de ánimo, rendido el caballo de la limonera, que al pararse cayó como herido por un rayo, llegué al cottage que cubre la boca de la Cueva de Bellamar.
El chino que está encargado del papel de cicerone, espera sin duda más importante comitiva y no tiene prisa; al poco rato llega otra volanta, y el guía se decide á encender su farol, creyendo que ya tiene cuenta abrir la puerta de la cueva.
Mis compañeros de excursión, más prácticos ó mejor informados que yo, se aligeraron de ropa, se proveyeron de abanicos y á una señal del chino, que no brilla por su elocuencia, la comitiva se puso en movimiento.
Una cueva que no tiene su puerta ó boca al exterior, pierde su fisonomía especial; meterse por escotillón en una cueva, cubierta por un edificio, hágase lo que se quiera, su entrada parecerá siempre la de un sótano ó subterráneo artificial. La grandiosidad de la cueva de Artá, sin su pórtico inmenso mirando al Mediterráneo, perdería la mitad de su importancia y el mejor de sus encantos. La cueva de Bellamar, sin embargo, cuando se ha vencido esta contrariedad y se han bajado, por anchas y cómodas escaleras, sus tramos principales, el espectáculo que ofrece al viajero resulta encantador. La naturaleza ha tenido en Bellamar de Matanzas la coquetería de formar una cueva de cristal purísimo, en cuyas facetas se descompone la luz, arrebolándolas con todos los colores del arco iris. No busque el viajero en Bellamar la grandiosidad de la cueva de Artá y del Mammoth-Cave de los Estados-Unidos, pero tiene indecibles encantos en sus columnas calizas, sus estalactitas y estalagmitas, sus formas elegantes en algunas partes y caprichosas en todas, formadas por aguas bicarbonatadas, que no tenían en disolución ningún óxido que las tiñera; en sus cámaras de nombres caprichosos, el Manto de Colón, El Templo, El Guardián de los Espíritus... en aquellas agujas inmensas que parecen desprenderse de las bóvedas sostenidas por arrogantes columnas, y que las bengalas llenan de luces rojas, verdes y blancas, sobre cuya masa cristalina los rayos se refractan y reflejan, choques que producen luces y sombras cuyos efectos cautivan la fantasía más ardiente. Los pasadizos estrechos, cuya atmósfera enrarecida ahoga; las salas inmensas de aire viciado que no se renueva, de bengalas cuyo vaho no se ha pegado aun en las paredes, de respiraciones humanas que flotan aún en el espacio, aire pegajoso, húmedo, que pesa como plomo sobre el pecho y da angustias que llenan la piel de gotas de sudor; el agua cristalina que gotea por todas partes y filtra por las rendijas, como trabajadora que completa su obra, sin cansancio, obra de los siglos bordada por ese elemento que parece el espíritu vivificador de la naturaleza, tan majestuoso cuando brama en la catarata y en el mar embravecido, como seductor en Cueva de Bellamar, convertido en hada que edifica lentamente, sin martillo, ni cincel, sin aparatosos andamios, sin ruido y sin apremios, valiéndose sólo de las substancias que lleva en disolución, que arroja de su seno como espíritu que se purifica con la acción santa del trabajo.
La excursión dura una hora escasa, si el visitante no tiene empeño en recorrer toda la parte de la Cueva recientemente descubierta, y al volver á la luz y respirar aire más puro, agitados aún los nervios por tan variadas impresiones, siéntese un bienestar indefinible que crece con las caricias de la brisa del mar, sacudida por la rápida carrera de la volanta que baja por aquellos riscos, teniendo la bahía de Matanzas á la vista, la ciudad recostada al pie de hermosas colinas, hasta llegar á la carretera bordeada de hotelitos primorosos, adornados con todos los colores y perfumes de la Flora tropical.
La volanta cruza otra vez la ciudad, deja las calzadas buenas por arroyos de calles malísimamente adoquinadas, salta el vehículo y rechinan las llantas de sus ruedas sobre cantos y piedras de cortes afilados, y al chocar las herraduras de los caballos sobre cuerpos tan duros, se produce un ruido infernal que atrae á la población negra de Matanzas, ávida siempre de ver pasar la volanta, con su indumentaria especial que estima ya sólo el forastero. Un cuarto de hora más y la colina donde está la capilla de Montserrat queda dominada, entrando ufano el vehículo en la verde meseta donde la piedad ha levantado modesto albergue á la Patrona de Cataluña.
Y al llegar allí el espíritu se recrea, dominando la bahía y ciudad de Matanzas, el valle de Yumurí, el río San Juan y toda la comarca que se extiende al pie de la ciudad, camino de la Habana. El valle de Yumurí, en cuya vaguada corre el río del mismo nombre, es un accidente orográfico tan hermoso, que renuncio, por falta de fuerzas, á describirlo. Abárcase desde la capilla de Montserrat, en su conjunto; ancho, de laderas poco sinuosas y muy tendidas, en el fondo, donde las aguas han labrado el abra por donde entran las aguas en el mar, cubierto de naranjales, palmeras, cocoteros y bohios; más lejos, y en las vertientes, la palmera real y la ceiba que parecen guardianes altaneros de los cañamerales y cafetales que crecen en aquellas tierras pródigas y fecundas, la entonación general del suelo de color rojo, vario en sus matices como debe serlo en su fertilidad; el conjunto, algo así, en que el artista perdería sus pinceles, incapaces de traducir tanta belleza.