El que va de la ciudad de los mormones á San Francisco, y sale á las once y media de la mañana de Salt Lake City, llega á la capital de California á las diez de la noche del día siguiente. Bordea la línea férrea el lago salado y hasta llegar á Ogden no halla el viajero el oasis que descansa su vista, fatigada de mirar aguas palidísimas que no alegran orillas arboladas, ni casas de recreo vistosas, ni jardines llenos de pájaros y flores, viéndose sólo la desolación de la estepa en todas partes, y en todos los horizontes del gran lago de Utah. Y el tren sigue corriendo y el viajero anhelando que el desierto americano, inmenso, inacabable, ponga término á la desesperante monotonía de un viaje que no responde á lo que la imaginación pintóle con todos los colores del deseo.
Sólo las estaciones ofrecen alguna distracción; la mezcla de razas, el negro, el chino, el indio sioux, que vende sus baratijas, mirando con desdén al yankee que le humilla y embrutece, cuando no le persigue y mata; el indio mexicano, el criollo, el sajón, el inglés de pura raza, son notas que en el Far-West van acentuándose, mostrando, á medida que el tren se aparta del Atlántico, pueblos cada vez más nuevos, y sociedades menos cultas, mezcla confusa, aluvión monstruoso, impurezas sociales que el hombre va arrojando, empujándolas al interior de las tierras americanas, sin que nadie alcance á sospechar siquiera qué civilización va á surgir de aquella masa caótica, espuma de todos los pueblos y todas las razas de la tierra.
Los pueblos van sucediéndose, sin cambios en su color y su factura; la columna del verandah, la puerta, la jamba, el arco, el alero, todo igual ó parecido, recordando la eterna máquina, moviéndose día y noche, que entrega al mercado las mismas piezas, de molde único, monótono, capaz de matar todo sentimiento artístico en el sér mejor dotado, que embrutece al obrero perpetuamente sometido al castigo de máquinas que cepillan y regruesan, que empalman y tornean, sin descansar jamás, sin variar una línea en su movimiento, sin cambiar un perfil en su forma; expresión de puntos, líneas y curvas de un esquema que trazó el ingeniero, con la vista fija en el negocio, en el business, eterno tormento, doloroso torcedor de la raza norteamericana.
Y cuando voy pensando en todas estas cosas, cansado de mirar, sin ver, ni hallar la impresión alegre de mis ansias, de repente, al llegar á la cumbre de la Sierra Nevada, el tren se pára ante el panorama espléndido de las montañas de California. En aquel momento, el aire templado del Pacífico, pareció que despertaba en mi ser todos los recuerdos mal dormidos de la patria ausente: muchachos de rostro atezado, mal vestidos, con cestas llenas de flores, uvas y naranjas, movimiento inusitado en la estación, recuerdos de otros climas y otras razas, gentes que gritan y alborotan, el sol que cambia repentinamente de color, la tierra de vestidura y el aire de olores, no me permitieron expresar más que un solo sentimiento, dirigiéndome á un muchacho cargado con una cesta de flores, «chico, ¿hablas español?» que español parecía aquel cielo puro y clima clemente, españolas parecían aquellas montañas llenas de perfumes, pobladas de árboles semitropicales, vigorizados por las oleadas de aire que les envían las aguas tibias del Pacífico; aquellas casas de campo de factura catalana, recuerdo quizá perpetuado por los primeros pobladores, frailes humildes de las Baleares que han dejado en California la misión Dolores, y con ella, cuanto recuerda nuestra religión, nuestros cultivos y nuestras costumbres, plantando los primeros viñedos, y los frutos más preciados de la península ibérica.
