Se acercaba ya la hora de partir y apenas me quedaba tiempo para echar una rápida ojeada á la Quinta de Palatinos, á la de los Molinos, residencia de verano del Capitán general de Cuba; á los hospitales de San Felipe y Santiago que forman parte de la cárcel y que sólo vi exteriormente; al Hospital Paula, destinado á mujeres; el de San Lázaro, á leprosos, y el de San Ambrosio, á militares; á la Real Casa de Beneficencia, asilo de huérfanos; al Asilo de Mendigos, y San José, escuela de reforma para muchachos díscolos, y á la Casa de Recogidas, hogar de mujeres desgraciadas que necesitan y hallan allí el consuelo de la religión y la tranquilidad perdida en las borrascas de la vida.
El río Almendares, en noches de luna, la Chorrera, como sitio de recreo, el Vedado, donde la amistad ofrecióme una velada encantadora, un pueblecito de los alrededores, cuyo nombre he olvidado, donde visité una fábrica de cerveza y otra de hielo, pertenecientes al mismo dueño y montadas con arreglo á los últimos adelantos, visto todo de prisa y corriendo, constituyen la visión fugaz de mis últimas horas en Cuba.
Llegó el 30 de noviembre y el trasatlántico «Alfonso XII» mostraba su gallarda silueta en la bahía de la Habana, esperando la hora de salida fijada para las cinco de la tarde. Mis buenos amigos me esperaban ya para acompañarme á bordo; en el puerto, una comisión de la Cámara de Comercio me tenía preparada una falúa de vapor, que surca rápidamente las aguas y me lleva al «Alfonso XII», recordándome y agradeciéndome servicios que dicen presté á Cuba en Chicago, cuando yo fuí el honrado con tanta confianza y debía ser grato deber para mí, como funcionario público y como español, merecer algo de Cuba, que es el pedazo más hermoso de la corona de España y el orgullo más legítimo de la historia patria. Más tarde llegaron los catedráticos de la Universidad que me habían acompañado en mis excursiones, los barceloneses, contertulios en el Hotel de Inglaterra, amigos todos que me recomendaron al Capitán, al Sobrecargo, al Médico, con tan afectuoso interés que no sé cómo mostrar mi gratitud, consignada aquí como testimonio de afecto y consideración.
El cañonazo de despedida, cuando el sol se ha puesto ya, mientras la hélice del trasatlántico remueve las tranquilas aguas de la bahía, me invita á dar una rápida ojeada al puerto y á la ciudad cubierta por las sombras pálidas del crepúsculo, á los fuertes erizados de cañones, á los curiosos que agitan los pañuelos, y mientras unos gritan «¡Viva España!» y otros «¡Buen viaje!», el corneta de una de las fortalezas toca la marcha real, pareciéndome que todo se condensa en una aspiración sola, suma de las nostalgias de los que envidian á los que regresan á la patria, oculta á sus inquietas miradas tras las brumas por donde sale el sol.
El «Alfonso XII» atraviesa la boca de la bahía, la mar llana nos promete venturoso viaje, y los pasajeros, mudos ante el panorama, con la vista fija en la ciudad que enciende lentamente los faroles de sus calles y plazas, squares y jardines, va desapareciendo, hundiéndose en el horizonte, como desaparecen todas las realidades de la vida, que el pasado parece sueño, fantasma que se desvanece tras el horizonte creado por nuestra fantasía, espléndido en la aurora de la juventud, triste y limitado en la vejez, como realidades sin encanto y esperanzas inciertas y dudosas.
El trasatlántico enciende sus luces eléctricas; el salón de conversación, el comedor, los pasillos y escaleras que lucen aún los adornos de sus días de fiesta, brillan como ascua de oro; los pasajeros van acudiendo á la mesa, primera comida de una serie llena de incertidumbres y peligros, que en veinte días de travesía caben muchas sorpresas; y durante los tres días que dura el viaje de la Habana á Puerto Rico, veo pasar, como vistas en kaleidoscopio, la silueta de Cuba, después las Inaguas, posesión inglesa, de tierras bajas, sobre las que se levanta un faro de bastidor metálico, con sus grandes cruces de San Andrés, que harán vibrar los vientos en días de tormenta; más tarde aún, la isla de Santo Domingo, con sus montañas imponentes, la isla veleidosa que se acuerda en días de prosperidad de la metrópoli, se entrega sin reservas como hija arrepentida y la paga con desvío luego, no dejando á los ejércitos españoles más territorio que el pisado con las armas en la mano; recuerdos de nuestra historia antillana que tanto enseña y tan poco se aprende, recuerdos que se desvanecen ante la realidad de la llegada á Puerto Rico, á las siete de la mañana del día 4 de diciembre, anclando en medio de la bahía, rodeada por tierras tan hermosas que la vista sorprendida parece gozar por vez primera de todos los encantos y bellezas de las tierras tropicales.