Y cansado ya de mirar con tanta avidez y de sentir tantos placeres en día tan aprovechado, después de saludar á la Reina soberana de las montañas catalanas, en un rincón de pradera, bajo unos árboles frondosos, hallo grato fin de fiesta en un grupo de negros que aprovecha el domingo en gira de campo, bailando al són de un tamboril y de extraños instrumentos, algo que recuerda la danza del baile del segundo acto de «Aida», con los dedos levantados, doblegando el cuerpo con balanceo rítmico y movimiento lascivo, cubierto el cuerpo de las mujeres con sayas de colores vivísimos, dominando el rojo y el blanco, menos rojo y menos blanco, sin embargo, que los labios y los dientes de las negras, sonrientes, alegres, bullidoras, con ojos avispados, mostrando en todo la alegría propia de niños grandes, que gozan de la vida en medio de la espléndida naturaleza de los campos de Cuba.
Cuando regresé á Matanzas anochecía; y como la ciudad estaba de fiesta y preparándose para asistir á la función que se daba en el teatro por aficionados con el fin de allegar recursos para el ejército de África, las calles se llenaron de gente, los voluntarios lucieron una vez más su típico uniforme, notándose desusado movimiento en los alrededores del teatro, animado por los curiosos y los que, solicitados por generoso impulso, iban á dejar en manos de la Comisión gestora unos cuantos pesos para aliviar la suerte de los pobres soldados españoles que en los campos de Melilla no pudieron hallar, ni aun pagándolo, con la vida, provechos y gloria para la patria.
El teatro fué llenándose de gente; teatro poco holgado, pero limpio, bonito, preparado para mitigar los rigores de un clima caluroso y húmedo, copia en escala reducida de los coliseos de la Habana, que albergó aquella noche á todo el elemento español de Matanzas. La obra de desempeño escogida por los aficionados matanceros fué «Marina», interpretada discretamente con ayuda de una muchacha que se dedica al teatro y que al dar sus primeros pasos en la escena demuestra tener relevantes cualidades para alcanzar, en breve, provechoso aplauso.
La función terminó á hora avanzadísima de la madrugada, sin incidente alguno que merezca la pena de contarse; se recogieron unos centenares de pesos para nuestro ejército, y la ciudad de Matanzas, á pesar de la crisis y la quiebra reciente de la casa comercial más importante de la isla, pagó á la patria el tributo de su amor y conmiseración, recordando las angustias del soldado, que quiso aliviar, enviándole, como madre cariñosa, el ahorro que guarda en los días de prueba para sus mejores hijos.
Dediqué la mañana siguiente á recorrer la ciudad; su aspecto simpático de los días festivos, no lo altera movimiento inusitado de tráfico, ni en el centro, ni en la periferia; el centro, la Plaza de Armas, en donde está emplazado el palacio del Gobernador, adornado con melancólico jardín de los trópicos en que domina la palmera real, con sus formas airosas, rodeado por una hilera de árboles frondosos, pero muerto todo, sin movimiento, como si el sol que vivifica aquella espléndida vegetación, diera á la naturaleza entera ansias de sueño irresistible; el palacio del Gobernador, con su pórtico de arcos de medio punto, de extensa fachada, de tres cuerpos que remata un reloj de torre; los edificios de la plaza, muy bajos, casi todos reducidos á tiendas grandes, ventiladas y limpias, con algunos edificios de aire moderno, en uno de los que está instalado el Casino Español, lujosamente amueblado, con su teatrito, salón de lectura espacioso y sala de baile en que se han prodigado las arañas que recuerdan el salamó antiguo de los entoldados, es cuanto constituye la fisonomía especial del centro de Matanzas.
La ciudad está cruzada por dos ríos, el San Juan y el Yumurí, que dividen la población en tres partes, conocidas: la norte, con el nombre de Versalles; la central, situada entre los cauces de aquellos ríos, por la ciudad vieja, y la sud, por Pueblo nuevo.
La parte llana está embellecida con calles anchas, bien urbanizadas, tanto en las aceras como en los arroyos; las calles en pendiente, como la tienen muy rápida, quizá por temor á fuertes erosiones, están desigual y viciosamente empedradas. En una tienda vi establecido un pequeño observatorio meteorológico, montado con auto-registradores que me dió alguna envidia, pues siendo Matanzas población de reducido vecindario, tiene en su seno un signo de progreso que no ha alcanzado, que yo sepa, al menos, la segunda capital de España.
Cansado de recorrer una ciudad que no ofrecía ya nuevos puntos de vista, preparé mi regreso á la Habana. La bahía, las iglesias, los edificios públicos y la silueta general, abarcada desde la cúspide de la colina en que está situada la capilla de Montserrat; los ríos, el San Juan, que inunda á veces la llanura y la parte baja de la ciudad; el Yumurí, que cansado de surcar un hermoso valle, abre brecha estrecha y profunda al pie de Matanzas y se precipita al mar, abandonando su detritus en el fondo de aguas tranquilas que no conmueven, cuando son profundas, ni los vientos ni las tempestades, elementos son de un cuadro de una perspectiva general encantadora, de fisonomía accidentada, capaz de grabarse en la memoria, que sólo aparece difuminado en el cerebro lo que se ofrece á la vista con líneas borrosas, descoloridas, monótonas como las de llanura interminable que se pierde en el horizonte visible.
Y al regresar por la tarde á la Habana, cuando el sol declina y la tierra secada por el aire abrasador del trópico ha perdido sus tonos brillantes y la vegetación sus energías, cansada de una exhalación que agota sus fuerzas y de un trabajo molecular prodigioso que tiene por motor los rayos luminosos del sol, la naturaleza entera parece postrada y poseída de ansias de reposo, cayendo también las brisas que levantan durante el día oleadas de polvo, detritus de variados fermentos, restos condensados de cuanto respira sobre la tierra, lanzando á la atmósfera las impurezas de la realidad, ponzoña viva, que flota hasta perderse en las horas tranquilas de la noche sobre la tierra que la purifica y con ayuda de los gases atmosféricos y fermentaciones complicadas la transforma en gérmenes de vida que el sol despierta por la mañana, hallando dispuesta la tierra para trabajar, producir y marchar... camino de las grandes incógnitas de la ciencia humana. Y en ese fenómeno singular, la apreciación de los hechos, los acontecimientos, los paisajes cambian de color y el espíritu se entristece con el crepúsculo vespertino, abatido, cansado, esperando el día que levanta con el sol ilusiones y esperanzas nuevas en el corazón humano. Por esto, el campo de Cuba no me pareció tan hermoso al regresar de Matanzas á la Habana; por esto quizás, y aun descontando la parte subjetiva en la apreciación de la belleza, necesité descanso para apreciar, en su justo valor, las singulares gracias con que Dios ha dotado los campos y los montes de la grande Antilla española.