La ciudad, en sus edificios públicos, no ofrece al viajero grandes perspectivas; iglesias pocas y pequeñas, la de los jesuitas grande y aparatosa, la misión Dolores, construída de adobe en 1778 por los misioneros españoles, es una reliquia veneranda, recuerdo de los primeros pobladores de California. La arquitectura de las iglesias de la montaña alta catalana, cubiertas con bóveda de cañón seguido, parece haberla inspirado; atirantados los paramentos por miedo á la acción de los terremotos, cubierto el adobe con una lechada de cal, con altares vetustos, levantados á santos de mirada torva, obra de escultores poco aventajados, todo rococó y de mal gusto, frío, desnudo, pobre, con una fachada que termina un campanil extraño y achatado, parece todo antiquísimo, cuando apenas cuenta un siglo de existencia.

A lo largo de Market-street y en sus alrededores, la Bolsa, la casa de correos, los Bancos, el mercado, los edificios de los principales diarios, la biblioteca mercantil, las oficinas de Minas, las escuelas, las Casas Consistoriales, merecen ciertamente una mirada, pero no incitan á tomar un apunte, ni anotar una originalidad genial. Todo nuevo, brillante, bonito en suma, como obra que en su conjunto no cuenta aún cincuenta años de existencia; pero falto de originalidad y con tendencias marcadas á modificar la factura yankee, y á someterse á las reglas arquitectónicas del clasicismo europeo.

El movimiento comercial responde al espíritu y á las necesidades de un Estado agrícola por excelencia; las aceras y las calles llenas de envases que contienen naranjas, uvas, peras y manzanas, fresas, vinos, licores, suponen un acarreo importantísimo que desemboca en los puertos y las dársenas para rellenar las bodegas de los barcos y vapores que hacen la travesía de San Francisco á Alaska y á la baja California y también á los puertos del Japón y de la China. A ciento cincuenta millones de dollars asciende el importe de las exportaciones é importaciones que se efectúan anualmente por el puerto de San Francisco, contándose entre las primeras materias más importantes de exportación el oro, la plata, el vino, las frutas, la lana y entre las importadas el carbón, las maderas de construcción, el arroz, el azúcar, el té y el café. En 1890 el negocio de hierro, harina, seda, pañería, caña, cueros, licores, construcción de buques, azúcar, cristalería, tasajo, cordelería, etc., etcétera, importó unos 134.000,000 de dollars.

Así, pues, la fisonomía característica de San Francisco es la de un pueblo dedicado al comercio, en que se notan aficiones artísticas y aun científicas relacionadas con la crianza de los vinos y el cultivo de las tierras que hacen de dicha ciudad un centro civilizador, que se refleja en la hospitalidad franca y cortés de sus habitantes, y en la suavidad de sus formas, tan desconocida en las ciudades del centro de la América del Norte que he visitado.

La población de San Francisco, en lo que tiene de europea y americana, muestra el carácter que he intentado esbozar en este artículo; la población china, en cambio, conserva su fisonomía propia y merece capítulo aparte y detenida narración. El barrio chino es un pedazo de tierra asiática soldado á la costa californiana del Pacífico, y pocas cosas ofrecerán al viajero europeo mayores atractivos, y más deleitosas observaciones, que el estudio de las costumbres de la colonia china de San Francisco, al visitar los Estados de la gran república norteamericana.


Chinatown

Tiene la civilización china pocos secretos para los habitantes de San Francisco. La raza amarilla, tan amante de sus costumbres, sus dioses y sus leyes, cuando se ve obligada, tanto la abruma la pobreza, á buscar trabajo en países extraños, se entrega atada de pies y manos al vencedor, y le enseña impúdica todas sus lacras y miserias, sin protesta, sin manifestación de agravios, que esconde cuidadosamente en el fondo de su alma.