¡Deleitoso camino! después de tantos días de estepa y desierto, sólo manchados por pueblos ennegrecidos por el humo de las fábricas, ó el cottage del colono americano, el ánimo halla esparcimiento al bajar rápidamente por curvas sabiamente dispuestas, por pendientes quizá excesivas, entre lindísimas casas de recreo, arboledas de variadísimos matices, pinares de vigorosos crecimientos, y jardines de hermosura incomparable, accidentes naturales que responden ciertamente á la belleza con que la imaginación adorna las montañas de California, más ricas por la perpetua fertilidad de su suelo que por sus placeres de oro ya casi agotados, más hermosas para el que sólo aspira á contemplar su flora rica y fecunda que para el que escruta sus entrañas buscando en sus ocultos senos el metal, por cuya posesión ahoga el hombre los placeres más puros del alma.
La vista no puede saciarse de contemplar la intrincada orografía de aquellas espléndidas montañas, y cuando el sol se pone, escondiéndose en los horizontes del Pacífico, el tren llega á Sacramento, ciudad sentada á orillas del río del mismo nombre, por cuyas aguas caudalosas surcan barcos y vapores que cargan los frutos de las tierras de California, al pie mismo de los valles de Sierra Nevada.
Tres horas más tarde el tren llega á Oakland; los viajeros se apean al pie del ferryboat, barco ó pontón, de manga anchísima que atraviesa la bahía de San Francisco hasta llegar al pie de la calle central, llamada Market-street, que atraviesa en toda su longitud la ciudad, y en media hora, surca el espacio comprendido entre ambas poblaciones, mientras contemplan las estrellas que brillan fulgurantes en el cielo y el centelleo de las luces que iluminan el puerto y la ciudad de San Francisco.
San Francisco, ¿qué mano podrá narrar su belleza y sus pintorescos contornos? ¿qué pluma será capaz de describir la fisonomía especialísima de sus calles y paseos, de su factura, yankee ciertamente, pero discrepante y con notoria ventaja, en su arquitectura, en su color, en su raza, en su movimiento?... ¿qué imaginación pudo jamás concebir un parque como el «Golden Gate Park», de vegetación tropical espléndida, de trazado amplio y suntuoso, de líneas que no pudo concebir ciertamente, como no sea por inconcebible excepción, y Dios me perdone el agravio si me equivoco, ningún yankee de pura raza, porque situado en lo alto de la ciudad, rodeado de dunas arboladas, cruzado por anchas vías, adornado con fastuosos palacios, umbráculos y monumentos, dedicados á Garfield, Starr King, Scott Key, autor del himno Starspangled Banner, con grandes recintos cerrados, donde los animales silvestres amansados parece que viven en libertad, tan grande es el espacio destinado á su vida y esparcimiento, los árboles, las orquídeas, las lianas, viviendo al aire libre en aquel clima semitropical y á los 37 grados de latitud, acariciados por las brisas del Pacífico, cuyo mar rodea á San Francisco habiendo dibujado con su inconstante oleaje los senos, las calas y los puertos naturales que la abrazan y estrechan, convertida en península de tan atormentada topografía, que sus calles, de urbanización dificilísima, más que calles son planos inclinados de más de 20 por 100 de pendiente, cruzadas constantemente por tranvías de cable, que parecen destinados á grandes explotaciones mineras más bien que al tráfico de pasajeros, tan imposible parece ser que haya seres humanos que confíen su existencia á tan peligroso medio de locomoción.
En los sitios más alejados del centro y en aquellas pendientes enormes, la población rica ha adornado la ciudad con un sinnúmero de hoteles, de madera casi todos, caprichosos, de arquitectura enrevesada, proyectos estrafalarios de quien desdeña la tradición y los antiguos moldes, pero adornados espléndidamente por una flora de primavera eterna, árboles de verdes tan intensos, flores de colores tan soberbios, formas de hojas, ramas y troncos tan caprichosos y brillantes, que me fué forzoso hacer un esfuerzo para creer que toda aquella potencia creadora era obra del mes de noviembre, cuando, en este clima benigno, apenas quedan hojas en los árboles y flores en los sitios más abrigados de nuestros jardines.