La familia, afirmada con elementos tan deleznables, no arraiga en el corazón de nadie; los padres creen haber cumplido sus deberes, si han cuidado de que no faltara á sus hijos el pan de cada día; los hijos emancipados en edad temprana, olvidan fácilmente beneficios que no han echado raíces en el corazón, y tras largas ausencias, el hogar se borra de la inteligencia, desapareciendo con él cuanto estimula los puros afectos del alma.

Los que nos hemos acostumbrado á ver que la familia, sólidamente establecida, es la unidad sobre que descansa toda la organización de un Estado, con dificultad entenderemos que sea posible mantener un cuerpo social robusto, con elementos entecos, con unidades que por su índole y contextura no tienen aptitud alguna para contribuir á la solidez del edificio, que si falta el interés real que reside en el amor, todo lo demás resulta tan contingente como las mudanzas de los tiempos y las opiniones de los hombres.

Y si ese argumento no tuviera la importancia capital que asigno á las condiciones en que se desenvuelve la civilización norteamericana; si la fortaleza de que dió pruebas convincentes durante la guerra de Secesión pareciera signo evidente de que las unidades, aun reducidas al individuo, cuando saben agruparse y manejarse, resultan capaces de producir organismos poderosos; si la prosperidad en que ha vivido durante los últimos años, desarrollando la riqueza de una manera verdaderamente portentosa, legendaria, de que apenas podemos formarnos aquí una idea clara, dijera que en los Estados Unidos si la familia no sabe formar grupos unitarios enlazados por el interés sagrado del hogar, se agrupan, en cambio, los elementos afines de otra manera para que los organismos económicos crezcan y se desarrollen dando al Estado grandes energías y al individuo enormes riquezas; aun así, aun admitido todo esto, hallo al individuo desarmado ante el infortunio, ante el dolor, ante la enfermedad, hallo en todas partes el desamparo más profundo en el enfermo que va al hospital ó á la casa de salud, porque en su casa, si la tiene, no hay quien pueda cuidarle; en el que busca el calor de la familia, que no se reúne para comer, como no sea á primera hora en el breakfast, rápido y silencioso, precursor de los cuidados de una jornada agobiadora; la mujer que come casi siempre en el bar ó el restaurant, los hijos que gozan ya de su independencia y que van ó no á compartir las alegrías y las tristezas del hogar, costumbres son de un pueblo que ha montado una civilización que entristece, quitando á todas las manifestaciones de la vida lo único que tiene encantos, la sola cosa que nos ata á la tierra, el amor de la familia, formando agrupación sólida, permanente, escudo poderoso contra el mal, la desgracia, la enfermedad y la miseria.

En esas condiciones, el norteamericano trabaja para satisfacer sus ideales, sus egoísmos, sus ambiciones, sus ansias de poder... el español tiene la vista fija en los suyos, en el arraigo del hogar que perpetuarán los hijos, los hermanos, los sobrinos, que serán su continuación en la familia, creada con el sudor de su frente, y ennoblecida con su trabajo honrado y fecundo.

Surgen de aquí, como es natural, organismos completamente distintos en el modo de ser de aquellas sociedades comparadas con las nuestras, pero tan complicadas y tan inmorales, que cuanto se diga ha de parecer exageración de principio, y mucho más en España, en donde tantas gentes pregonan nuestra decadencia, nuestro mal gobierno, la ignorancia de nuestros hombres de Estado, lo enrevesado y difícil de nuestra Administración en todas sus ramas y poderes, sin ocurrirles cosa más halagüeña que la de compararnos cada día, y con una insistencia digna de mejor causa, á los riffeños, modelos en que se mira al parecer mucha gente, si he de juzgar las cosas por el uso de ellas, siendo triste que abusen del procedimiento nuestras eminencias políticas y literarias, más amantes de hacer frases que nos deshonran, que de respetar á los que viven cristiana y honradamente trabajando, sufriendo y pagando culpas ajenas, culpas de unos cuantos, los menos, que arman una gritería infernal, dejando sin opinión á los más que sólo piden orden, paz, tranquilidad y respetos para la patria.

Larga sería mi tarea si tuviera que hacer un trabajo comparativo entre los organismos de carácter público norteamericanos y los nuestros; nuestra inmoralidad, con ser mucha, no puede compararse, ni en política, ni en administración con aquélla; como mecanismo político resulta aquello tan enrevesado como esto, y en el concepto del respeto debido á las leyes, desde el policía que emplea procedimientos que en España levantarían cada día una tormenta, hasta los linchamientos realizados por las masas blancas poco menos que á diario, con un refinamiento de crueldad que hiela la sangre, habría tela cortada para probar que si España es una continuación del Riff, esta comarca se extiende hasta los confines del Nuevo Mundo, floreciendo el procedimiento africano, pujante y vigoroso en las tierras vírgenes de la América del Norte.

No he de ahondar en eso, que para ello forzoso sería escribir un nuevo libro; y como mi objeto está ya alcanzado, bueno es que sepan cuantos han creído de buena fe, como yo, que somos el pueblo más degradado del mundo porque nos lo han repetido muchas gentes, olvidando los respetos debidos á las personas honradas que abundan aquí, como en todas partes, que el país de los espejismos, de las grandes riquezas, de las ciudades llenas de prodigios, de los hombres políticos más eminentes de la tierra, de los grandes patriotas, resultan, vistos de cerca, hombres hechos del barro deleznable con que se forman también aquí los nuestros, que allí, como aquí, están las masas plagadas de miserias físicas, morales é intelectuales, dignas de redención... faltándonos sólo aquí lo que abunda ó abundaba hace poco en todas partes menos en España: un poco más de respeto, amor y consideración á la tierra donde hemos nacido, en donde tenemos y guardamos el patrimonio de las afecciones, que sólo enalteciendo el amor de patria conseguiremos la consideración de los extraños y la satisfacción de un alto deber cumplido.

FIN